Me dijo Eladio, no el artista, el artesano, que tuviera a bien escribir y «denunciar» la existencia de la estatua de un futbolista que el Ayuntamiento había colocado en el barrio de El Bercial. Y vuelvo yo a insistir sobre la naturaleza del arte urbano en ese moderno barrio. Ya lo sabíamos por boca de otro amigo y experto en la cosa futbolística al que seguramente hemos restado la posibilidad del comentario.

Sin apenas conocimientos del «arte» balompédico, ni mucho interés por ello, dicho sea, para que conste y se me admitan las excusas, acepté la iniciativa de mi amigo. Hablaremos de ese mito o leyenda urbana en que se había convertido la estatua de uno de los protagonistas del ascenso del Getafe Club de Fútbol a la primera división de ese deporte-espectáculo.

Desde la más remota antigüedad, antes incluso del uso de la escritura, el hombre ha intentado perdurar en la memoria y mostrar su admiración y su gratitud por otros, o su fe en determinados mitos y fenómenos, levantando monumentos y estatuas. Se trata de representaciones fieles o personales de cazadores, diosas, atletas, políticos, escritores, guerreros y mil motivos más que procuran el enaltecimiento de los personajes o, incluso, el homenaje a hechos y personajes anónimos.

El mundo está plagado de ejemplos de estatuas o conjuntos escultóricos erigidos a un sin fin de no-se-qué desconocidos; delante de la puerta «grande» de los cosos taurinos es posible encontrar la figura estirada del torero; en los grandes cementerios, al soldado desconocido; en los puerto, el marino; en las plazas de los pueblos, a un alcalde antiguo y desconocido o a uno de esos generales que nos sabemos si estuvo en la guerra de Cuba o en las disputas carlistas.
El fútbol desde que se ha convertido en uno de los mayores fenómenos de masas también erige monumentos a sus «heroes».

Ahora las batallas, incluso las elecciones, se juegan en un estadio. Menos sangrientas, al menos, aunque en la mayoría de los casos poco enaltecedoras de la pasión deportiva y atlética del ser humano. En una rauda visita turística por algunos lugares del mundo, atravesando la red de redes de punta a punta, hemos descubierto que el deporte, y concretamente el fútbol, dispone de una ruta de monumentos erigidos como el dedicado a «o rei Pelé» en Salvador de Bahía, los que se han levantado como una oda al «dios Diego» Maradona, la mayor estatua del mundo de un futbolista, el grandioso homenaje al pibe Valderrama, el que representa a las viejas leyendas inglesas Charton, Best y Law, o [por acabar pronto] el proyecto culé sobre el fabuloso Kubala.

Como sea que el rumor era insistente y curioso, nos decidimos a emprender la búsqueda de la mítica estatua de bronce industrial que no escultura; ahora casi todo en la vida es digital, incluso el noble arte de Fidias. Con el molde obtenido mediante técnicas informáticas es posible un duplicado o cientos ¿Se imaginan, un pueblo lleno de estatuas de futbolistas?

¡Al partido, que nos despistamos!.. Al final del recorrido en nuestra búsqueda por el barrio, en la zona de las viviendas protegida, al otro lado del Hipercor, en la avenida de Salvador Allende, encontramos ese impersonal pedazo de metal que representa a un futbolista en plena carrera con el balón «pegado» al pie a ras de tierra.

La figura está colocada en medio de un «parterre» sembrado de piedrecillas sin leyenda ni placa que pueda identificar el objeto, el personaje o el motivo de semejante «adorno». Lo han plantado, o abandonado allí, casi de manera clandestina; para que nadie reconozca al representado ni recuerde la ignominia. Es el último castigo, el ostracismo y la postergación, a un futbolista que pasó de heroe a villano en el leve trascurso de una tonta decisión o, hablando en término futbolísticos, de una absurda alineación política; de medio centro izquierdo a defensa central. Falta y expulsado.

A la vista de la fotografía, convendrán conmigo quela estatua del futbolista desconocido tiene la misma cara del famoso «Gica», y la zancada o el gesto copiado de una foto del futbolista rumano Gheorghes Craioveanu, que tras su retirada de los estadios ha reforzado su popularidad a fuerza de asistir en calidad de comentarista a las tertulias futbolísticas de Onda Cero y La Sexta.

Craioveanu fichó por el el Getafe en la temporada 2002-2003 y en la siguiente temporada fue uno de los miembros más decisivos de la plantilla getafense que consiguió el ansiado ascenso del club de los amores de Ángel Torres y Pedro Castro. Transcurría el año 2004. Eran tiempos de baños en la Cibelina, vino dulce y alabanzas sin tregua ni recato en los periódicos más oficialistas. Tras completar tres temporadas en el equipo, a esas altura de la vida de un futbolista, cumplidos los treinta y seis años, tuvo que afrontar la jubilación como profesional, confiado en las promesas de los dirigentes «azulones» (vean que dominio del lenguaje balompédico) para seguir en otras instancias y responsabilidades del club; vamos … a seguir. Y llegó [el comandante] «pirri» y mandó parar. No había más fiesta ni homenaje. Ni chufas ni cuchufletas. Las desavenencias derivaron en trifulca pública que se mostraba y amplificaba con eco y sin pudor en los medios deportivos. Gica se marchó de la entidad getafense encabronado y dolido. Poco antes de las últimas elecciones municipales [mayo de 2007] saltó la sorpresa y el PP getafense anunció a bombo y platillo [como en una feria] la inclusión del jugador rumano en su lista de candidatos, en el puesto número dos, tras José Luis Moreno y delante de Carlos González Pereira y José Luis Vicente Palencia. Gica era la sensación del momento, una apuesta muy arriesgada en la lista electoral de los populares getafenses dada la ignorancia del futbolista de la política y la vida social o cultural de Getafe, aunque dispuesto para afrontar los retos del deporte local: fútbol, más fútbol y… sobre todo, fútbol. ¿Cómo era aquello?… Me gusta el fúrbol.Sin embargo, el Ayuntamiento de Getafe había encargado mucho antes de los comicios una obra con su cara y su figura a la fábrica de las horribles estatuas getafenses con la idea de ubicarlas cerca del Coliseo Alfonso Pérez, al igual que hizo con el busto de Ángel Torres. La verdad es que no se aguantan ni como estatuas… Y menos tras la irrupción política del internacional rumano. Gica con el PP, de número dos, haciéndose la foto con Esperanza Aguirre. Imagínense el disgusto y el miedo del PSOE; y también de un sector del PP local. El presidente del Geta, Angel Torres, por su parte colaborando activamente en la campaña y figurando como avalista personal de su «amigo» Castro.Así pues, la estatua de Craioveanu quedó «presa», o retenida, en algún oscuro recoveco del viejo almacén de enseres municipales a la espera del momento oportuno, olvidada la historia, para su colocación. En su día, como respuesta a las preguntas de los periodistas sobre el caso de la estatua de Gica, el que fuera concejal de Urbanismo y responsable de comunicación del PSOE, el malogrado [políticamente] Santos Vázquez, adujo para el retraso en su instalación que la obra se había roto y que había que hacer volver a fundir una nueva. Vaya excusa peregrina… Lo cierto es que en las últimas semanas el Ayuntamiento de Getafe ha dejado caer en el barrio de El Bercial el último engendro de bronce de la factoría que nos «embellece» [envilece o desacredita] la ciudad sin avisar a nadie.A su instalación sólo acudieron los obreros de la subcontrata que transportó el metal, como expresión suprema del castigo político más extremo: el olvido; transformado el que iba a ser homenaje en desaire y desdén. Ni el gobierno municipal, ni los directivos del Getafe, ni sus antiguos compañeros, ni, tan siquiera, para ser también un poco «tocapelotas», sus compañeros de candidatura se han acercado por allí. Nadie ha invitado a Gica ni le ha dicho esos «ahí te pudras» que te dicen los «amigos» cuando ya no quieren saber nada del pasado común. El futbolista rumano tiene una estatua en Getafe y nadie le ha avisado! Qué tristeza, la mía… Decía Eladio, y lo repito, para que no me acuse de falta de rigor, que él piensa que ha habido muchos futbolistas que han aguantado en el Club Getafe Deportivo y en el Getafe CF para que la entidad llegara donde ha llegado y que se merecen, antes que Gica, un monumento. Ahí están esos heroes relegados como Caballero, Salmeron, Polo o Alfredo,.. Perdonen mi ignorancia si no recuerdo ni cito a todos los que puedieran merecerlo. Yo también propondré un motivo para un monumento junto al estadio; hay un personaje que podría haber aglutinado ese presunto aunque no anónimo homenaje al fútbol y a los futbolistas. Se trata de Luis Aragonés el «sabio de Hortaleza», «zapatones», campeón de la última eurocopa como entrenador de la selección española y que jugó en el Club Getafe Deportivo entre los años 1957 y 1958.