El presidente del Centro Unesco de Getafe, Martín Sánchez, emitió a finales de la semana pasada una nota informativa reivindicando la autoría del proyecto de la estatua al indio Rumiñagüi [Rumiñahui o Rumi Ñawi] que pretenden instalar con el dinero de la Junta de Compensación de El Bercial (promotores y cooperativistas) en la avenida República del Ecuador. La nota informativa de la asociación getafense justifica la idoneidad de erigir la estatua al inca en aras a la cooperación y solidaridad entre pueblos y países. De todas maneras quieren que comulguemos con ruedas de molino, y nunca mejor dicho, por aquello de la cara de piedra. No la del indio, la que se nos queda a nosotros.
Parece increíble que Martín Sánchez, profesor de instituto, empresario y gestor urbanístico, que ha publicado algunos libros sobre la historia de Getafe, nos sorprenda y pretenda despachar esta enojosa idea (al menos eso nos parece a nosotros, aquí en España) con la cursilería de los “progres” de baratillo: «La escultura del indio Rumiñahui, obra de Oswaldo Guayasamín, no es una escultura más, está instalada en varias ciudades iberoamericanas y no sólo los ecuatorianos, sino muchos ciudadanos y ciudadanas de otros países iberoamericanos, se sienten representados en el mensaje que transmite. Se trata, por tanto, de una iniciativa de cooperación internacional y de hermanamiento entre países que no sólo tienen vínculos históricos sino actuales y presentes”. ¡Hala! Ahí queda eso: ¿El mensaje del indio o los países?
Vamos a dejar de lado la valía, presunta o aceptada, incluso nuestro parecer estético, de la obra de Guayasamín. En realidad, la propuesta va más allá del puro arte; de otra manera valdría cualquier otro monumento para celebrar el mestizaje de las razas. O ¿no es eso? En esa región del mundo, el mestizaje llega al 70 por ciento dela población. Cualquiera que haya estudiado la historia del descubrimiento, la conquista y colonización de América o, incluso, sólo haya leído, con el ánimo de forjarse una somera idea, esa parte de la historia universal, claro, con las referencias de las únicas fuentes históricas, las de los «barbudos» españoles, sabría que la figura del indio no es precisamente un modelo de cooperación ni de hermanamiento. Ni su mensaje. Mucho se han esforzado los ideólogos del nuevo indigenismo en asignarle un cierto grado de verosimilitud a la existencia del personaje y de atribuirle las virtudes del héroe que «ama a su patria» y que muere por defenderla. ¿Pero qué patria? ¿El imperio de Tahuantisuyo (Tawantisuyo) con sus cuatro regiones? ¿O se refieren a los estados modernos? ¿Ecuador? ¿Perú?¿Colombia? ¿Bolivia?¿Argentina?¿Chile? No sólo se echan virtudes en las alforjas del inca si no que exclusivamente se desprecia y se vitupera -nadie defenderá determinadas crueldades-, la acción de los conquistadores al los que que se acusan desde una óptica cristiana de lascivia, ira, crueldad y codicia, olvidando la guerra, sin pensar que en los mismos términos los indios saldrían malparados y no estarían libres de menos pecados capitales que los españoles.
Es una certeza que no existen referencias históricas propias de los indios ya que no conocían la escritura. La incaica era una cultura ágrafa. Las únicas fuentes de conocimiento son las españolas. Así, y a pesar de ello, se ha forjado la personalidad del inca sólo con la tradición oral, el mito y la leyenda. Los nuevos historiadores «mestizos» de américa, pretenden imponer sus tesis con ese material tan endeble, y a base de discutir o desmentir  lo poco o mucho, verdadero o falso que aportaron los historiadores españoles.
El presidente del Centro Unesco de Getafe, Martín Sánchez, propone que,  los “barbudos”, nos sometamos a una versión de la historia que no creemos (rechazamos) y le erijamos un monumento al presunto valor y a la «resistencia» de un indio que pretendía ser, tras la muerte de su hermanastro, Atawualpa, el “sapa Inca”, la continuación de una estirpe de tiranos sin escrúpulos. Y además, con nuestro dinero. Pues, mire usted, no. Podría ser hasta que consigan imponer su idea, pero no fastidien con el rollo de la cooperación que esto que se plantea, el mensaje del indio y la ideología que subyace, es harina de otro costal.
Cooperación sería aportar esos fondos, u otros, para que alguna o varias aldeas de Ecuador tengan agua potable, construir escuelas en Perú, aportar becas para el intercambio universitario con Colombia, erigir orfanatos en Bolivia, comedores, bueno,… no hace falta mucha imaginación para reivindicar acciones caritativas que podríamos considerar como aceptables, y hasta necesarias en una relación de amistad y ayuda.
Lo demás son excusas inventadas o tramadas por mentes calenturientas que pretender dilapidar el dinero de los vecinos y cooperativistas de El Bercial, en su beneficio u orgullo, para la adquisición, transporte y colocación de un estúpido monumento a la guerra y al falso mito del buen indígena.
El barrio de la Alianza
A la vista de la foto que reproducimos aquí y que publicó en su día [a color] el periódico Getafe Capital se nos ha ocurrido una idea que nos parece magnífica; perdonen ustedes la falta de modestia.
Martín Sánchez, el presidende del Centro Unesco Getafe, es además miembro de la Junta de Compensación de El Rosón, un nuevo desarrollo urbanístico delimitado en la zona centro del municipio y que prevé la construcción de 2.400 viviendas de renta libre. ¡Vaya pelotazo! Además, el mismo Martín solicitó a la corporación municipal la monetarización del diez por ciento que los promotores o propietarios deben ceder en cada nuevo gran desarrollo; a los pocos días, dias, de pagar al ayuntamiento  esos derechos edificatorios que le correspondían,  los vendieron a Mafre Corporación al doble de lo pagado al municipio; asunto, este del diez por ciento, por el que la justicia dictaminó en primera instancia que el Ayuntamiento se había saltado la Ley. Joder. No se debería incitar a un Ayuntamiento como el de Getafe a saltarse la ley. No está bonito el asunto, como dicen por allí, allén de los los mares.
En esa Junta de Compensación, y de ese acuerdo de monetarización, participa y se beneficia el otro gran interesado en la erección de la estatua al indio, el que fuera concejal de Alianza Popular y condiscípulo nuestro, Gabriel Navarrete, miembro también del Centro Unesco de Getafe y de la propia fundación Guayasamín, empresario en España y en Cuba y según él mismo, sólo amante del arte, en ningún caso marchante.. El Rosón, además, está controlado por el ex concejal  de urbanismo, Jesús Neira y otros constructores y promotores filosocialistas.
En el Centro Unesco de Getafe también participa el ex concejal Sebastián Carro, antes de derechas y ahora en “tierra de nadie”, “animal político político por excelencia”, medio hermano en esto de la política de Pedro Castro, no sabemos si a favor de la escultura del indio o no. Otro personaje que aparece igualmente es el que fuera Consejero de Gobernación (interior) del gobierno regional cuando Joaquín Leguina regía los destinos de la Comunidad de Madrid; se trata de Virgilio Cano, responsable de la comisión de integración y cooperación del Centro Unesco Getafe (presunto ideólogo de la estatua del indio junto con su compañero Navarrete), diputado regional durante tres legislaturas, vicepresidente de Telemadrid y  consejero de interior, y ahora marchante de arte (o que vive de su amor por el arte, si se prefiere).
El Centro ese de la Unesco en Getafe es un “merecumbé” tropical que da risa, un intento de lobby empresarial y cultural como el que siempre soñó Pedro Castro, aunque algo devaluado a pesar del presunto respaldo de la Unesco. Lástima. Eso si miramos sólo a sus miembros y directivos, que si nos fijamos en sus patrocinadores, apaga la luz y vámonos. Recréense ustedes mismos. Alsan Asesores, Sierra de Béjar (el mismo de antes), Fogesa, Julio Touza (arquitecto de Alsan y de Fogesa, ligado a Martín Sánchez en algunas antiguas y olvidadas sociedades), el Getafe Club de Fútbol, ta-tará, tarará, ta, ta, ra…. (Angel Torres también está relacionado con El Rosón por algunas operaciones de urbanismo lucrativo). Casi parece la sucursal, la embajada cultural de la Junta de Compensación de El Rosón. Sólo falta García (y Neira, claro). Ejemplo interesante, por no decir único, de patrocinio, solidaridad y ensalada de lechuga, oiga. Sin postre. Café y copa de ron. Y habanos para todo el mundo.
Pero bueno, a lo que íbamos, hemos tenido la ocurrencia, dado el interés de todas esas bellísimas personas en erigir un monumento a Ruminagüi, que sea la propia Junta de Compensación de El Rosón, apoyada técnica y culturalmente por el Centro Unesco, la que proponga y justifique al Ayuntamiento un nuevo proyecto para su ejecución en el mismo barrio en el que tienen intereses y que actualmente se está urbanizando.
En el capítulo primero se esbozará la idea y se propondrá el cambio de nombre. Proponen los promotores del nuevo barrio (¡Qué feo es eso de El Rosón!) que de ahora en adelante se denomine “Barrio de la Alianza de las Civilizaciones”. Luego, en el resto de los capítulos se deberá hacer una propuesta con el nombre de las calles para que Jerez y Morajudo la somentan a su ingenio y capacidad; los nombres de las calles deberán estar relacionados con la propuesta universal del presidente del gobierno español. Hay algunos nombres que no pueden faltar, incluida la Avenida de ZP, faro y guía espiritual de la idea, la Calle de Mahoma (o de algún califa español como Abderramán III, o si hay que poner un guerrero que luchase contra los godos, pues elijamos al gran Almanzor), la Calle de Rumiñagüi o Rumi Ñawi, como prefieran, Avenida de Tenochtitlan, Calle de Jerjes y Calle de Tutankamón (en representación de las civilizaciones antiguas), el Pasadizo del Emperador Wu (cada día hay más chinos), la Glorieta de Vlad IV el Empalador, el famoso conde rumano, etcétera, etcétera,…El proyecto se contempla con una gran muestra de esculturas de esas civilizaciones que llenarán las rotondas y los cruces de las calles. Ahí si tienen trabajo Navarrete y Cano.
Una vez entregadas las viviendas, y con el proyecto cooperante y artístico ejecutado, lo correcto y deseable, sería organizar una cumbre extraordinaria de la Alianza de las Civilizaciones. Para ello se cursarán invitaciones, que seguro no podrán rechazar, dado el evento, a Fernando Correa, Evo Morales, Hugo Chávez, Mahmud Ahmadinayed, y a todos los que gusten del “invento”. Está claro, inauguran la cumbre José Luis Rodríguez Zapatero y Barack Hussein Obama.
Lo mejor de la idea propuesta es que el dinero lo pondrán los miembros de la Junta de Compensación de El Rosón o, si en realidad no quieren poner ni un duro, que es lo que pensamos, para esa idea suya de la cooperación y no-sé-qué entre los pueblos, pues también tenemos la solución: súbase el precio de los pisos en la modesta cantidad de 1.00o euros. Total 2.400.000 euros para el proyecto. Así, cuando la gente se compre un piso en ese barrio sabrá que colabora con el Centro Unesco de Getafe en pro de la solidaridad y tal y todo eso…. Al fin y al cabo, qué importancia tiene si los pisos que promoverán en ese barrio cuestan 480.000 euros o 481.000 euros. Miren desde 367.000 euros, más el 8 % IVA, más el 0,3% para Cooperación.
Y además, seguro que le gusta al alcalde.

(Sólo resta solicitar que se eliminen los nombres de las calles que en nombre de la memoria histórica puedan molestar a los indígenas o a los nativos de otros países asentados en Getafe. Así pues, se deben eliminar los nombres  de  calles como Pizarro, Núñez de Balboa o Hernán Cortes)

El imperialismo inca
Los incas fueron un pueblo guerrero con una reducida clase o casta noble organizada en “panacas” o linajes, de clara vocación imperialista. Un estado organizado por miles de funcionarios, que se expandió por vastos territorios de américa del sur sometiendo a más de quinientas tribus de la región, incluido el actual territorio que ocupa Ecuador, cada una de ellas con su lengua, su religión y su cultura particular e imponiendo su lengua, el quechúa, y su religión. La capital del imperio Inca era Cuzco (“el ombligo del mundo”). El emperador, al que se denominaba “Sapa” Inca (el único), ostentaba el poder absoluto de una monarquía teocrática en la que tenía asignado el papel de hijo del dios Sol (Viracocha o Inti). Los Incas no dudaron en reprimir con extrema dureza la rebelión de las tribus sometidas y esclavizadas, aplicando, incluso, la deportación masiva de comunidades rebeldes hasta otras zonas del imperio.
El abuelo de Rumiñagüi, según el mito más asentado, el Inca Tupac Yupanqui, murió envenenado por una de sus mujeres y madre de uno de los aspirantes a la sucesión. El pueblo inca era monógamo; sin embargo, el emperador y la nobleza eran polígamos. La sucesión era un proceso complicado. El orden se decidía por el origen de la madre. Primero estaba el hijo de la esposa principal y hermana; luego venían los hijos de las princesas concubinas y por último los hijos del inca con otras nobles del imperio. La muerte de Yupanqui provocó una cruenta guerra civil. La autora del crimen, hermana y esposa, y su hijo el pretendiente fueron ejecutados. Propuesto Huayna como Inca, y siendo menor de edad, se le asigno un regente. El regente y su hijo también fueron ejecutados por intentar quedarse con el trono. Finalmente Huayna Cápac consiguió que el sumo sacerdote le impusiera en 1493 la “mascaypacha”, la corona imperial de los Incas: una borla de fina lana roja con incrustaciones de hilo de oro, adornada con plumas de “corequenque” (ave rapaz) y trencitas.
Huayna Cápac, el primer Sapa Inca nacido fuera de Cuzco (en Tumibamba, actual Cuenca, Ecuador), y último en la relación de los emperadores incas que ciñeron la “mascaypacha” extendió el imperio inca hasta el borde mismo de la selva del Amazonas , llegó hasta la actual Colombia por el norte y a Chile por el sur, anexionando a su paso zonas de Bolivia y Argentina y peleando con numerosas tribus como los chachapoyas” (cara pintadas), los bracamoros” (hombres de la neblina) o los paltas”.  En sus últimos días, dice la leyenda que tuvo una visión en la que aparecían hombres blancos, aunque parece más verídico que tuviera informes de sus espías sobre los extranjeros que exploraban la costa en barcos. El tal Huayna Cápac representa la cúspide del poder inca. Moriría sin dejar un sucesor claro y con un chorro de hijos de esposas, princesas, nobles y de las elegidas para el monarca entre las hijas del pueblo que destacaban. El serrallo del Inca estaba cuajado de belleza.
El hijo de la segunda esposa de Huayna, Huáscar Inca se declaró Sapa Inca con el apoyo de los “orejones”, la nobleza cuzqueña. Sin embargo, su medio hermano Atahualpa o Atawualpa (el gallo), aprovechóla rebelión y muerte (ejecución) de otro de sus hermanos contra Huáscar para levantarse en armas contra el Inca con el apoyo del ejército y de la nobleza de Quito. Y mientras los indios andaban a porrazo limpio en una guerra civil fratricida, llegaron los españoles. Tras la victoria del ejército de Atawualpa sobre los efectivos de Huáscar en 1532, este se dirige desde Quito hasta Cajamarca  (tierra de espinos, por los cactus de la región) para “conocer” a los barbudos y ser coronado con la “mascaypacha”.
“Los vencedores ingresaron al Cusco y dieron horrible muerte los partidarios y familiares de Huascar, incluyendo mujeres embarazadas y niños que fueron colgados desnudos y desviscerados en su presencia. Huáscar fue humillado, torturado y llevado semidesnudo rumbo a Cajamarca, ciudad a la que no llegó pues fue degollado”, según el historiador peruano Arturo Gómez.
Ya en Cajamarca el Inca fue engañado por Pizarro, que en un ataque sorpresa lo captura y lo hace prisionero. Atawualpa ofreció el precio de su propio rescate. Dos habitaciones de plata y una de oro hasta la altura de su mano levantada. Tras mandar recaudar por todo el imperio la cantidad pactada y cumplir su parte fue ejecutado acusado de idolatría, incesto y poligamia. A su muerte, en el verano de 1533, es otro de sus hermanastros, el tal Rumiñahui (cara de piedra), hijo de Huayna Cápac y de la princesa Nary Ati de Píllaro, de nombre real Pillahuaso, el que asume los poderes dictatoriales y el mando del imperio. Los cronistas españoles le llamaron Orominavi, en una clara corrupción fonética de su apodo.
Tras diversas peripecias y batallitas con uno de los capitanes de Pizarro, Sebastián de Benalcázar, el indio aplicó la táctica de “tierra quemada” y, efectivamente, prendió fuego a Quito por los cuatro costados (parece verídico), reunió el tesoro de Atawualpa y se lo llevó, mató a las sacerdotisas o vírgenes del Sol (en prevención de que fueran violadas por los españoles), mató a los hijos adultos de su hermanastro Atahualpa (para eliminar la competencia, hecho que niegan los historiadores pro indios), pasó a cuchillo a tres mil o cuatro mil indios de tribus como los “Pillajes”, “Zambizas o Collaguazas” por el presunto delito de preferir la alternativa española a la esclavitud del inca, quemó sus poblados y asoló el imperio.
Rumiñagüi perdió la guerra en la batalla de Tiocajas que lo enfrentó con Sebastián de Benalcázar. El inca estaba al frente de 14.000 indios contra los 450 soldados españoles que aseguran las fuentes históricas ¿Sería posible? Pues seguro que no a pesar de los arcabuces y los «temibles» caballos. Los españoles, a pesar de lo malos, malísimos que eran (que lo eran, así es la guerra) contaban con numerosas tribus aliadas.

Cañaris”, “Chachapoyas”,Huancas”, Puruháes y otros “Incas Curacas” se sintieron aliviados con la muerte de Atahualpa, al que algunos historiadores y aficionados, por otra parte, consideran un traidor y no le conceden la categoría de Inca pues no pudo finalmente coronarse la borla de lana roja. Incluso muchos incas, partidarios de Huáscar, como Manco Inca Yupanqui (también hermanastro de Atahualpa y de Rumiñawi), se unieron a los españoles para combatir a Cara de Piedra.

Cuando «casi» iba ganando Rumiñawi, tras tres días de feroz batalla, la erupción del volcán Tungurahua (Cotopaxi) en julio de 1534 y la supertición de los indios provocó su desbandada con la certeza de un mal augurio. Finalmente se cumplió la fatalidad y los españoles cogieron a Rumiñagüi al que ahora representan tirándose por un precipicio para no ser capturado, «como abrazando a la patria» (¿quién ha dicho esa tontería?). Lo cierto es que, tras bajar al precipicio, que no debía ser demasiado profundo, por lo rápido que llegaron los españoles, lo encontraron colgado de unos espesos matorrales y lo apresaron. El indio fue conducido hasta la presencia de Benalcázar en Quito, donde fue torturado para sonsacarle la ubicación del oro. Cierto es que el indio era cabezón y no quiso revelar la ubicación del tesoro. El español le mandó ejecutar de una manera cruel asándolo en una parrilla a fuego lento (Era bruto el tal Benalcázar, coño). Así que aún hoy, andan los arqueólogos buscando entre pico y pico de la cordillera andina a ver si, con un poco de suerte, dan con el pelotazo de su vida: el tesoro del inca «Cara de Piedra»