Hace unos días, mientras leía la edición digital del Buzón de Leganés me trasladé en el tiempo y el espacio, hasta la casa de mi abuela. Corría el año 1962 y no hay nada anterior impreso en mi cabeza que pueda evocar de manera voluntaria

Ese primer recuerdo de mi vida alude a una singular y certera profecía. Luego, con el tiempo, he podido comprobar que en mi familia casi todos han pretendido gozar de esa capacidad. Ya te lo decía yo, decía mi madre sin parar; y mi padre, asentía como quien conoce el resultado. No hagas eso, no digas eso, me han dicho unos y otros intentando vislumbrar con sus consejos el imprevisible futuro. Y hasta mi mujer y mi hijo se arrogan el místico don de la profecía. Te lo dije, no hagas eso, no… te vas a dar un golpe… y vaya, que sí. Me lo suelo dar.

Pero no es exactamente eso a lo que me refiero.

El patio de mi abuela Francisca, allá en el pueblo donde nací, en la Ribera Alta, a medio camino entre Alcalá la Real y Frailes, lindaba con uno de los laterales de la nave de la iglesia, de la que se elevaba la torre del campanario, dedicada cómo no al patrón de la aldea, San Juan, y que se había construido, o reformado sobre otra anterior, según rezaba la leyenda del pórtico, en el año 1789. No debía estar lejos la festividad del santo. El el patio florecían esas plantas que sólo se dan en Andalucía, en forma de trompetas de hermosos colores. Al rededor del brocal del pozo jugábamos mi hermana y yo, como dos niños, corriendo y persiguiéndonos, mirando los don diegos y los geranios, huyendo de los tábanos y las avispas que aleteaban entre las enredaderas y las flores. Cuando el cansancio nos frenaba, acudíamos al territorio soleado del gato negro que tenía mi abuela; a molestarle tapándole el sol y a estirar sus llamativos bigotes. No era Demóstenes, y apenas nos dedicaba una mirada desdeñosa . Al gato le gustaba el pescado. No había nadie en el mundo como ellos dos, la vieja y el gato, comiendo boquerones crudos. Por culpa de una espina de pescado perdió el ojo mi abuela. Era tuerta y flaca, pero incansable y de espíritu indomable, como toda su estirpe.

De pronto el tiempo se paró, o casi, mientras escuchaba la voz de mi tío Antonio, que parecía, y parece hoy, al cabo de más de cuatro décadas, pronunciar aquellas palabras tan despacio como si se hubieran coagulado en el aire, trenzadas en el calor del mediodía, derretidas, silabeadas con parsimonia. El tiempo cincelaba con marcas indelebles por primera vez mi memoria, tan blanda y moldeable como la de un niño de tres años y poco.

– Cualquier día, esta iglesia se nos cae encima… [Y me pareció que retumbaba el trueno y se hizo verdad la palabra ¿Sería una señal?]

La voz del profeta resuena  y predice [junto al templo] una catástrofe, adivina un mal latente, conjetura, presiente o pronostica la tragedia sin aviso previo. ¿Había tal vez grietas en la torre que delataran la ruina del edificio y anunciaran, con claridad, su inminente final? En ese caso, qué hacían mis dos tíos y mi padre sentados tan tranquilos a la sombra de la fragante higuera cargada de brevas…

La torre de la iglesia de San Juan de la Ribera Alta y parte de su techumbre cayó con estrépito hiriendo a numerosos fieles que en ese momento estaban en el interior del templo. En ese instante de desconcierto, nunca he sabido porqué, ya que estábamos avisados del desastre, recuerdo a mi tío Antonio que me arrastraba por el empedrado del patio para ponerme a cubierto en el interior de la casa de mi abuela; de reojo pude ver que mi padre y mi tío Santiago hacían lo mismo con mi hermana, llevándola en volandas como quien lleva sujeto a un pajarillo pendiente de un hilo invisible.

Tras el revuelo inicial provocado por el suceso, las comadres hacían balance de los heridos y los muertos en el lavadero del pueblo. Y, para no quedar como ignorantes, todas, la que más y la que menos, abuelas o mozuelas, casadas y viudas, sacaban a relucir sus poderosos dones adivinatorios.

– Ya se lo decía yo a los hermanos de mi pobre Juan; parece mentira, pero nadie me hizo caso. Estaba claro que esta iglesia se iba a caer. Nadie la cuidaba.


– El techo estaba en buen estado, pero no se veían las vigas de tanto encalarlas; yo se lo decía también a mi Manuel: mira esos palos, podrían estar podridos y … ¿Quién sabe cuánto hace que las pusieron? ¿Alguien las había revisado últimamente? No. Desde la guerra que las revisó el cura párroco de Frailes… por culpa de unas granadas que tiraron los de la república…. Nadie las miraba.

[Diálogo, evidentemente inventado. Ni siquiera sé si aquel día infausto estuve en el lavadero. Lo cierto es que no recuerdo nada de esas demostraciones de sabiduría]

Con el tiempo he sabido que el único que gozaba de esa capacidad era mi tío Antonio. Yo, de alguna manera, también heredé ese don que nadie de mi familia sabe de donde procede. Y nunca, hasta ahora, había querido mostrar públicamente la posesión de esa facultad, que a veces me persigue como una maldición, de predecir o adivinar el futuro. Jamás he presumido ni ostentado con esa especie de fogonazos que me deslumbran por la noche y por el día, esas visiones como peliculillas que me adelantaban el trascurso de algunos acontecimiento. Lo mantenía en secreto y, a pesar de reconocerlo, no pienso de ninguna manera hacer pública ninguna de esas visiones. Es mejor; a veces, más que un don parece un castigo divino.

Pero, ¿que hacía yo rememorando esos hechos (verídicos) tan antiguos y personales? La respuesta la tenía delante de la pantalla del ordenador. En Leganés hay otro profeta. Uno que practicaba y se mostraba como tal a los vecinos de la localidad, que presumía de su condición. El portavoz del Partido Popular en ese municipio, Jesús Gómez, tiene también algún tipo de don profético o adivinatorio. Hace algunas semanas desveló, ¡qué audaz!, que había utilizado sus poderes y y para demostrarlo, sin que nadie tuviera dudas, acudió a un fedatario público para dictarle los nombres de las diez personas que ganarían una oposición municipal. Días antes de que lo supiera nadie, quizás, salvo los interesados. ¡Con lo difícil que está conseguir una plaza de funcionario!

Sin duda, el éxito del augur popular le ha motivado para insistir y volver a repetirlo, ostentando su capacidad de vaticinio. Desde junio acá, ya ha acertado con los resultados de tres oposiciones. Gómez ha anunciado los nombres de los afortunados que se han hecho con la plaza, sin que se hubiera realizado el examen, ni escrutarlo siquiera el jurado (siempre tan ecuánime en estos casos), Y, mire usted, pleno, se trata de los siguientes ciudadanos. Tal, tal, tal y tal…

Si usted no está en el listado del portavoz del PP, es que no va a ganar la oposición; no porque él no tenga influencia para concedérsela, que parece que no la tiene. Sólo adivina el resultado y los ganadores. No ha fallado ni un sólo nombre. Y de ello da fe el notario de Leganés, que no debe hacer, ni creemos nosotros que haga, trampa alguna para favorecer a un presunto tramposo. Así que, albricias, Jesús Gómez posee el don de la predicción. Si usted es de los que esperan un puesto en la administración pepinera debería adelantarse a los demás y preguntarle al nuevo profeta si algún día será una realidad que anuncie, de manera extraordinaria, su nombre en escritura pública o, tampoco es un problema, en una vulgar servilleta de bar.

Aunque, a la vista de su éxito, no debería, creo yo, abusar de las dotes que le fueron concedidas a este nuevo miembro de la cofradía de los profetas que somos. Porque el uso y abuso de cualquier cosa, incluso de un don divino, siempre es malo: envanece el espíritu y genera engreimiento. Y todo podría ser; que un día de estos, el alcalde y su ediles del gobierno le pronostiquen algo. No porque ellos tengan esa capacidad que, al parecer, no poseen. Sólo reparten graciosamente el don de la amistad o el amiguismo, el favor o favoritismo, para decidir un concurso o lid  en los que presuntamente se debería respetar el derecho de los ciudadanos a recibir de esa administración equidad y justicia. Y más si hablamos de trabajo. El problema del profeta es que en la mayoría de los casos, cuando gobierna su partido en cualquier otro lugar, hace lo mismo.

El nepotismo está tan arraigado en la vida pública española que nadie se asombra del tal o tal recomendado, de tal o tal familiar del alcalde, del concejal de obras, incluso del portero del Ayuntamiento, si puede, y estuviera en su mano, enchufar al novio de su hija. ¿No temería usted en el caso de que gobernara el político profeta utilizaría, -no sus dotes de adivinación-, su poder e influencia para beneficiar a sus amigos, familiares y correligionarios?¿Seguro que no desconfiaría?  Si no fuera así, estaría usted en disposición, por presunta ingenuidad y fidelidad, de presentarse a la oposición y ganarla. Los sindicatos, mientras tanto, excusando la chapuza  y, como los fariseos, responsabilizando a las bases. Pero, digo yo, las bases las confeccionaría alguien en concreto; tan bien, tan bien, que sólo faltaban los apellidos de los adjudicatarios.
Hace algunos años, se produjeron en Getafe una serie de hechos parecido. Todo el mundo pensaba que entre los concejales había uno señalado con dones divinos. El gobierno municipal conocía con algún tiempo de antelación lo que hacía el anterior portavoz del PP de Getafe, y no sólo los actos programados como agenda política. Nadie sabía quién era. El caso es que, finalmente, no había nadie con dotes adivinatorias. Resultó que el portavoz popular perdió, le leían o fotocopiaban la agenda, y siempre, siempre, siempre sabía el gobierno y los periodistas [sólo los más avispados] dónde iba tal día, donde comía y con quién. Al impostor, correligionario político del afectado por las predicciones, le costó el cargo. En Getafe, al contrario de lo que pasa en Leganés, no hay profetas en la política.

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La ilustración superior está basada en una fotografía de la Iglesia de San Juan, en la Ribera Alta (Alcalá la Real, Jaén)