30 DE NOVIEMBRE DE 1936.—  Juan Bautista Bergua Olavarrieta se había librado de una muerte segura tras la toma de Getafe por el Ejército de África comandado por el general Varela. El día 5 de noviembre fue detenido por la Columna de Orden y Policía de Ocupación en su casa de Getafe. Un telegrama de su hija Mercedes al general Emilio Mola avisando de la detención del editor le salvó la vida. Al día siguiente un coche enviado por el jefe del Ejército del Norte le rescató de la prisión de Getafe y le trasladó, a resguardo de los crímenes que tenían lugar como represalias, hasta la prisión de Ávila.  Al instante de ingresar en el recinto penitenciario sintió la necesidad de leer y escribir. Bergua, que no era un preso político, sino un amigo del militar sublevado, un protegido, fue satisfecho en su afán. 

El último día del mes de noviembre, hablaron por teléfono.  Mola quería que escribiese un libro y para ello le concedería todo tipo de facilidades. Era insólita y extraña esa relación entre el general golpista y el editor rojo. Había noticias sobre la represión que sufrían en Madrid todos aquellos que no tuvieran el carné de una de las organizaciones del Frente Popular. La cercanía del ejército sublevado había llevado a tomar decisiones drásticas y criminales con los más de 8.000 presos políticos que había en las cárceles de la capital de la República. Se sabía que el escritor Pedro Muñoz Seca había sido fusilado dos días antes en Paracuellos del Jarama. Bergua se siente seguro al amparo de Mola, solventada por los pelos la persecución y la amenaza de muerte de unos y de otros, aunque echa de menos a su familia y a sus amigos. Mientras lee y busca documentación para su libro Nueva Aurora, que publicará con el seudónimo de Juan España, recuerda la polémica con Muñoz Seca.  

No fue una noche. Fue una tarde de primavera en el Café Molinero. Una tarde de 1925, en efecto, cuando Leopoldo Bejarano se plantó en aquel merendáculo con Juan Bautista Bergua para presentarle al encumbrado Pedro Muñoz Seca. El Café Molinero fue inaugurado en 1917 en el primer edificio de la Gran Vía, con esquina a Caballero de Gracia. A los pocos meses, su dueño, José Sicilia Molinero amplió el café abriendo en el primer piso un elegante salón de té y restaurante. El recinto se convertía a media tarde, acabado el turno del almuerzo y antes de las cenas, en uno de los lugares donde dejarse ver, solo por darse un garbeo por sus salones, observar y ser observado, merendar o cruzarse con la fortuna de algún papel inesperado en la próxima zarzuela; decenas de personajes, ellos amparados en sus afilados y sobresalientes bigotes, se disfrazaban con traje, corbatín, bastón y el sombrero fedora o el coucoland y, ellas, con su corte de pelo a lo garçon, tocado de plumas y sutiles, ligeros vestidos de colores pasteles con el pliegue de la cintura caído hasta la cadera, la mayoría con la pretensión de tener un escarceo amoroso, alcanzar alguna ventaja social o promocionarse y escalar en el Olimpo de los artistas; escritores, poetas, periodistas, dramaturgos, actores y otros personajes de la bohemia habían convertido el Molinero en un punto neurálgico de reunión de algunos círculos de la élite intelectual más conservadora de la sociedad madrileña.  

Bejarano, que contaba 46 años, era un aventurero, un tipo duro, que vio en el ejército su vocación más temprana. Con 19 años había participado en la guerra de Cuba. Endurecido por el ambiente cuartelario, tenía fama de no morderse la lengua, de ser aficionado a los duelos, de temerario y pendenciero. En 1908, con 29 años y ostentando el grado de capitán de infantería, fue expulsado del ejército a consecuencia, posiblemente, de un decimonónico duelo que solo ganó en el campo del honor. Después de un tiempo procurando hacerse un hueco en la política, se entregó al mundo de las letras como escritor y periodista. Su primer empleo como redactor en El Liberal le llevó a la guerra del Rif como reportero de guerra, de la cual sacó notas e ideas para su novela Episodios de la guerra de África contados por mi caballo (El libro popular. 1913). Bejarano acabó encargándose de la crítica de espectáculos, sobre todo teatro y zarzuela. Con los años, se había dulcificado el carácter del periodista, aunque cuando la emprendía con algún farsante había que echarse a temblar. Poco a poco se había zambullido en los círculos culturales más elitistas de la capital. Entre sus amigos cabe destacar, además de Juan Bautista Bergua con el que escribirá una zarzuela, a José Bergamín y a los hermanos Álvarez Quintero

Juan Bautista Bergua, recién cumplidos los 33 años, tenía pretensiones de vivir de la pluma mientras atendía con su hermano José la Librería Viuda de Bergua, un negocio dedicado a la compraventa de libros de ocasión que languidecía desde la muerte de su padre en 1914.  Bergua se esforzaba en labrarse un futuro como escritor. Mientras publicaba sus primeras novelas, se presentaba a todos los concursos que podía, llevándose algunos galardones. No se olvidó del teatro.

Según Bejarano, «Bergua tenía escritas varias comedias —nada astranescas por cierto—, y ansiaba la opinión de un ‘hombre de teatro’ sobre aquellos ensayos de un género, nuevo para él, y en el que la literatura, —adviértase que lo escribo con minúscula para no sacar de aquí las cosas— suele estar de más…»  

A principios de 1925 acabó Fiereza. Leopoldo Bejarano leyó el drama y, tras felicitarle, le propuso dar el paso hacia los escenarios y buscar un buen espaldarazo y qué mejor mano para ese empujón que Pedro Muñoz Seca.

«Sobre Literatura mi amigo Bergua no precisaba asesores: repito que es un novelista y cuentista tres o cuatro veces más laureado en concursos de mucha responsabilidad y concurrencia. Así pues, aquella tarde quedaron en manos del Sr. Muñoz Seca, no una: dos o tres comedias de mi amigo Bergua».

» Y, pocos días después en el merendáculo literario de Molinero, el Sr. Muñoz Seca, que había leído en su casa, a solas y supongo que con todo reposo e independencia, aquellos manuscritos, ahumó al novel e inédito comediógrafo con los inciensos más desvanecedores. A juicio del Sr. Muñoz Seca, todo estaba muy bien, todo era eminentemente teatral, todo resultaba muy bello… Sobre todo, cierto final acto de un recio drama —titulado Fiereza—, en el que la ‘situación’ se podía considerar un hallazgo…».

» Como mi amigo no usa nada encima del cráneo no pudo descubrirse ante el apóstol. Con lo que lleva dentro se dio a pensar que Muñoz Seca era un hombre amable, sencillo, todo bondad y todo simpatía. ¡Qué felices nos consideramos con el espaldarazo de un hombre de teatro de tal talla!».

» Si hubiera celebrado solo el diálogo, nada más que el diálogo de aquellas obras, yo no me hubiera convencido de que Bergua, además de cuentista y novelista, pudiera ser autor dramático. Diálogo lo suele hacer cualquiera. El quid está en imaginar situaciones nuevas, en darles plasticidad teatral, en aportar originalidad a los momentos dramáticos… ¡Eso sí que es difícil! El diálogo no es ningún arcano, ninguna cima inaccesible para el que tiene cuentos y novelas premiadas. Situaciones teatrales, eso sí; haber dado con una situación teatral, merecía la compra de buen vino que bebimos luego en casa del trémulo y esperanzado neófito.

El día 22 de diciembre de 1925, Muñoz Seca estrenó El Sonambulo. Era la novena obra que ese año redondo ponía a disposición del público. Raro era el año que no colocaba ocho o nueve obras en la cartelera; bueno sí, en 1921 estrenó solo siete. Sin embargo, a pesar de ser calificado como el ‘fénix de los ingenios del siglo XX’, la feraz producción teatral de Muñoz Seca no era atribuible solo a su ingenio. De hecho, contaba con la ayuda, si no de un negro literario, de un estrecho colaborador; se trataba de Pedro Pérez Fernández, un dramaturgo que figuraba como coautor en 50 de las aproximadamente 140 astracanadas que Muñoz Seca había firmado hasta esas navidades; y, al revés, la dependencia de Pedro Pérez era aún mayor: de las 100 obras que firmó antes de 1936, el 85 por ciento habían sido colaboraciones con Muñoz Seca. Y, aunque el prolífico autor contó con otros colaboradores como Enrique García Álvarez, el rey del retruécano y del chiste explosivo, la crítica y el público emparejó a Muñoz Seca y a Pérez Fernández como Los Pericos.  El crítico Enrique Díez Canedo se refirió al matrimonio escénico de ambos dramaturgos con ironía y retintín.   

Rara vez afronta solo la responsabilidad de una comedia el señor Pérez Fernández. Las más une su nombre al de Muñoz Seca, con quien ha llegado a confundirse hasta el punto de que muchos le tienen por el Ángel de luz y otros por Ángel de tinieblas del fecundo ingenio por quien llegó a tomar cierto auge el llamado «astracán». El misterio de las colaboraciones parece impenetrable. Los más juiciosos dicen que poco va de Pedro a Pedro

En la obra teatral de Pedro Muñoz Seca, plagada de humor, se mezclan la caricatura, la sátira y la parodia.  Muñoz Seca había consolidado su posición como rey de la escena gracias al nuevo género llamado astracán o astracanada, y que se caracterizaba por la búsqueda de la comicidad a todo trance, incluso a costa de la verosimilitud de las situaciones o la corrección del lenguaje.

El estreno de El sonámbulo suscitó la crítica tópica de una astracanada más. Rafael Marquina escribiría al día siguiente del estreno en el Heraldo de Madrid: «Chascarrillos y chistes de calendario: viejas ocurrencias y anécdotas valetudinarias; audacia en la invención; gracia positiva en algunas situaciones; payasadas de Orta, comicidad de buena ley de algunos actores (Sres. Gimbernart, Pedrote, Asquerino, Górriz, entre otros); belleza sugestiva de algunas actrices (señoritas Faure y Zapico, por ejemplo); arte escénico de algunas otras (señora mayor y señorita Pérez Indarte); verdaderos aluviones a casos, cosas y personas de la actualidad madrileña; cante flamenco; cante mejicano, guitarras, vino, sal gorda, ¡azúcar! y algo más que no recuerdo.

» Todo esto —agitado antes de usarlo—, y condimentado con pericia, han puesto los señores Pérez Fernández y Muñoz Seca en el tortón de Pascuas que anoche, con gran regocijo de la concurrencia, se partió en La Comedia y se repetirá, sin duda, durante muchas noches. Y aquí terminaría esta breve reseña si algo ocurrido en torno a El Sonámbulo no exigiera dedicarle unas líneas más».

Marquina hace referencia al artículo de «su querido y admirado» Leopoldo Bejarano que había visto la luz esa misma mañana en El Liberal; y copia algunas líneas en el Heraldo: «Lo que, desde luego, resulta pecaminoso, es que D. Pedro Muñoz Seca, autor de tan feliz y fecundo ingenio, se haya apropiado íntegramente y sin recato alguno de un truco teatral, una situación teatral que figura en la obra de un autor novel que D. Pedro tuvo en su poder en solicitud de su experimentada y caballerosa opinión. Yo quiero suponer que el Sr. Muñoz Seca, obsesionado por la teatralidad de aquel final de acto que el autor novel puso en su drama —se lo oímos celebrar con los más exaltados ditirambos al popular comediógrafo—, lo asimiló con la potencia de una sugestión involuntaria superior a su voluntad, al punto de utilizarlo inconscientemente como final del segundo acto de este juguete cómico. Y me invita a aferrarme a esto de la sugestión involuntaria el hecho de que Muñoz Seca utiliza este final ¡dos veces! en El Sonámbulo; en serio en el segundo acto y en caricatura en el tercero. Mi amigo don Juan Bautista Bergua, autor del drama Fiereza, que es la obra que tantas alabanzas mereció del Sr. Muñoz Seca, no podía obtener prueba más fehaciente de que, en efecto, el juicio que solicitaba de Muñoz Seca es en todo favorable a su feliz disposición para el teatro. El autor de Los Trucos le ha dado un espaldarazo… que le ha partido el eje».

» El público, que no había solicitado la presencia de Muñoz Seca en el primer acto, lo hizo con grandes aplausos al terminar el segundo. ¡Ánimo Bergua!».

Marquina asegura que ha «copiado las palabras de Bejarano sin darles más alcance de la que tienen, porque creo que a los propios autores de El Sonámbulo conviene, antes que, a nadie, aclarar las cosas. No prejuzgo ni creo nada. Pero conviene que todos sepamos a qué atenernos. Y en el caso del Sr. Bergua sería, si eso se confirmase, un caso de dignidad colectiva».

Cuatro años después de la controversia sobre el plagio de Muñoz Seca, en marzo de 1929, Leopoldo Bejarano se vio obligado a entrar de nuevo al trapo; La Libertad publicó una carta de Bejarano en respuesta a un artículo de González Ruano aparecido en el mismo diario intentando zanjar el asunto y dar respuesta a unas ‘intempestivas alusiones’ con unas ‘ligeras aclaraciones’. Todavía coleaba la porfía.

Bejarano: «Pocos meses después presenciaba yo el estreno de El Sonámbulo, en el teatro de la Comedia y vi, no sin asombro —he admirado y admiro todavía, la fecundidad y el ingenio del autor de La Raza Negra— que aquella ‘situación teatral’ estaba calcada, materialmente, en un remate de acto de la comedia que los estrenistas aplaudieron. Y lo dije en el periódico que entonces era mi periódico, con la nobleza, con la honradez que he cuidado de conservar en diecisiete años de ejercer —sin títulos, desde luego— la crítica. Lo dije, cierto de que el Sr. Muñoz Seca, al darse cuenta de la coincidencia fatal, se apresuraría a disculparla en beneficio suyo, en el mío como mediador amable entre él y el Sr. Bergua, y en el de este respetable escritor, al que se podrían irrogar perjuicios…».

» El Sr. Muñoz Seca no entiende de matices. Pudo decir que había sufrido una influencia independiente de su voluntad y perfectamente explicable —hasta como disculpa— en los hombres de muchas lecturas. Hay coincidencias fatales, que todos los que vivimos de la pluma estamos expuestos a padecer, y que, por lo mismo, y por lo humanas, son perfectamente disculpables para los que piensan y proceden de buena fe. Puedo decir esto, y yo lo hubiera aceptado —y Bergua también— sin emplearme en una polémica —polémica en monólogo— que duró varios días y que no me fue grata. Prefirió el Sr. Muñoz Seca amenazar al Sr. Bergua con no sé qué fieros males si no me rectificaba al punto. Le pareció más eficaz, para conseguir su propósito, decir al señor Bergua que jamás estrenaría en España sino me desmentía, y que allí estaba él para impedirlo. ¿Por qué ahora, el Sr. Muñoz Seca se atreve a decir que yo escribí aquellos artículos ‘instigado’ por mi amigo Bergua? Protesto hoy con igual firmeza que protestara entonces y sigo diciendo, como dije hace tres o cuatro años, que la ‘situación’ final de uno de los actos de El Sonámbulo estaba calcada de la ‘situación’ de Fiereza que tantos elogios mereciera al Sr. Muñoz Seca cuando la conoció, meses antes de estrenar en el teatro de la Comedia aquella temporada. Ahora dice que la escena de El Sonámbulo la hizo del Sr. Pérez Fernández —su colaborador y buen amigo mío—, que no conocía el original de Bergua. Yo recibí entonces en la redacción del periódico que me tenía como crítico al Sr. Pérez Fernández, acompañado de Casimirio Ortas, y me reconoció lo contrario».

» Lamento la exhumación de recuerdos que yo tenía voluntariamente olvidados, y lo lamento más al coincidir con unas acusaciones de plagio formulada contra el Sr. Muñoz Seca. No tengo propósito de enturbiar las cuestiones y me place guardar a todo el mundo los respetos que quiero que se me guarden a mí. Que estas líneas, pues, no sirvan para otra cosa que para contestar a unas alusiones intempestivas».  

Bejarano y Bergua recordarían durante años la polémica con Muñoz Seca. Rara era la vez, cuando coincidían en las comidas que organizaba Bergua en su casa de Getafe, sobre todo si se hablaba de teatro, que no se hiciera referencia al cabreo del rey de la astracanada. No era de risa.  Era rioja y buena compañía. 

 

NOTA.— Este mes de marzo, sin que se conozca el día exacto, se cumplen 130 años del nacimiento de Juan Bautista Bergua Olavarrieta en Madrid.  Este personaje universal, ligado a la historia y a la cultura de Getafe, tampoco tiene calle en el municipio al igual que Daniel Vierge, Vicente Urrabieta, Samuel Urrabieta, Filiberto Montagud o Ignacio Negrín.  Este artículo es un retal inédito del libro La furia de Caronte. En internet: La furia de Caronte.

 

PROCEDENCIA DE LAS IMÁGENES

• A la izquierda:  Juan Bautista Bergua. La Gaceta del libro. Noviembre de 1935.
• En el centro: retrato de Leopoldo Bejarano que expuso Ángel de la Fuente en el Salón de Otoño de 1924. Publicado por El Liberal el 8 de octubre de 1924.
• A la derecha: Pedro Muñoz Seca. Mundo Gráfico. 17 de diciembre de 1924.

BIBLIOGRAFÍA:

• Rafael Marquina. El Heraldo de Madrid. 23 de diciembre de 1925.
• Leopoldo Bejarano. El Liberal. 23 de diciembre de 1925.
• Leopoldo Bejarano. La Libertad. Miércoles 13 de marzo de 1929.