En el año ya vencido, el aún humeante 2012, se cumplían 100 años de la llegada a Getafe de un personaje singular. Un artista polifacético que se implicó en la vida de Getafe durante más de quince años hasta el punto de ejercer de concejal, impulsar una fábrica de juguetes y editar un periódico comarcal.  Filiberto Montagud es uno de los protagonistas más importantes del libro Crónica de un viaje al ayer que vió la luz a mediados de ese año en el que además se celebraba el centenario de la muerte de otro gran vecino de este municipio: Silverio Lanza. A la vista de las numerosas búsquedas del artista barcelonés afincado en Getafe,  reproducimos el capítulo del libro en tres entradas.

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A finales del siglo XIX, Getafe era un pueblo de labradores a dos leguas de la Puerta del Sol y a cien mil de la verdadera civilización, que se comunicaba con la Villa y Corte, a pie o en diligencia, por la Puerta de Toledo. Esa frase de Luis Bello, hablando del lugar del lugar de residencia de Ricardo de la Vega, desde que se casó con la getafeña Rosario Herreros en 1868, definía de manera certera este enclave privilegiado. La cercanía de la vida rural, tosca y apacible, a la vida en la Villa y Corte, la fama que le otorgó el Diccionario de Pascual Madoz como lugar de aires sanos y los matrimonios por amor, o por interés, eran posiblemente las razones para que una serie de personajes, escritores, dibujantes o militares varasen sus vidas en esta llanura manchega.

En las últimas décadas del siglo diecinueve y la primera del siglo XX habían recalado y desaparecido de Getafe, casi olvidados, los ilustradores Vicente Urrabieta y su hijo Daniel [Urrabieta] Vierge, así como el militar y poeta Ignacio Negrín Núñez, muerto en 1885. En 1908 fallecía el famoso General Palacio; el 22 de junio de 1910 cesaron los últimos anhelos del sainetero, académico, poeta y funcionario Ricardo de la Vega Oreiro.

Las pérdidas, hablando en términos de personalidades culturales, eran grandes. Los cargos del ayuntamiento, alcaldes y concejales, el secretario, la nueva élite labriega del pueblo, caciquillos, terratenientes y destripaterrones, los figurones de La Piña, los abogadillos de secano, los funcionarios de medio pelo o la funeraria del pueblo estaban ocupados por los apellidos seculares del municipio. Por todos lados aparecía un Benavente, un Cifuentes, un Valtierra, un de Francisco, un Serrano, un Butragueño o un Cervera; y a veces varios. El elenco de personalidades representativas se completaba con el juez, el registrador de la propiedad y los jefes militares de los diversos destacamentos, generalmente de paso.

En 1912 llega a Getafe un personaje singular, un artista inquieto, feraz, hiperactivo, atraído por todos los brillos y refulgencias que aparecían en el arte del siglo recién iniciado y que recogerá –como si hubiéramos metido sus distintas esencias en un frasco, o, mejor dicho, en un estuche– las herencias de Daniel Vierge, Silverio Lanza y Ricardo de la Vega. Mucho para un solo tarro. Se trata de Filiberto Montagud Díaz. Un hombre polifacético, actor, humorista de empuje demoledor, amante –como no podía ser de otra manera– del sainete y del género chico, la opereta española, del periodismo combativo, del dibujo como sátira social, de la caricatura; receptivo a lo nuevo, al cine, a las tendencias más innovadoras de la escultura, de los muñecos de madera y, al igual que el autor de La Verbena de la Paloma, amante del perfume y de la hermosura de las mujeres. Ricardo y Filiberto colaboraron, en distintas épocas, entre 1880 y 1911, del periódico satírico Madrid Cómico.

Filiberto Montagud nació en Barcelona en 1877. Era hijo de un abogado. De niño asistió a unas clases particulares de dibujo que impartía un «excelente profesor» particular a los hijos de un familiar del pintor Casado de Alisal. Pronto descubrió su vocación. Con dieciséis años se instaló con otros tres jóvenes en un pequeño palomar de la calle Vila de Cols habilitado como estudio. De allí salieron las primeras ilustraciones de Montagud para los semanarios catalanes La Esquella y El Gato Negro, fundado por Carlos Osorio. Antes de salir de la ciudad condal lanzó su primera gacetilla humorística de la que solo tenemos referencias por el propio Filiberto.

Con dieciocho años se trasladó definitivamente a Madrid en busca del éxito. Mientras asistía a clases de dibujo en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando empezó a buscar acomodo a sus ilustraciones y caricaturas. Una noche, –rondando los talleres de «Nuevo Mundo»–, acertó a enseñar sus trabajos en la calle [Santa Engracia] a José de Perojo, director de la publicación. Al día siguiente estaba citado en la redacción; allí aprendería y cogería el gusto por el arte de la «confección periodística».

En 1900 viajó a París para ver la Exposición de Pintura y Escultura, evento que le causaría una honda impresión y que marcaría su vida artística. El influjo de las vanguardias francesas y europeas se hará notar durante los siguientes años en su obra y en iniciativas como el Salón de Humoristas.

Al llegar fijó su domicilio en el Paseo de las Delicias; luego, tras casarse con Dña. Luisa Pérez, se trasladó a la calle Lista. En 1912, cuando su hija Luisita tenía apenas unos meses, tuvo lugar una epidemia de gripe o de tifus en la capital que le apremió a trasladar a su familia a un lugar más sano; el destino final lo decidió gracias a la recomendación de su amigo Juan Bergua, un librero madrileño que poseía una «casa de campo» en Getafe, ese pueblecito situado a dos leguas de la Puerta del Sol. Filiberto se trasladó a una villa, adosada a la de su amigo, cerca del cuartel de Artillería, al final de la calle Madrid.

Juan Bautista Bergua, hijo de Juan Bergua, también librero, filólogo, crítico y traductor nacido en 1892 sería el fundador, a la muerte de su padre en 1927, de Ediciones Bergua, embrión de Editorial Ibérica. Juan Bautista Bergua, otro personaje singular e importante, sería detenido en su casa de Getafe en noviembre de 1936 cuando las tropas de Teniente Coronel Tella tomaron la ciudad. Tiradas enteras de algunos de los libros publicados por Bergua y que se almacenaban en Getafe fueron destruidos en la hoguera organizada al efecto. Y se libró de ser fusilado gracias a que su hija envió un telegrama urgente al General Mola, viejo conocido de Bergua, que lo rescató de los falangistas de Getafe y, posteriormente, liberó; tuvo que sufrir, sin embargo, exilio hasta 1960.

Pero volvamos a nuestra historia. Filiberto Montagud destacó pronto, recién iniciado el siglo XX, en el mundillo artístico. Alternaba la colaboración gráfica en revistas de humor con la escultura seria. Comentaba la actualidad y criticaba aspectos grotescos de políticos, artistas y escritores.

Tenía fama de simultanear las artes gráficas con los escenarios madrileños encarnando a galanes de comedia o drama, actividad que, fuera o no cierta, abandonó pronto y que sólo retomaría de manera «experimental», como actor secundario y decorador, en un par de películas de los años 30. La leyenda sobre sus apariciones como actor tiene su origen en la noticia publicada por la prensa madrileña el día 10 de mayo de 1903 bajo el título «Un actor improvisado» sobre un incidente que se producía la noche anterior en el Teatro Lara donde se representaba la obra La Matadora. El director escénico, advertido al momento de empezar la función de la ausencia por enfermedad del actor, Sr. Cantalapiedra, que tiene en la obra un papel de relativa importancia, intentó buscar una solución; en ello se ofreció a realizar la suplencia el dibujante Sr. Montagud que se encontraba allí. En cinco minutos se aprendió el papel y dijo: «Pueden ustedes empezar cuando gusten». Parece, según relata el cronista, que «el público no echó en falta al actor titular y que Montagud decía el papel a las mil maravillas». El periodista acaba la nota haciendo una pregunta sobre el futuro de Filiberto, como quien le observa disposición para más de un oficio y un arte: ¿persistirá en «la carrera del lápiz», o emprenderá la de la escena? ¡Quién sabía en aquel momento el camino que tomaría su vida!

Algunos periódicos de la época dan cuenta de las iniciativas de este joven artista. En 1902, por ejemplo, realizó la portada de la Guía de Coronación, suplemento que repartió la mayor parte de la prensa de provincias, con motivo de la entronización de Alfonso XIII.

Realizó una serie de caricaturas de personajes famosos como Eistein, Bécquer, Tolstoi y Benlliure, entre otros, que actualmente se encuentran repartidas entre el Museo Nacional de Cerámica y Artes Suntuarias González Martí, en Valencia y el magnífico patrimonio familiar de los herederos de Filiberto Montagud, en Getafe.

En 1903 fundó la revista «Ja… Ja…», título que daba una nota de guasa a los vendedores que pregonaban su producto en la Puerta del Sol. La publicación era propiedad de un numeroso grupo de humoristas y caricaturistas; las acciones se repartieron como si fueran una cooperativa de dibujantes. Entre los partícipes estaban los mejores humoristas gráficos del momento: Fresno, Xaudaró, Karikato, Sileno, Marco, Zuñiguita [hijo de Juan Pérez Zúñiga], Francisco Verdugo [que después sería director de Prensa Gráfica], Tovar, Man, Tito, Folchi, Cornet y otros. La revista fracasó rápidamente; los propietarios dibujaban pero no administraban.

En enero de 1907 veía la calle, tras pasar por la imprenta, la revista mensual Por el Arte. Sus directores eran Filiberto Montagud y José María Alcoverro, hijo del escultor catalán afincado en Madrid José Alcoverro Amorós. La publicación presumía, de manera irónica, de tener su redacción a caballo entre Londres y Madrid. La revista se ocupaba, además de las exposiciones y actividades de pintores y escultores, de realizar una crítica amarga sobre la política artística y la cultura española; «el Arte, en un país como el nuestro donde somos tan espléndidos gratificando a los empleados públicos, si existe, no se debe a la protección que se le presta».

La revista se hacía eco también de los rifirrafes, y presunta corruptelas, entre las distintas comisiones encargadas de erigir monumentos por suscripciones nacionales y los artistas; relacionaba los concursos, resumías las noticias oficiales y facilitaba, incluso, una relación de modelos con su nombre, dirección y especialidad, hombres, mujeres o niños, viejos o jóvenes, desnudos y tipos populares [como el paleto], así como una breve guía inmobiliaria de «estudios por alquilar». Un estudio en la calle Huertas costaba 85 pesetas al mes; la revista, cincuenta céntimos y publicaba anuncios «a precios convencionales». El proyecto finalizó en abril de 1908, tras sacar dieciséis números.

Como no tenía bastante con dirigir esa revista, colaborar con otras, actuar, dibujar y esculpir, Montagud intentó poner en marcha [sin conseguirlo] una asociación de dibujantes en España. Esa idea, con otros protagonistas, solo sería una realidad en 1920. La revista Por el Arte, y su amistad con la mayor parte de los humoristas nacionales, sirvió a Montagud como plataforma para organizar en los salones de la Casa Iturrioz (calle Fuencarral) la Primera Exposición de Caricaturas que se celebró en Madrid.

En ella participaron dibujantes catalanes y madrileños. En 1908 y 1909 volvió celebrarse de manera similar, bajo el título de Salón de Humoristas; parecía que el evento se consolidaría aunque en 1910 dejó de celebrarse. En octubre de ese año, Silvio Lago, pseudónimo del novelista, dramaturgo y crítico de arte José Francés (1883-1964) y Filiberto Montagud publicaron un artículo al alimón, el primero como autor del texto y el segundo como responsable de los comentarios gráficos, sobre la Exposición Nacional de Pintura, Escultura y Arquitectura que se celebró en Madrid ese año. La amistad entre ambos y la experiencia de Filiberto resultaron decisiva en el futuro de las exposiciones de dibujantes y caricaturistas. La idea fue retomada en 1914 por José Francés que, además, ejerció de caja de resonancia de las novedades del panorama artístico con la crítica y los anuarios que publicó cada año, desde 1915 hasta 1927, bajo el título «Panorama artístico de España en…».

Libretista y sainetero

Lástima que tal estuche se llame Filiberto, empezaba la reseña del semanario Madrid Cómico –casi una nota publicitaria– de la obra teatral «Los celos de Amparo». El encargado de la página de información teatral se refería, entre la burla y la metáfora, al autor del sainete que se estrenó con extraordinario éxito la noche del 9 de junio de 1911; era, además de compañero de redacción, amigo de Filiberto Montagud. En ese número publicado el 17 de junio decía de él que era «un hombre que dibuja, esculpe (¡cuidado con la errata!) y escribe: y todo lo hace bien». El redactor de la publicación aseguraba que el precioso sainete, definido en el libreto publicado para la ocasión como juguete cómico en un acto y en prosa, «lo escribió Montagud sin pretensiones y podría ser firmado, sin desdoro de ningún género, por cualquiera de nuestros más empingorotados saineteros». Hacía casi un año que había muerto en Getafe, y así no pudo enfadarse, Ricardo de la Vega, rey indiscutible del sainete popular madrileño y de lo que más tarde se llamó «género chico», una especie de zarzuelitas u operetas a la española. Filiberto Montagud desconocía aún que al año siguiente trasladaría su residencia y su estudio a Getafe.

Un sainete –continuaba el plumilla del Madrid Cómico– «bien observado, bien planteado y bien escrito, con situaciones y chistes de buena fe, sin una sola procacidad de esas que se usan hoy en el teatro y que hacen palidecer a una guindilla». La obra estaba firmada, además de por Filiberto Montagud, por Luis de Diego, actor de la compañía Lara que lo representaba en el Teatro Coliseo Imperial de Madrid. Además del libreto de «Los celos de Amparo», Filiberto Montagud había escrito «¡Jesús, que malas lenguas!», un sainete lírico estrenado en 1909 con música de los maestros Quislant y Carbonell y «¡Allí hace falta una mujer! o ¡lo que hacen 10.000 piastras kurdas!», zarzuela con música del maestro Aroca.

Filiberto Montagud, su mujer, Luisa Pérez, y su hija Luisita en el patio de su casa de Getafe

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CONTINUARÁ