1

Suena una música antigua en la cabina de la nave, tal vez ‘Hermoso planeta Tierra’ de Vangelis, mientras el piloto aguanta el tedio de universo infinito y, de vez en cuando, los efectos de la aceleración de los motores espaciales de última generación que le impulsan en su viaje hacia un destino ineludible. Cada día que pasa siente más cercano el fin de los días, de las cosas y de las gentes, de ese universo posible. La última frontera. Siente dolor, nostalgia y miedo; hace una noche pespunteada de estrellas que se acercan y se alejan.

En un segundo, a la vuelta de un planeta sin nombre, un chorro de luz penetra en el pequeño habitáculo, se descompone en cientos de estrellas amarillas, naranjas, azuladas, violetas y rojas que chisporrotean sobre la luna de cristal y se reflejan mil veces sobre las brillantes aleaciones. Sube la temperatura de color en el interior. A pesar de la inyección de optimismo, el hombre se siente vigilado.

Desde una estrella, alejada muchos años luz, un observador piensa, en consonancia con las leyes universales de la materia, que todo es relativo, que nada es absoluto, infinito o eterno; ni siquiera perdurable. Es más, en ese mismo instante, aquello ya pasó. El hombre y su nave no existen. Son pura y nítida ilusión. Imágenes del pasado. Esa reflexión, por más que sea obvia y conocida, le procura esa emoción que nos embarga el pecho y los ojos antes de romper a llorar por lo que se antoja inasumible.

El piloto, ajeno a la reflexión del observador, se regocija con el festival lumínico, y sonríe  mientras se repite una y otra vez la máxima de la supervivencia. Amanece, que no es poco….

2

Una jornada sigue a otra; cuánto durará esta sucesión anómala de días y noches iguales, se preguntó el pilotó mientras se quitaba el casco y lo dejaba en el asiento vacío del segundo de a bordo. Sin el caudal de oxígeno fresco, el receptáculo olía a rancio. Estaba cansado de escudriñar el vacío sideral en busca de una señal, una luz o un mensaje cifrado que le diera esperanzas. un planeta nuevo, un hogar verde donde volver a plantar tomates, alcachofas o perejil, un sitio fresco y cálido en el que lloviera a cántaros para curarse de la monotonía. Aún desconocía si el universo era infinito. 85 años luz era una distancia fabulosa pero no suficiente; claro, minúscula. Trescientos mil kilómetros por segundo, por sesenta segundos, por sesenta minutos por veinticuatro horas, por 365 días… La tierra y su vida eran solo un recuerdo. Atravesó el pasadizo agrisado de luces blancas en dirección a la pequeña cúpula con vistas al universo,  pensada como zona de descanso para la tripulación.

Accionó el sistema de ingravidez y se dejo flotar hasta el panel de suministros. Líquidos o gaseosos. Agua mineral de las montañas más exóticas, café, té, borgoña, jerez, oporto, ron cubano, whisky escocés y americano, vodka,… Hoy prefería algo más etéreo: ambiente de bosque húmedo, aroma de campos con la mies recién segada, marihuana, gas de la risa, del amor, de la tristeza,… El que diseñó el panel era un imbécil. Perdido y desolado como un vagabundo estelar, tenía necesidad de un chute de los buenos, una inyección de,.. lo que más quería era futuro; pero de eso no había. Era, quizás, la única ausencia. Cogió la mascarilla y apretó al botón de felicidad. Bastaban tres segundos para engañar al cerebro con la química. Ya era feliz, o casi. Volvió a presionar la misma tecla; uno, dos tres,… No estaba satisfecho. Buscó otra opción. Amor, amor. Hacía mucho tiempo que no lo tomaba a granel ¿Qué poder tenía la química para incitar a ese sentimiento en soledad? Uno, dos, tres. Poco a poco, vencido por el sopor, se colocó en posición fetal mientras las drogas hacían su efecto.

El observador, volvió a dirigir su mirada a aquel pobre ser. Desde su planeta, aquello solo era una película grabada muchos años antes y protagonizada por un hombre solo, un simple mortal; anacoreta a su pesar, desamparado ante lo inevitable e inminente. Le sorprendió. Aquel ser sonreía y las arrugas de su rostro iluminado dibujaban pequeñas muecas de felicidad o tal vez era una mezcla de burla y afecto, de zalamería y dulzura. Soñaba. Su madre lo rociaba de besos a la vez que lo acariciaba y le lanzaba pellizquitos como saetas. Su mirada reflejaba la candidez, la inocencia y la felicidad de un niño amado…

A ratos le abandonaban los momentos de bienestar y sufría episodios de terror y locura; quizás se había pasado con la dosis. No sentía el dolor, pero su cerebro se ponía en guardia y batallaba con la entereza de siempre las amenazas que le acechaban; roedores que trepaban por las paredes y volaban, quizás por la falta de gravedad, aves funestas y negras, arañas gigantes… El sudor empezaba a correr por su frente y por su nuca. No podía pedir ayuda… Tenía la garganta seca.  Fatal enfermedad de previsible y aciago final. El mundo giraba loco a su alrededor por culpa del azúcar y de las drogas contra el dolor. Solo se tranquilizaba cuando al fin aparecía el rostro de su hija… ¿Era una fantasía o la realidad?

3

Poco a poco fue retornando del reino de morfeo. Arriba, la cúpula seguía mostrando el mismo o parecido paisaje; cientos, miles, millones de brillantes lucecitas tejían el tapiz del universo sobre fondo negro. Los paneles de energía del exterior de la nave aparecían extrañamente amarillos sobre el fondo azul. Tenía sensación de hambre. Lentamente, como quien no tiene prisa, se impulsó con imperceptibles movimientos de los pies hasta el panel de suministros y eligió un batido de vitaminas, proteínas, hidratos de carbono, ácidos grasos de cadena media, y una retahíla de compuestos bioquímicos esenciales para la vida con sabor a vainilla.

Se acerco al suelo y desconectó el sistema de ingravidez. Era una sensación parecida a la que se experimentaba al salir de la piscina, pero multiplicada por dos o por tres. Era menester cruzar de nuevo aquel horrible pasillo y regresar al puente de mando. Los vidrios reflejaban su aspecto envejecido. Una espesa y blanquecina barba de dos o tres días con los pelillos duros como púas de acero le conferían aspecto de enfermo. Solo los pómulos, la frente y la quijada tensaban la piel. Las arrugas le recordaban, como los anillos de los troncos de los árboles, los años de existencia. El no era un viejo; aún pensaba que estaba en lo mejor de la vida. El recuerdo de su madre había sido nítido, real. Quién pudiera viajar en el tiempo y volver a vivir solo las épocas más felices.

Entre las sombras de la memoria se precipitó clara y brillante la imagen de aquella mujer a la que amó toda la vida desde que ambos eran mozos. Morena y espigada, de talle frágil, inteligente y curiosa. ¿Se volverían a encontrar? Él no creía en un ser supremo. La ciencia, estaba convencido, descartaba esa posibilidad. Pero, ahora daría la vida a cambio de unas horas, solo unas horas con ella.

¿Sería posible regresar, viajar en el tiempo para ello? La teoría lo daba por cierto pero en la práctica los materiales no soportaban los cálculos matemáticos. Había que superar la velocidad de la luz para retroceder en el tiempo y la nave, a máxima potencia, se acercaba pero no conseguía seguir a los fotones. Solo existía una posibilidad.

Al llegar al puente de mando tomó la decisión que le rondaba por la cabeza. Ya lo sabía.  Unas pequeñas operaciones le confirmaron que a la velocidad de la nave le faltaba un impulso considerable que solo podría añadir con una formidable fuerza de gravedad. La enorme atracción que necesitaba solo la podía conseguir en algunos puntos del cosmos. Seria posible al acercarse a un agujero negro, una zona del universo con una masa y una densidad enorme, como un pequeño universo que traga fragmentos de otros universos,…

Podía intentarlo. Valía la pena probar. Solo por ella; además, ¿qué podía perder, la vida?

4

Pasó suavemente el dedo por el panel táctil para recuperar el control manual. Se dirigió al supercerebro de la nave.

—Hola, buenos días Isabelle. Muestra el cuadrante espacio del universo conocido desde nuestra posición, velocidad y dirección relativa a origen.

Sobre la pantalla gigante de cristal que separaba su pequeño mundo del resto del universo, apareció la retícula de 100 por 100 que dividía la parte visible en pequeños cuadrados de 10 millones de años luz de lado; un puzle imposible de recorrer de un extremo a otro en mil vidas. Y eso suponiendo que, llegados al final, no apareciera otro cuadrante más; y otro, otro,… En la parte inferior aparecían los datos de navegación. Velocidad de crucero: 140.000 kilómetros por segundo, menos de la mitad de lo que necesitaba.

—Isabelle, aumentamos la velocidad al máximo.

—En quince minutos la ‘Peregrina’ alcanzará los 230.000 kilómetros por segundo—, respondió con voz aterciopelada el robot de la nave. —Póngase, por favor, el equipo y prepárese para los efectos de una aceleración constante.

—Añade la dimensión tiempo y busca señales y focos de energía negra calculado masa, densidad y trayectoria a la más cercana.

Sobre el panel, un círculo rojo señalaba el agujero negro. Medio año luz, o días quizás, para entrar en su campo de influencia. Aquel objeto no tenía nombre, ni siquiera una signatura alfanumérica.

—Bien Isabelle, a esa estrella la llamaremos ‘Manuela’, simplemente Manuela, sin números, ni raros algoritmos,..

Manuela era una estrella que emitía una luz negra y brillante. Con una masa equiparable a 10.000 sistemas solares de la tierra, tenia el tamaño de uno solo; parecía suficiente densidad para obtener la aceleración necesaria. Con la atracción de su fuerza de gravedad y la potencia de los motores de partículas, la Peregrina alcanzaría, y sobrepasaría, la velocidad de la luz.

—¿Nos dirigimos hacia Manuela?, preguntó la maquina inteligente.

—Calcula la curva y cambia el rumbo, Isabelle. Allá vamos.

—No lo entiendo. Eso podría ser peligroso… Pondrá en riesgo la nave y su vida… Va en contra de las leyes naturales.

—Sí Isabelle, vamos a volver atrás, a mi juventud, aplicando los cálculos de la teoría de la relatividad… No quiero morir aún, amiga.

—Debería saber comandante que eso es imposible. Para usted y para mí. Pura fantasía derivada de las teorías matemáticas sobre los limites del espacio tiempo y la materia… La inmortalidad no existe, a pesar de los intentos vanos de los científicos.

—Vale, estoy de acuerdo contigo, seguro… pero quiero vivir. Enfila la nave hacia allí con los chorros de partículas a todo trapo.

—Esa orden no es lógica, señor. He realizado el calculo exacto. En unas pocas semanas, aproximadamente para el día 12 de octubre entraremos en el campo de influencia de esa estrella negra, sin posibilidad de regreso, sin marcha atrás. Manuela nos tragará.

—De acuerdo. Estoy loco, pero solo por ver de cerca a Manuela. Isabelle, no tengo más remedio. He de partir, y tú conmigo, en busca de Manuela. Un viaje al futuro de mi pasado. Tengo frío y miedo. No quiero que esta pesadilla del tiempo acabe y me separe definitivamente de mi familia. Allí los esperaré. Es el final del trayecto.

5

Isabelle, cambia la música. Pon algo apropiado. La resurrección de Häendel, Los Planetas  de  Holst, algo de Bach… Quiero sentir la música celestial al paso de las estrellas dobles,  quiero ver el azul sideral más allá de lo que muestra el panel. Quiero, a pesar de todo, sentir la vida. Luchar. Intentar lo imposible.

El observador miró perplejo al único astronauta. La nave había cambiado el rumbo y la velocidad. Desde su posición en aquella lejana galaxia no comprendía la decisión de aquel peregrino de las estrellas. ¿A dónde se dirigía? Ya había pasado pero aún no habían llegado las partículas de los últimos instantes del viajero, los últimos fotogramas de su existencia, el último aliento, el tacto tibio que poco a poco remite tras la ausencia de vida.

6

Efectivamente, como había calculado Isabelle de forma precisa, la nave entró en la influencia de aquella poderosa e inextinguible estrella negra en los primeros días de octubre. La velocidad era de vértigo. El viaje estaba acabando. Ni la ciencia ni la fuerza de las máquinas podrían llevarlo hacia atrás. No había elección. El destino estaba allí y lo afrontaba como todos los miembros de la especie humana: solo y asustado.

De repente, algo más rápido de lo previsto, el viajero se desplazó ingrávido y. quizás, inerme, acurrucado en posición fetal, deslizándose hacia el centro de gravedad de aquel agujero sin vuelta, sin salida. Era 12 de octubre de 2016, festividad de la Virgen del Pilar, patrona de la Guardia Civil, uno de esos días que jalonaron su calendario anual de celebraciones inexcusables. Lo último que notó fue un fogonazo negro que llegó a los observadores del resto de galaxias a la velocidad de la luz. Un rayo más entre los miles que cada segundo atraviesan el espacio conocido.

El observador, al que sí le importaba el pequeño resplandor que despedía el final de aquel insólito y extraordinario caminante, le acompañó durante esos terribles momentos, con la sensación funesta de perder algo más, incluso, que el mismo peregrino. Él iba a perder la vida —reflexionaba el observador—, pero ¿y él?, se preguntaba sin esperar respuesta alguna mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas, incontenibles, como un chorro de zumo de unos ojos glaucomatosos y enrojecidos, prensados por la emoción.

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A  mi padre,  Juan Alcalá Civantos, que este diez de junio hubiera cumplido 86 años.