Filiberto Montagud y su hija Luisita en el jardín de su casa de Getafe

Filiberto Montagud aterrizó en Getafe en 1912, apenas un año después que lo hiciera Vedrines. Llegó buscando un entorno más natural y sano que la capital donde criar a su hija recién nacida. Don Fili, sería conocido entre las gentes del pueblo como «el señor de la capa» por la prenda que gustaba vestir en invierno. Aunque la mayor parte de su actividad estaba en la capital, se convierte –tras la muerte de Silverio Lanza–, en una de las pocas referencias culturales del municipio.

La Región de Getafe

Como no podía ser de otra manera, en 1913 probó suerte con la prensa local y comarcal. En noviembre de ese año veía la luz La Región, revista quincenal independiente, «defensora de los intereses del partido judicial de Getafe». La redacción y la administración estaban ubicadas en su propia casa: calle Madrid 86 [Teléfono 31]. Barato pero peligroso.

Portada de uno de los ejemplares

La iniciativa no era novedosa, aunque sí arriesgada. Quince años antes que La Región, entre 1897 y 1898, circularon por la zona dos publicaciones: Los sábados de Getafe y La Crónica de los Carabancheles; la primera, de ámbito puramente local y periodicidad semanal; la segunda, al igual que La Región, era comarcal y «defensora de los intereses morales y materiales de estos pueblos y los del partido de Getafe». La vida de los periódicos y gacetillas locales era muy corta por aquel entonces. Los Sábados de Getafe duró muy poco y no sabemos de ningún archivo, ni persona, que conserve ejemplar alguno.

Se sabe de su existencia por la cita que hace La Crónica de los Carabancheles en la extensa noticia que publicó con motivo de la inauguración del tendido eléctrico en Getafe y en la que se hacía referencia a la presencia, entre otros, de Zapino, redactor de Los Sábados de Getafe. La Crónica de los Carabancheles fue el primer periódico comarcal de la zona sur madrileña; se publicaba tres veces al mes [los días 5, 15 y 25] y se editó durante trece meses, de julio de 1897 a julio de 1898.

La Región, de periodicidad quincenal, sin embargo, estuvo en la calle de manera interrumpida durante casi cinco años, desde noviembre de 1913 hasta mayo de 1918. La línea editorial de La Región era realmente independiente, influida tan solo por el carácter personalista de su dueño y director. El periódico, crítico con los caciques, arremetió contra las injusticias de los poderes sociales, económicos y culturales establecidos.

De los ejemplares que hemos leído, exactamente trece, hay que destacar sus disputas con la asociación La Piña a la que acusaba de «elitista» y de no querer trato con los campesinos, aunque algunos de sus componentes eran simples labriegos venidos a más; por el contrario, Filiberto elogiaba al Casino de la Unión Obrera. En uno de sus artículos, «soñando un pueblo mejor», imagina una pequeña utopía y anuncia de manera incisiva y picante que se han fusionado La Piña y el Círculo de Labradores; que funciona la biblioteca, que se dan clases de mecanografía y de dibujo, que se celebran exposiciones, además de bailes, incluso –dice el repórter en tono burlón– hay un sindicato al que todos los que tienen gallinas entregan los huevos que luego el sindicato vende en Madrid produciendo el doble que antes; incluso se organizan… Bueno, bueno, ¡Los sueños, sueños son!

Una de las notas destacadas de su línea editorial, pergeñada en los artículos de Filiberto Montagud, es la denuncia del caciquismo y de la corrupción que impera en España, y en Getafe, recogiendo así la reciente herencia de Silverio Lanza. Montagud se implicó con los problemas del municipio tanto que se presentó a las elecciones y resultó elegido concejal del Ayuntamiento.

En uno de sus artículos, el publicado el 15 de agosto de 1916, bajo el título «Remachando el clavo», escribió sobre el tema: «[…] Llegan las primeras elecciones y sale concejal con mayor número de votos que todos los que luchaban contra él. En seguida se buscan las mañas para que este individuo no pueda intervenir ni enterarse de la administración , no obstante de ser inmejorable, según afirmó una hoja impresa (anónima) que se repartió cuando las elecciones. ¡Este individuo es muy peligroso! Dice la verdad siempre, no tiene o tuvo hermanos, hijos, primos o hijos políticos boticarios a quienes favorecer legal o ilegalmente. No tiene parientes a quienes colocar en el municipio o a quienes proporcionar ingresos a costa del mismo».

Filiberto Montagud era un espíritu burlón que no dejó títere con cabeza, arreando cachiporrazos a diestra y siniestra con sus demoledores artículos satíricos, no exentos de un cierto regusto anarquista, que marcaron la ideología del quincenal. En el siguiente texto su amigo Roquebarcia se queja sobre la procesión de la patrona: – ¡Pobre Santa!

¿Pobre Santa? ¡Hombre, estás un si es o no es irrespetuoso..!

Todo lo contrario. Tú no ves el poco caso que se le hace en Getafe a su patrona. Mira, mira la procesión. Cuenta; uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece y catorce personas, incluyendo al señor párroco, van en la procesión. ¿Tú crees que eso lo agradecerá la Virgen? ¿Tú crees que eso es venerar a la excelsa Patrona? En todas partes, el día de la Patrona del pueblo es día grande, de festejos sonados, por lo menos en pólvora; pero aquí, ya ves, una procesión de catorce personas y una banda de música de catorce reales, poco más o menos. ¡Nada lo dicho!

¡Pobre Patrona de Getafe, Santa María Magdalena!

El periódico contenía crónicas de los corresponsales habilitados en Parla, Pinto, Fuenlabrada, Torrejón de Velasco, Valdemoro, Ciempozuelos o San Martín de la Vega, que firmaban con pseudónimos como «El Coco Cantaclaro», «Lolita», «Fulano de Tal», «El Duende de Pinto» o «El Fantasma del Cebadero», este último usado por el propio Filiberto Montagud para separar su actividad pública como concejal y la de cronista o editorialista; el quincenal tenía también, además de las pertinente notas de sociedad, una sección de chismes y cotilleos bajo el epígrafe «Dimes y diretes».

Ilustración de Filiberto Montagud sobre los toros en Getafe (parece que inacabada)

Getafe y los toros

Filiberto Montagud luchó con denuedo contra las fiestas taurinas y capeas que se celebraban en Getafe y que concedían una pésima fama al municipio en media España desde hacía más de un siglo. En el programa de las fiestas locales de Getafe, en las que se programaban la correspondiente procesión y la verbena, destacaba sobre todo por los toros y los encierros. Mozos y vecinos bebiendo en las calles, peleando y corriendo vacas. Cualquier motivo, incluso el patriótico, era excusa para organizar una novillada con toros de muerte y toros de capea.

La primera noticia que tenemos de la desmedida afición de los getafenses por los encierros de toros aparece en el periódico satírico de política y costumbres Fr. Gerundio que en su «capillada» 146, de 24 de mayo de 1839, anuncia un viaje a Getafe para ver una corrida de novillos. «Mientras de todas partes se dirigen a S. M. (la Reina Regente María Cristina de Borbón) exposiciones de Ayuntamientos diciendo que sus ministros no valen dos higas y pidiendo la disolución de las Cortes, el Ayuntamiento de Getafe se dirigía a Fr. Gerundio invitándole afincadamente a que asistiese a la función de novillos que tenía dispuesta para el tercer día de esta pascua dedicada a Nuestra Señora de los Ángeles. […] Y en medio de mis infinitas y perentorias atenciones gerundianas, me digné acceder a su solicitud, y ya que no pudiese decir echemos una cana al aire (porque mi cabeza está sin un pelo), dije echemos un día en Getafe».

Fr. Gerundio utiliza el viaje para criticar de manera ácida, mezclando las costumbres populares y la política, la situación del país y a sus ineptos gobernantes; «Getafe es en geografía lo que Juan Martín Carramolino [Prócer del Reino] en política; es decir, un pueblo adocenado y que no figura en el plano. Sin embargo, Getafe no lo es tanto que no sea hoy cabeza de partido; y Carramolino no solo no es cabeza de partido, sino ni aún cola, a lo que yo entiendo». Parece que el editor y cronista de Fr. Gerundio había tenido algún problema con el tal Martín Carramolino por que sigue: «Lo que sé es que si a Getafe le hicieran Corte, todos nos reiríamos de la ocurrencia, y diríamos y con razón que el que tal hiciera o estaba loco o estaba duermes. Pues ahí tienen ustedes a D. Juan Martín, que es como Getafe, hecho ministro de Gobernación, y la Virgen de los Ángeles sea con nosotros».

«A la noticia de la llegada de Fr. Gerundio, acudieron los tres brazos del pueblo, es decir la aristocracia getafense, el clero y la clase pechera». Sigue el relato con los obsequios que le hizo el municipio; entre ellos, el baile de ocho getafesas, bellas doncellas de ropajes blancos y trigueños rostros, acompañadas por el armonioso canto de un trovador, y sones de la dulzaina o churumbela soplada por los carrillos de un discípulo de Pan, de tal manera que «el fraile criticón», gracias a su imaginación gerundiana, se vio transportado a la Eólida, la Arcadia y la Mesenia griegas: «Getafe estaba hecho una Arcadia»; y los mozos de Getafe pobremente vestidos con andrajos eran como «mariscales del imperio».

Antes de seguir con la historia de Montagud, reproducimos un magnífico fragmento de esta revista en la que Fr. Gerundio describe la famosa fiesta de los toros en Getafe:
«Me tocó entrar en la plaza por una casa donde había una panadería de tahona: vi el pan preparado para meterle en el horno, y dije para mí acordándome de Jovellanos sin ser Jovellanos: «he aquí los pueblos de España; pan y novillos». Subí al gran palco-balcón-galería de las casas consistoriales, y luego que se colocó mi Paternidad entre el Alcalde y el Juez de primera instancia (que, sea dicho entre paréntesis, son dos dignos patriotas) se hizo la señal al timbalero y los clarines, que eran nada menos que tres, más que en la plaza de Madrid; y se dio principio a la corrida. Por supuesto que en esta clase de pueblos y funciones no hay despejo de plaza; al contrario siempre hay toreando por lo menos doscientos hombres libres. Fueron saliendo los novillos, buenos en lo general, bravos y vivarachos; […]

Todos toreaban a un tiempo, unos con la chaqueta, otros con el pañuelo, otros con una manta vieja, quizá llena también de ganado como las dehesas de Colmenar, otros con el sombrero, otros con el palo que le hacía de bastón, y muchos con el cuerpo a cuerpo y brazo a brazo: hombre había que viéndose apurado por el novillo, se bajaba a descalzarse un zapato para tirársele y entretenerle de algún modo: en uno de estos caso vi con admiración al animal detenerse y contemplar al hombre-novillo como quien le dice: «mentecato, si yo fuera tan bestia como tú, y no me reconociera dotado por hoy de un alma grande ¿qué sería de ti, y a dónde irías a parar?». Otro salió (yo le llamaba el símbolo de la afición española) con un brazo malo y sostenido por un pañuelo pendiente del cuello: este hombre debía están tan manco del juicio como del brazo.

No faltaron sin embargo sus porrazos corrientes así como por vía de ejemplo, y por muestra de que sabían darlos para ver si escarmentaban, pero ni por esas. Los únicos que entendían de capear y que nos divertían sin susto fueron un hijo de un Grande de España (de cuyo título no me acuerdo, pero que es menester expresar), y un sobrino de Capita, el banderillero de la plaza de Madrid. El presunto Grande de España y el sobrino del banderillero se conocía que iban de compañeros, y que eran de una misma escuela: se defendía muy bien uno a otro: ambos pueden llegar a ser buenos profesores si lo ejercitan. A veces había derramadas por la plaza tantas prendas de vestuario que si las encontrara un comandante de columna, no necesitaba más para decir al gobierno que el enemigo pronunciado en derrota había abandonado el botín, dejando el campo cubierto de uniformes, armas, y otros efectos de que se aprovecharon sus soldados; y era la chaqueta del Lagarto de Villaverde, y el moquero del tío Pancracio de Carabanchel.

Se acabaron de correr los dieciocho novillos y se hizo una suspensión de hostilidades hasta la tarde. Van-Halen hubiera hecho una estipulación ominosa: al cabo, más fiero es Cabrera que todos los novillos de Getafe juntos y la hizo con él: pero los getafenses hicieron un armisticio tácito. Por la tarde se volvieron a correr dos veces los mismos 18; de modo que entre las dos corridas de la tarde, la de la mañana y los cuatro o seis del aguardiente vinieron a correrse en un día cerca de sesenta novillos. La plaza de Getafe estuvo hecha un anfiteatro en tiempos de Caracalla».

Y así pasó el siglo diecinueve. Toros, toros y, sobre todo, toros. La fama no decrecía. El periódico La Libertad, en su número de 9 de junio de 1892, publicaba una noticia sobre los festejos: «40 toros se corrieron ayer en Getafe. La fiesta duró todo el día empalmando la corrida de la mañana con la de la tarde, advirtiendo que de madrugada ya se habían corrido varios toros». El Museo Universal, en 1863, habla de palos y disputas por culpa de los festejos taurino de Getafe.

La Crónica de los Carabancheles anunciaba en su número de 5 de junio de 1898 [anulada ese día y celebrada el día 14] una corrida benéfica con el fin de allegar más recursos a la suscripción nacional, sin especificar el destino de los fondos, en la que no se había omitido gasto alguno; una infinidad de arcos voltaicos iluminarían la plaza a las nueve de la noche para lidiar dos toros de muerte por los afamados novilleros Mazzantinito y el Chico de la Blusa, con los banderilleros Ramón Dorrego (de Getafe), Antonio García y Gil Rojas; además, se anunciaban picadores, alguaciles y monosabios. Después de muertos los toros se lidiarán doce de capea para los que gusten de bajar al redondel. La presidencia estará a cargo de distinguidas señoritas. La entrada más barata [general] costaba cincuenta céntimos y la más cara [junto a las señoritas, se supone] dos pesetas. Getafe era noticia habitual por los sucesos taurinos; heridos, muertos y altercados que las autoridades locales encubrían o no comunicaban al gobierno civil.

La firme postura de Filiberto Montagud contra las corridas y las interminables capeas provocó graves incidentes tras la suspensión de la programada en las Fiestas de 1918; aunque la decisión fue tomada por la Comisión de Festejos, ante la «recomendación» del Gobierno Civil de Madrid, los mozos y los vecinos en general acusaron al edil y director del periódico de ser el responsable de su eliminación del programa festivo.

Los graves insultos y amenazas personales derivaron, incluso, en agresiones físicas y en una manifestación de protesta delante de la redacción y domicilio del editor. La familia contempló con cierto miedo la reacción de los sectores más radicales y que provocaron finalmente que Filiberto Montagud dimitiera como miembro de la corporación y cerrara el periódico. Una decisión irrevocable que, sin embargo, no le alejaría de la vida pública de Getafe. Es más, intentando suavizar la tensión originada tras los violentos sucesos, organizó una comida en un restaurante cercano al Círculo de Bellas Artes de Madrid a la que estaban invitados los presidentes de las peñas taurinas de la localidad. En este ágape de reconciliación con los mozos pudo explicar su postura y ganarse, al menos, el respeto y el aprecio de algunos de los [ultras] aficionados a las capeas y encierros. El conflicto desatado por la suspensión de los toros de las fiestas de 1918 le sirvió a Filiberto Montagud, espíritu inquieto y disconforme en cuanto significa estabilidad, para establecer un punto de inflexión en sus intereses sociales y encarar un nuevo rumbo artístico. De repente se olvidó de los periódicos satíricos y prescindió de las esculturas grotescas: fundió en uno al escultor y al caricaturista que era para abrazar el arte humorístico de los muñecos de madera o monigotes, paso previo -sin lugar a dudas- a la industrialización del juguete moderno; esta modalidad o tendencia artística de las «siluetas cómicas» había nacido quince años antes en Francia de mano de Caran D’Ache, famoso por sus caricaturas de perros y monarcas. Filiberto Montagud se consagró en cuerpo y alma a esta derivación de la caricatura que se exponía en los escaparates de las tiendas.

Filiberto Montagud transformó esa actividad artística en un proceso industrial. Los modelos y las caricaturas en madera que introdujo en España como una visión propia de las vanguardias artísticas europeas se transformaron en juguetes que fabricaba en un pequeño taller que instaló en la esquina de las calles Magdalena y Marqués, en Getafe. Cuando los críticos hacían alguna reseña, las «maquetas» o «instalaciones» artísticas de Montagud se adivinaban como la representación española, la innovación y la competencia, frente al muñeco popular tallado en madera que se fabricaba en Rusia, en Inglaterra, en Francia o en Japón.

En el Salón de Humoristas de 1919, organizado por José Francés, Montagud presentó varios conjuntos de muñecos recortados en madera que venían a ratificar la graciosa orientación de su actividad artística y, sobre todo, la nacionalización de la juguetería española. Entre las agrupaciones de muñecos de madera recortados que Montagud presentó destacaron «La procesión de mi pueblo», «La montería», «La verbena», «El circo ambulante» o la que reproducimos: «Una partida de «foot-ball».

Olvidado el periódico La Región, sus disquisiciones sobre los toros y sus permanentes divergencia con los caciques autóctonos de la época, Filiberto Montagud se centró –a nivel local– en la necesidad de ofrecer una alternativa recreativa a la afición salvaje de los encierros y las novilladas; debía ser una actividad más sana, menos primitiva, violenta y peligrosa; y que se pudiera practicar o contemplar durante todo el año, no solo unos pocos días al año. Y la encontró, inesperadamente, mirando aquel grupo de muñecos de madera recortada. Se trataba del novedoso deporte del «foot-ball», al que los puristas del castellano preferían llamar balompié.

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