Luis de Sirval
11 de febrero de 1923. Madrid

Intentaremos relatar brevemente cómo la de ayer fue la noche más divertida de nuestra existencia.
Manolo había venido a vernos:

—Contamos con usted. Verá lo que nos vamos a divertir.

Refirió en seguida que el único baile clásico de carnaval era el de anoche, y nos aconsejó que si queríamos no aburrirnos nos incorporásemos al grupo en el mismo plan de todos.

—¿Y qué plan es ese? —preguntamos.

Respondió:

—El plan camello.

El plan camello consistía, sencillamente, en despojarse de toda educación. Fue explicando: Ir a los bailes de Carnaval con buenas maneras era ir a aburrirse. Había que gritar, insultar al público, beber mucho y hacer toda clase de locuras. ¡El año pasado¡… ¡Si hubiéramos visto el año pasado! Para que nos hiciéramos una idea, bastaría con decirnos que entre seis dejaron en camisa en mitad de la sala a la mujer de un íntimo amigo de todos ellos.

En fin… Accedimos. Jamás nos gusta negarnos a observar ningún sector social, por opuesto que sea a nosotros.

Cuando, ya muy avanzada la noche intentamos introducirnos en la sala de baile para buscar a Manolo nos fue imposible. ¿Qué hacía allí aquella apiñada masa de gente? No pudimos averiguarlo. Quizá estaban sufriendo una prueba para ver cuántas personas podrían caber aplastadas unas contra otras. Quizá intentaban convertirse en pasta. El hecho era que una enorme muchedumbre sudorosa permanecía en pie, dando pequeños saltitos grotescos.

Empezamos por masticar polvo. Era un polvo espeso y delicioso, que se metía por las narices y nublaba la vista. El salón presentaba con él la apariencia de una plaza de Londres difuminada por la niebla.

¡Ay! No pudimos saborearlo. La ola humana nos arrastró de pronto y comenzamos a recibir codazos, empujones y patadas en una proporción verdaderamente inconcebible. Todos tenían un cariñoso golpe para nosotros. Nos asfixiábamos. Nos aplastaban. Creímos morir, y de seguro finaliza en aquel momento nuestra vida si Manolo no surge providencialmente y nos conduce al oasis de un palco.

Allí le pudimos preguntar, resoplando:

—¿Qué hace esa multitud?

—Se divierte.

—¡Ah!

—Están en plan camello.

Quedamos admirados. En plan camello, también los amigos de Manolo se divertían junto a nuestras sillas. Uno estaba tendido en el suelo, en un rincón, absolutamente borracho. Otro, un poco menos ebrio, arrojaba aceitunas, con puntería inmejorable, al escote de una señorita que tenía las piernas entre los hombros de un caballero. Otro, vaciaba botellas de vino sobre la sala.
De cuando en cuando, bajaban al salón y se mezclaban con la multitud. Daban saltitos con gesto aburrido y se volvían a subir. Nuevamente a beber, a tirar aceitunas, a derramar vino y dar voces estentóreas. Fue hacia las cuatro cuando empezaron a observar que no hacían bastante el camello.

Entonces, uno salió a comprar merengues. Trajo una gran cantidad de ellos y se pusieron a lanzarlos contra la multitud. Pero les pareció poco. Comenzaron a tirar botellas. Después, las butacas, los cortinajes, la mesa… Al amanecer, estaban los cinco amigos en la Casa de socorro.

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Nota.—Texto del periodista valenciano Luis de Sirval publicado en el diario madrileño La Libertad e incluido en la novela ‘Las muecas de los días’.