Aquel hombre, con sus ojos de niño, su inocencia, su sensibilidad, que tanto le había impresionado días atrás a Rosse M., le disertaba ahora como una persona superior y altiva; hablaba gesticulando y moviendo las manos rítmica y pausadamente.

A menudo, cada vez que empezaba una frase que él consideraba un algo decisivo y definitivo en su monólogo, se acercaba las gafas a una posición casi tangente a la retina; quizás era una nimiedad, simple cuestión de tener las manos ocupadas y no de presunción, por eso fumaba tanto.

Las gafas le daban, por sí solas, una imagen especial. Gafas de intelectual, eróticas y redondas como dos senos.

Su pelo suave…

Rosse M. pensó en aquel momento que le gustaría oir algo sobre el amor, aunque fuera en su vertiente más metafísica. Sin duda, el hombre es una animal tan influido por la biología como la mujer; quizás menos influido pero más animal. Rosse M. sonreía.

Julián reía.

Ya llevaba un rato oyendo hablar de literatos y literatura; sus pechos pequeños, erguidos y blanquísimos se agitaban al pensar que aquellas mejillas tan suaves, más que sus propios muslos, y aquella barba de profeta rozaran su piel. Sin embargo…

Hablaba bien; excesivamente mecánico, metodológico. Parecía un escolar recitando la lección que terminara de memorizar.

Por último, decidió, ya resignada, comprar uno de los libros que le indicara y se preparó para dar sola un largo paseo. Iría por las avenidas mirando los escaparates, o las parejas entrelazadas, o los niños.

En la calle estaba oscureciendo y empezaban a encenderse multitud de lámparas fluorescentes…

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Publicado en la revista «La Cebolla de Jata». Octubre de 1981