La investigación de los recientes atentados en Barcelona y Cambrils ha conducido hasta Ripoll, donde vivían los jóvenes terroristas y donde fueron  reclutados y adiestrados en pocas semanas por el imán de la localidad. Ripoll es noticia por ser el epicentro, cuna y escuela, de un buen puñado de serpientes asesinas, quizás víctimas también, envenenadas ellas mismas por el odio y la radicalidad religiosa.

La noticia me ha provocado, además de la consternación por lo inesperado y por la crueldad de los terribles sucesos, el recuerdo de esa zona enclavada en el corazón del Pirineo oriental donde residí dos años, poco más o menos, repartidos entre Ripoll y el cercano Camprodón, oportunidad funesta  para exhibir un pequeño fragmento, quizás distorsionado por los años, de mi vida en Cataluña.

Como miembro de una familia nómada, en diez años había vivido en  Alcalá la Real, Almuñécar, Pedro Martínez y El Centenillo, todos ellos de Andalucía.  El primer curso del bachillerato  elemental, el mismo año que el hombre pisó la Luna,  lo pasé como estudiante interno en los Escolapios de Getafe. Al acabar las clases, me reuní con mi familia en Camprodón, a donde habían destinado a mi padre tras uno de sus ascensos.

Camprodón era distinto a todo lo que había visto en mi primera década de vida; el idílico paisaje estaba teñido por el verde.  Camprodón, en estío,  era muy verde, y en invierno, blanco,  recubierto por el manto de la nieve. Allí, cuando llovía, llovía de verdad,  se desbordaba el Ter y subían las aguas torrentosas casi hasta el primer piso de algunas viviendas, incluso caían ranas del cielo; cuando hacía sol, los montes y los bosques se ofrecían al excursionista en todo su esplendor;  las fuentes destilaban abundante agua pura y helada; las truchas lucían sus iridiscentes escamas, remoloneando entre las piedras, dejándose llevar o luchando contra la transparente corriente del río. Camprodón era un pequeño pueblo que olía a galletas  y adonde, en verano, se trasladaba la burguesía barcelonesa  para disfrutar de sus encantos naturales y del fresco de las noches pirenaicas. Era el mismo escenario de las interminables idas y venidas con mi primera bicicleta: del aserradero hasta la plaza , y vuelta hacia arriba.

Las aguas cristalinas del Ter dejaban Camprodón en su camino hacia Joan de las Abadesas y Ripoll brincando, chorreando y haciendo pequeños remolinos bajo el puente romano, estampa y símbolo del lugar.  Y nosotros, también. Cuando acabó el verano, mi padre me matriculó en los PP. Salesianos de Ripoll y pidió el traslado al cuartel de ese municipio. Si en Camprodón  conocí dos viviendas, en Ripoll no serían menos. La primera era un lóbrego y húmedo bajo. El zaguán de entrada tenía las paredes ennegrecidas por culpa del carbón que se acumulaba allí para alimentar la estufa en los fríos meses de invierno. Poco habitable, en fin. La segunda vivienda era un quinto sin ascensor, pero sin humedades,  luminoso y céntrico. Ripoll era  el monasterio románico donde escuchábamos la misa todos los domingos, eran las excursiones en vespa con mi padre a buscar ‘rovellons’, rebollones o níscalos en los frondosos bosques otoñales; eran las tardes de los domingos viendo las tres o cuatro películas de la ‘sesión continua’ del cine  comiendo pipas.

Los Salesianos no eran un mal colegio, aunque —en mi caso—, no pudo, ni quiso, compensar el dinero que le costó a mis padres; en él cursé segundo y tercero. Los curas enseñaban todas las asignaturas en catalán: matemáticas, francés, física, química o  castellano; y por supuesto, el propio catalán. Y he de confesar que al principio, la única que conseguí aprobar fue, paradójicamente, el catalán. Así que la polémica por el uso discriminatorio de ese idioma no es  de ahora, ni forma parte de un novesoso programa político de secesionistas y rabiosos nacionalistas, claro.

En aquella época no existía el debate exacerbado que han provocado las redes sociales con respecto a algunos temas como la obsesión por el nacionalismo conservador que propugna la independencia ni la mala educación que denosta, sin conocimiento, la cultura del otro. Pero, el problema era que yo, entendiendo el lenguaje coloquial de los catalanes,  no era capaz de entender la geografía, la química o, menos aún, la  historia de España en aquel idioma.

Y así, eso que parecía un serio inconveniente, y de hecho lo fue para las calificaciones finales del segundo año, me motivó a utilizar el tiempo lectivo en otras disciplinas como el dibujo, la caricatura, la escritura, y la ingeniería, una fallida  e infantil vocación por la inventiva. Lo libros eran un catálogo de esquemas, dibujos y retratos de los curas y de mis colegas. Allí en Ripoll, al lado del río Ter, construí y lancé al espacio mi primer y único, diminuto, cohete propulsado por pólvora que había fabricado artesanalmente. Aquel artilugio subió escasamente dos metros antes de derretirse, pero aún lo recuerdo con la emoción del niño que cree haber logrado una hazaña tecnológica. Sin embargo, la luna estaba demasiado lejos…

Dando un repaso a las últimas noticias de Ripoll,  tendré que considerar seriamente que aquel mundo mío está muerto o agonizando. Conste que la nostalgia hace daño y que han pasado, no en valde, cuarenta y cinco años. Al final de la imagen de ese mundo que yo atesoraba,  han contribuido —claro está—, los terroristas; pero también los líderes políticos, religiosos, incluso los ciudadanos, permanentemente enfrentados en la calle, en las redes sociales, agrupados en bandos, defendiendo principios, sean cuales sean, irreconciliables, ajenos a los verdaderos valores humanes.  Lo importante, se ha establecido, es que nosotros, solo nosotros, llevamos razón; los que no están con nosotros ni piensan igual son unos… lo que sea.

Por cierto, la vida sigue a pesar de los muertos. Este próximo sábado, 26 de agosto, se celebra en Ripoll, «la festa de la tapa i la cervesa». Muy original, no es; pero eso sí, la cerveza no es Mahou como en Getafe. Variedad para elegir, todas artesanas, una mexicana, una aragonesa y el resto con ‘pasaporte catalán’: Calavera, Minera, Santa Pau Ale, Sant Jordi, Seelen, Vip. Mientras degustamos las ‘cervesas’,  ponemos flores, encendemos velas y alabamos la diversidad, nos apuntamos por unas horas al movimiento buenista, suspiramos por el amor universal y todos esas paparruchas de cura hipócrita o político falsario, las culebras se inoculan más veneno para morder con odio a una sociedad enferma o adormecida. ¿Ya vienen los bárbaros? —habrá que preguntar remendando el poema de Kavafis— ¿Y si no vienen? —se cuestionan los ciudadanos impacientes—Los bárbaros ya están aquí.