Si no fuera porque desde hace tiempo tiene decidido quién será su sucesor, o quisiera él, podríamos pensar que pretende permanecer en el sillón, no 24 años, ni 26, sino 40 como los «grandes». Sabe ciertamente que, luego, al fin y a la postre, el sistema, sus propios compañeros, no le agradecerán más allá de una avenida en los Molinos, un busto y una medalla por los «servicios prestados» a esta ciudad. Aunque más de uno creamos que los ha cobrado bien.

Durante los últimos años ha sido capaz de engañar a algunos pretendientes al trono con sus típicas mentiritas y «el sí a todo». Sabe bien que esos mismos no, pero otros, que ahora le critican por detrás y no se atreven a «hacerle frente» engullirán a su «heredero». Será el fin del «imperio» y mando.

Entre sus principales méritos quedará haber desarticulado, casi por completo, una sociedad que hace veinte años era vigorosa social, cultural y políticamente. Y también quedará como reseñable su habilidad para esquilmar el patrimonio municipal a fuerza de «levantar calles» y de favorecer urbanísticamente a sus amigos y exconcejales socialistas.

Si confiamos nuestra intuición o poder de predicción a la estadística, podríamos llegar a verle de socio de algún famoso constructor, gestor o presidente de club de fútbol. Sus palabras le traicionan.