Google celebra este tres de julio el cumpleaños de Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 3 de julio de 1888–Buenos Aires, 13 de enero de 1963). Hubiera sido más «acertado» celebrar el aniversario de su nacimiento; pero bueno, raro es que el onnipotente buscador se acuerde de la fecha, de manera insospechada, y se preste al homenaje, del raro escritor. El maestro de la greguería sufrió con aquel Getafe, ese pueblo indeterminado, ahora Capital del Sur, a través de su relación con Silverio Lanza, seudónimo de Juan Bautista de Amorós. Y para festejar la ocurrencia de Google, citaremos algunos párrafos de su obra «Páginas escogidas e inéditas de Silverio Lanza. In memoriam» publicada por Biblioteca Nueva en 1918.
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«¿Por qué había elegido Getafe para retirarse? No se sabe. El gesto de desprecio que hizo el meterse en Getafe fue como ese gesto que a veces hace un hombre a toda una multitud con todo el brazo izquierdo y la mano del derecho (¿)…

Getafe era un pueblo indeterminado, gris, insignificante, perdido como por un raro espejismo del desierto.

Nadie sabía en Getafe que vivía un gran escritor en el pueblo…

Getafe es el pueblo «que no se ve», y, sin embargo, por que en sus obras él daba la dirección de Getafe, fue tomando realidad en mi espíritu, una realidad que llegó en mi a lo extraordinario, cuando en las «Memorias del Marqués del Mantillo» vi en letras doradas, en letras de un dibujo fantástico, un Getafe que evocaba una ciudad fantástica.

¡Desolado Getafe, en el que la tierra tenía el gesto adusto del desierto! Sitio por donde pasan los ladrones en camino hacia Madrid o huyendo de él, pueblo por el que pasan rasando los perros que van lejos, lejos: ¡Qué sarcasmo tan sangriento para todos, como para él, era el que viviese Lanza en Getafe!

¡Cuántas veces he cogido el tren tranvía de Getafe! (…) Los vagones tenían plataformas-terrazas, gran respiro para los buenos días. Generalmente iba casi solo. Algunos mozos de pueblo y algunos soldados.

Resultaba aquel viaje un viaje interminable, porque no merece la pena el meterse en un tren para ir tan cerca (…) Primero pasábamos un largo trecho junto a las casas de obreros de ferrocarriles y los depósitos de carbón y los grandes talleres de arreglo de máquinas, después caminábamos frente a un paisaje de tierra rayada tan insoportable como el papel rayado y toda llena de cristales, indigestada de cristales, herida por los cristales que a través de los siglos se han ido deshaciendo añicos en la gran ciudad próxima cercana. El tren corto se iba parando en todas las estaciones animadas por cuatro gallinas. Por fín llegábamos a Getafe. En nuestra imaginación brotaba el nombre de l a calle y el número de la casa: Olivares, 18: Era la primera casa que se encontraba después de pasada la verja del convento, frente a frente del recién llegado.

Desde su casa de Getafe vió, echándose las mano a la cabeza, toda la desastrosa historia de España durante aquellos días y vió sobre todo con un ardor sordo, sintiéndose el capitán de un barco preterido, que n la hora del desastre de nuestra fuerza en el mar, no podía correr con su barco de Getafe a ganar la victoria.

Ayer, en el silencio de su casa, mientras recogía la funeraria sus bártulos y su viuda contaba su serenidad, fui construyendo su figura y la escena inolvidable y asidua.

En aquel artículo también contaba que vi ese último día por primera vez Getafe, pues no estando él me quedó tiempo para verlo. «Y no volveré nunca a ese Getafe desamparador y sin espíritu», terminaba yo el artículo, terminación que según me contó un amigo mío, en Getafe indignó a los comerciante y les hizo decir con ironía:¡ «Tendremos que cerrar las tiendas»!

No he vuelto a Getafe, porque en mi despacho donde tengo empotrada en la pared la lápida de una buena y desconocida joven de 18 años, está también su lápida y hay una lámpara perpetua que ilumina la memoria de él. El no está en el cementerio de Getafe aunque Getafe quede ilustrado en el mapa por esa crucecita que le corresponde en él a Silverio Lanza, que aunque no fue nombrado hijo adoptivo, fue su padre. «

Ramón Gómez de la Serna. Madrid. 1918