El mes de marzo de 1869 llegó a La Habana con un vientecillo racheado desde el este, incómodo y desabrido, acompañado de intermitentes e intensos aguaceros que apenas duraban unos minutos para refrescar el cálido ambiente. A pesar del clima, desapacible como el ambiente político, casi todos los días había revueltas y manifestaciones en la capital y hasta en los más recónditos lugares de la isla.

Cinco meses antes, el día 8 de octubre del año anterior se confirmaba el triunfo de ‘La Gloriosa’ o revolución septembrina encabezada por el general Francisco Serrano, en realidad un pronunciamiento militar que acabó con el reinado de Isabel II y su destierro a Francia. Aprovechando la ocasión histórica que se brindaba —gracias a las noticias que volaban por telégrafo, el 10 de octubre se producía el «Grito de Yara» y se elegía a Carlos Manuel de Céspedes como presidente de la nueva República de Cuba, dando comienzo el conflicto conocido como Guerra de los Diez Años.

Empezado el año, en enero, el general Domingo Dulce —cualidad esta última que solo afectaba a su apellido, no a su carácter— sustituía como Capitán General de Cuba a Francisco de Lersundi, iniciando una política ambigua y conciliadora en la que llegó a decretar una amnistía y a reconocer en una circular el derecho de pensamiento e imprenta, siempre y cuando no se fuera contra los dogmas de la religión católica ni contra la esclavitud; un derecho que revocó apenas un mes después. Domingo Dulce y Garay, casado con una cubana que formaba parte de la aristocracia del azúcar, aireaba a los cuatro vientos su amor por Cuba; ya sería adoración por la plata que le procuraban el azúcar y los esclavos. Sin embargo, ante los sucesos que constaban lo inútil de su actitud falsamente apaciguadora empezó a tomar medidas drásticas contra los simpatizantes de la independencia, ya fueran blancos, negros, viejos o jóvenes, ricos o pobres, «en particular, a todo médico, abogado, escribano o maestro de escuela que se aprehendiese con los rebeldes» a los que amenazaba con el fusilamiento.

Al servicio de esta encomienda de Dulce, a golpe de decretos y circulares, estaba el Cuerpo de Voluntarios, una unidad militar que alistaba 9.000 efectivos en la La Habana y que campaba a sus anchas, protagoizando toda clase de fechorías contra las personas y las propiedades de los señalados como ‘incorregibles’. Los Voluntarios eran la fuerza de choque del integrismo españolista y del fanatismo patriótico y político.

Durante el mes de febrero se realizaron centenares de detenciones. Los infaustos partidarios de la emancipación daban con sus huesos en los calabozos de La Cabaña. Dulce no necesitaba jueces ni fiscales. Con expedientes administrativos empezó a enviar a los rebeldes allende el océano Atlántico, lejos de la Perla de las Antillas. De Cuba a Guinea; de La Habana a Fernando Poo.

Es conveniente escribir, como ha hecho Javier Sánchez Sánchez en su novela Viento de marzo, de Guinea Ecuatorial, la que fuera colonia española hasta 1968. Nunca un territorio español estuvo tan olvidado. Más postergado, quizás, solo el Sáhara, una posesión que será objeto de la atención del escritor en la tercera parte de su ‘Trilogía del Olvido‘, una serie novelada en recuerdo de los últimos dominios españoles.

Además del nexo que aúnan esa serie de novelas, y de nuestra amistad con Javier Sánchez, la búsqueda de ilustraciones y grabados para su libro nos llevó a algunas imágenes y textos que, dada su escasa relevancia con el texto, no entraban en el plan editorial pero que sin embargo nos han motivado para hacer un pequeño esfuerzo por entender la relación entre Cuba y Guinea Ecuatorial, dos territorios separados por el ancho océano, unidos administrativamente hasta el 98 y estigmatizados para bien y para mal por el yugo del imperio español.

La anterior novela de Javier Sánchez Sánchez, Contra las olas, se desarrolla durante los últimos días de la intervención de Estados Unidos en la última y definitiva guerra de independencia de Cuba, aderezados los sucesos históricos con la trama narrativa que atrapa a los personajes entre la guerra y el amor. Allí, frente a Santiago de Cuba se perdieron, además de la Perla de las Antillas, Puerto Rico y Filipinas. El imperio español se reducía a Guinea y a las posesiones en el norte de África. ¿Y las Marianas —denominadas así en honor a la esposa de Felipe IV—, anteriormente llamadas islas de los Ladrones, la última posesión de España en la Micronesia? La isla más grande, Guam se perdió en el 98 y se la quedó, cómo no, EE.UU en su calidad de imperio naciente. El resto, junto a las Carolinas y Palaos las vendió España a Alemania por 25 millones de pesetas. España había pasado, por culpa de la corrupción y el saqueo de las clases dominantes, de ser el mayor imperio del mundo a un país arruinado, que ejercía de mendigo en harapos, enfermo, hambriento, agonizante.

En las primeras décadas del siglo XIX, la omisión de España con sus posesiones del Golfo de Guinea provocó que se llenara de ‘okupas’ ingleses con negocios e inversiones en materias primas de la zona como la madera, el aceite de palma y el cacao. No solo fueron los colonos y comerciantes, la corona británica también instaló una delegación llegando a renombrar a Santa Isabel como Port Clarence, tal y como aparece en la prensa inglesa de la época. Al poco tiempo, sin embargo, la administración británica abandonó el enclave.

Más tarde, convencidos del error, intentaron comprar la colonia por 60.000 libras esterlinas. Tal era la precariedad política y económica de España, que el gobierno presentó en 1841 un proyecto de ley para vender la colonia a Inglaterra por esas mismas 60.000 libras esterlinas, considerando a la colonia carente de interés y provecho alguno para la nación. La controversia creada en la prensa del momento y el malestar de la opinión pública hicieron desistir al gobierno de la intención de desprenderse de aquel enclave.

Fernando Poo estuvo abandonada desde la toma de posesión por el Conde de Argelejos en octubre de 1778 a consecuencia del Tratado de San Ildefonso firmado entre las coronas de España y Portugal. Un fragmento histórico que se desarrolla en los capítulos introductorios de la novela Viento de Marzo, un ejercicio de narrativa histórica que luego se traslada a los últimos años de la colonia africana como tal en su devenir hacia la independencia.

España, en el siglo XIX, es un estado decrépito y fracasado. Con su errática política colonial va recibiendo golpe tras golpe, dejando, en lugar de amigos, enemigos por doquier; en lugar de autonomías reales o países aliados, guerras de independencia y rencores históricos; en lugar de una política económica que favoreciese el desarrollo de la comunidad de países hispánicos o latinos, el saqueo de lo público, el desfalco y la malversación de las clases pudientes. La desidia de la monarquía, de los distintos gobiernos, ahora yo ahora tú, generalitos, caciques y militares de éxito en la metrópoli y que de vez en cuando se descolgaban como caudillos y ejes de la cadena de transmisión imperial en las colonias, y el desinterés por las posesiones de ultramar, salvo los aspectos crematísticos, el oro, la plata y la rentabilidad inmediata de la esclavitud, provocaban nuevos conflictos en las últimas colonias y el desamparo de las que, como Guinea, permanecerían cien años más atadas a lo español.

9 de julio de 1861 se publicó en la Gaceta de Madrid, el Boletín Oficial de la época, una Real Orden de Isabel II firmada por el Ministro de Ultramar, Leopoldo O’Donnell, en la que se aprobaba un presidio en Fernando Poo, autorizando al Gobernador de la isla a acordar los gastos y tomar las medidas necesarias. La propuesta pretendía aumentar la población en la Guinea española.

El mismo año de 1861 también se autorizó el envío a Fernando Poo de 200 negros y mulatos emancipados que trabajaban en Obras Públicas en Cuba intentando reclutar mano de obra resistente a las condiciones de la colonia africana, donde ya habían fracasado anteriores intentos de aclimatación de peninsulares. Tras algunas dificultades, por fin, en 1862 el vapor Ferrol trasladó a los primeros 200 cubanos a la isla de Fernando Poo. En los meses siguientes, la administración colonial en La Habana intentaría, sin éxito, completar nuevas expediciones de hombres libres.

A la desastrosa situación de la Hacienda pública y la caótica tesitura política en la península se sumaban las consecuencias de la propia crisis económica en Cuba abocada a prescindir del negocio de la esclavitud, con la consiguiente pérdida de privilegios de buena parte de la aristocracia del azúcar y del tabaco, así como las tensiones provocadas entre españolistas e independentistas. El comercio de la Habana estaba arruinado, los aranceles americanos dificultaban las exportaciones y apenas había crédito en el extranjero. El Banco Español en Cuba tenía en Diciembre de 1868 tres millones de duros en depósito, conforme al balance publicado en la Gaceta Oficial para responder de catorce que había emitido en billetes.

La quiebra del sistema económico cubano era más que evidente. La nueva moneda oficial de la isla en ese año, el peso o peseta cubana, convivía de manera desordenada con el valor del oro y de las llamadas pesetas sevillanas, con las monedas de las distintas repúblicas que habían sido parte del imperio español y con el dólar americano. Así pues, la peseta de Cuba no valía lo mismo que la de la metrópoli, una situación monetaria irregular, que provocaba el travase y, prohibido su envío, el contrabando en divisas en dos parte de una misma nación, se suponía; una contradicción paralela a la falta de atención a los problemas cubanos, a su representatividad y a la imprescindible autonomía política.

A mediados de la década de los sesenta del siglo XIX, comprobado el fracaso del reclutamiento de esclavos emancipados, el Gobierno de Madrid cambió de tercio con respecto a la política penitenciaria en Cuba. Más mano dura. ¿Aún? Seguramente que algún iluminado pensó, además, que la deportación de presos, sobre todo políticos, ayudaría a la difícil colonización de Guinea, un territorio que dependía administrativamente de La Habana. En 1866, tras el aumento de las llamadas conspiraciones de filibusteros y sediciosos para levar anclas del exhausto imperio español, el Capitán General de Cuba, Francisco de Lersundi, ordenó la deportación a Fernando Poo de 176 independentistas que viajaron hasta la isla africana, al otro lado del Atlántico, en el buque Rosa del Turia. Entre los deportados, hay que reseñar el caso de Liborio Cuéllar Figuero, natural de La Habana, de oficio carpintero, relegado a Fernando Poo tras incoarle un expediente administrativo por ‘incorregible’. Recalcitrante, contumaz y obstinado Liborio

Allí, en Fernando Poo, coincidieron con los negros y mulatos emancipados que habían llegado cuatro años atrás y que se habían asentado en el conocido «barrio de los congos». Allí estaban también los primeros colonos a la fuerza de la península, los andaluces llegados en 1861 y 1862 tras la insurrección de Loja, también llamada la ‘revolución del pan y la del queso’.

Aunque se había previsto la construcción de una cárcel en Fernando Poo, nunca llegó a hacerse realidad tras constatar los escasos recursos para tal empresa y al convencimiento de la dificultad de huir. Los primeros deportados a la isla africana fueron represaliados políticos, peninsulares y cubanos, a los que se enviaba a ese recóndito lugar del imperio.

El miedo del gobernador de Fernando Poo a una insurrección provocó que los 176 presos políticos fueran confinados en un cayuelo o islote llamado Enrique, una especie de sepulcro en vida situado a la entrada de la bahía de Santa Isabel, una tumba rodeada de mar y tiburones donde la estadística presagiaba un máximo de seis meses como esperanza de vida.

En enero de 1869, el gobierno de España nombró, por segunda vez, Capitán General de Cuba a Domingo Dulce, hombre controvertido que jugó un papel ambiguo en los problemas de la isla, inmersa desde hacía décadas en una fuerte crisis económica. Dulce ordenó, con una providencia gubernativa, el apresamiento y la deportación a Fernando Poo de 250 cubanos señalados como independentistas o simpatizantes de la ruptura con la metrópoli, ya fueran inocentes o culpables.

2. Francisco Javier Balmaseda y Jullien

El sábado 20 de marzo fueron recluidos en los calabozos de la fortaleza habanera de La Cabaña. Al día siguiente, domingo 21 de marzo fueron trasladados de la fortaleza habanera de La Cabaña al vapor San Francisco de Borja para iniciar una penosa travesía de más de dos meses con destino a Fernando Poo. «¡Gradúese el raudal de lágrimas que costaría á las madres, á los hijos, á las esposas esa bárbara y criminal sentencia dictada sin formación de causa y sin oir á los reos!», se lamenta Francisco Javier Balmaseda y Jullien, uno de los 250 cubanos condenados al confinamiento, entre los que se encontraban «literatos, abogados, médicos, sacerdotes, banqueros, grandes y pequeños propietarios, profesores de instrucción superior y primaria, militares, comerciantes, escribanos, procuradores, escribientes, farmacéuticos, agrimensores y estudiantes. Había impresores, dentistas, maquinistas, flebotomianos, administradores de plantaciones de caña, cultivadores de tabaco, dueños de predios dedicados á la ganadería, herreros, sastres, pescadores, carpinteros, panaderos, zapateros, maestros de azúcar, carpinteros de ribera, etc., y había como cuarenta campesinos. Todos tenían sus rentas, arte u oficio de que vivir sin gravamen de una sociedad cualquiera, menos la de Santa Isabel, donde no había absolutamente trabajo ni para el artesano, ni para el labrador; así es que los hombres pobres se veían condenados contra su voluntad á la vagancia, empleando el tiempo sólo en hacer deducciones acerca del día en que volverían al patrio hogar». De ellos, asegura el comerciante inglés John Holt que, «veinticinco o treinta son gente muy rica, finqueros y comerciantes, incluso un banquero…»

¿Qué pasaba en la isla de Fernando Póo el 25 de Mayo de 1869? Los habitantes de la isla africana estaban expectantes por el inminente desembarco del vapor de guerra San Francisco de Borja que arribó el día 22. Casi tres días permaneció en el puerto sin que desembarcase nadie; ni los 250 exiliados cubanos encerrados en jaulas ni los 85 miembros del Cuerpo de Voluntarios que habían vigilado la travesía. Balmaseda describe la entrada a la bahía de Santa Isabel y al islote Enrique donde se hacinaban algunos de los deportados cubanos de la anterior expedición. «En ese cayuelo, se me dijo, mueren de hidropesía, por efecto de la humedad, y no pocas veces de sed y de hambre, los criminales que remite allí el Gobernador. Algunos han intentado salvarse lanzándose al mar para tomar a nado la isla; pero inmediatamente han sido devorados por los tiburones, que abundan en la bahía, especialmente en esa parte, atraídos por las inmundicias que se arrojan de las embarcaciones.»

El confinamiento en Fernando Poo era, en realidad, una condena a muerte; la fiebre amarilla, el paludismo y el hambre hacían de verdugos de los presos sin dinero.

El Gobernador de la isla, Joaquín de Sousa y Gallardo, era «un anciano de barba blanca, de baja estatura, trigueño y de color amarillento, por culpa de la fiebre», recibió a los deportados con un discurso en el que se mezclaba la crueldad con la esperanza. «Soy el hombre más lleno de bondad que hay en el mundo. Si voy por una senda y encuentro una hormiga, me detengo ó doy una vuelta por no quitarle la vida; pero soy al mismo tiempo un juez tan recto, tan inflexible cuando se trata de los castigos, que me consideraría el más desgraciado si dejase impune, no digo un delito, la más leve falta. No conozco la piedad, desprecio los empeños y experimento un placer sin límites viendo padecer á los culpables. En esta isla no hay ni jueces, ni oficiales para comisiones militares; todo lo hago conforme á mi criterio, conforme á mi voluntad. No hay tampoco otros castigos que el cayuelo, que desde aquí se divisa, y el palo en la picota».

«Vuestra permanencia en esta isla no puede ser dilatada; no hay alimentos para vosotros y así lo diré al Gobierno de la nación. A ninguno de vosotros se ha formado causa; habéis venido por una providencia gubernativa del Capitán general de Cuba, y este es otro motivo porque espero que pronto se disponga vuestra partida y mejore vuestra suerte. No puedo ofreceros recursos de ningún género, idos, pues, libremente con tal de no salir de la isla, alimentaos y alojaos como podáis […]»

«¿Cómo es posible que se le haya ocurrido al Gobierno de España remitir á Fernando Póo los confinados políticos para tener al cabo que alimentarlos, él que está tan decaído de fondos?», se pregunta Balmaseda. Sin embargo, casi todos estos deportados cubanos tenían plata lo cual les valió para hacer más llevadera, si no fuera por la lejanía de sus familias, su permanencia en la isla.

Después de la penosa travesía encerrados en las sentinas del vapor de guerra, los presos sintieron, al fin, algo de alivio. «¡Estábamos en libertad! Nos esparcimos por la ciudad. ¡Oh! al contemplar la rica vegetación de Fernando Poo, al ver las mismas producciones de Cuba, el plátano, el anón, el mango, la piña, experimentamos un placer indescriptible, parecido al que se goza cuando se saluda la patria de la que se ha estado mucho tiempo ausente».

Balmaseda se indigna ante el castigo que se inflige a los 250 infelices de los que forma parte por sus ideas. «¿Quién podría temer que el infeliz inválido Juan González que necesitaba auxilio de sus compañeros hasta para acostarse fuera tan peligroso a la conservación de la soberanía española en la isla de Cuba…?».

El omnipotente Gobernador constató la dificultad para mantener el equilibrio entre la escasa población blanca libre, las tribus de aborígenes, los negros y mulatos cubanos emancipados y los numerosos reos en ‘libertad vigilada’. Menuda paradoja, o carambola histórica, se habría producido si los cubanos hubieran conseguido la independencia de España, 30 años antes, en una miserable isla africana; pasar a la historia por falta de previsión y negligencia ante una posible algarada. Joaquín de Sousa difundió, a través de voceros, un bando en el que se declaraba el estado de sitio, se fijaba el precio de algunos alimentos para evitar la inflación y avisaba de la presencia de botes armados para impedir la huida de barcazas con deportados. «¡La isla en estado de sitio porque habíamos llegado! Ya se ve, no podía menos que publicarse la ley marcial: ¡los galos estaban en las puertas de Roma!».

El odio que profesa Balmaseda hacia España, la angustia por dejar atrás a su familia, las vejaciones de los voluntarios y los sufrimientos padecidos, le hace proferir sentencias parciales, mientras alaba a países —igualmente esclavistas y crueles en su política penitenciaria— como Inglaterra, Francia o los propios Estados Unidos. Sin embargo, sus peores deseos son para la madre patria; el libro se convierte en una especie de caja de pandora llena de deseos venenosos, insultos y ofensas contra España, diccionario de improperios, catálogo de reproches, guía espiritual de lo más recomendable a los furibundos independentistas de algunas regiones como Cataluña o Euskadi y a los enemigos exteriores de España. «España camina, —asegura Balmasedacon paso acelerado de error en error y de injusticia en injusticia hasta que sea dividida entre las grandes potencias! España es, por su espíritu quijotesco, un peligro para la paz del mundo; nada conviene tanto a la cristiandad como que desaparezca del mapa como nación, y en este caso, extendiéndose los límites territoriales de Portugal y de Francia, adquiriendo Rusia y Alemania puertos en el Mediterráneo, Inglaterra las Canarias, las Baleares, Ceuta, la Costa de oro y Fernando Póo; Italia tomará su parte, y Cataluña aprovechará la ocasión de erigirse en República independiente».

Balmaseda había cumplido 46 años a bordo del San Francisco de Borja en su periplo de La Habana a Santa Isabel. Su confinamiento no duró mucho . Quince días después de llegar escapó —no como el famoso Papillón de la Guayana francesa—, junto a otros dos confinados, gracias a un colono inglés llamado Struthers que le había acogido en su casa. La fuga de Balmaseda se narra en el diario personal que escribió entre 1862 y 1872 el comerciante inglés John Holt, establecido en Santa Isabel, antigua Port Clarence de los ingleses, hoy Malabo. Después de dos o tres fugas de confinados cubanos gracias a varios emigrantes ingleses, hasta el propio Holt, remiso y temeroso al principio, se atrevió a planificar y llevar a cabo una evasión.

Como auguró el Gobernador a la arribada de los infelices cubanos, la deportación fue corta. El 27 de julio de 1869 llegó la orden para trasladar a los confinados que no habían muerto o escapado a otros lugares de la península, entre ellos a Mahón, la capital de Menorca donde sus habitantes —según asegura Balmaseda por lo que le habían contado— no se sentían españoles. Habrá que dar pábulo al comentario; Menorca estuvo bajo el dominio de la corona británica durante casi un siglo (1708-1802).

Tras escapar de Fernando Poo Balmaseda recaló en Nueva York donde publicó, a finales de ese mismo año de 1869 un libro sobre el confinamiento en la colonia africana: Los confinados en Fernando Poo e impresiones de un viaje a Guinea . El vigoroso y angustioso relato de de Balmaseda refleja las penalidades sufridas por los 250 deportados, el infierno de una travesía, desde La Habana a Santa Isabel, que duró 66 días, la crueldad de los españoles y el desaliento, o temor a un nuevo calabozo, de los confinados al llegar a la isla. Balmaseda también era un incorregible, defensor de la independencia y de la abolición de la esclavitud. El mismo año de la anterior expedición a Fernando Poo, en 1866, solicitó al gobierno de España, junto a más de veinte ciudadanos ricos y respetables de La Habana, autorización para constituir una sociedad cuyos miembros se obligasen a no comprar esclavos. Así se puso de contenta la corte española.

De Balmaseda cuenta el comerciante Holt que «se dice que es un hombre muy bueno y generoso y que ha hecho mucho bien entre las gentes de su pueblo». Balmaseda, antes del «viento de marzo» que sacudió Cuba en 1869, había sido durante menos de un año alcalde de San Juan de los Remedios [Remedios], en la provincia de Villa Clara, donde había promovido una biblioteca y distintas obras públicas. Fue autor de novelas, zarzuelas, comedias, libros de texto, de fábulas, y destacando en la divulgación y fomento de la agricultura y ganadería. Su extensa obra da cuenta de sus ideas filantrópicas.

El texto de Balmaseda se desvirtúa, sin embargo, con el odio irracional que siente por España y los españoles, y, en contraposición, la adulación exagerada a los Estados Unidos y a Inglaterra y Alemania, esos pueblos ejemplares —para el escritor cubano—, suponemos que solo por ser enemigos de su terrible enemigo: España. El resto de países hacían lo mismo, incluso peor aún en términos de crueldad. ¿Tiene la sociedad el derecho de condenar a muerte por el clima a quien creyó no podía ajusticiar?, se preguntaban los filósofos y moralista de la época ante la disyuntiva de la deportación de reos a territorios de ultramar.

La fuga de la isla africana tuvo consecuencias. Cuba estaba inmersa en una guerra civil o, si se prefiere, guerra de independencia, con todas las atrocidades propias de cualquier conflicto armado. Estando ya en Nueva York tuvo noticias de la confiscación de todos sus bienes en Cuba. No es de extrañar, pues, su odio por un sistema político que le castigaba con tanta ferocidad solo por sus ideas.

3. Deportados cubanos liberados en Fort Apache. Le Monde Illustré 1869

Está constatado que hubo, al menos otra, más expediciones de insurrectos cubanos a Fernando Poo. El 4 de septiembre de 1869, Le Monde Illustré daba cuenta de la liberación en Nueva York de otra partida de presos con destino a la isla africana. Soltados a petición del gobierno español, eran obligados a firmar el compromiso de no tomar parte en ninguna expedición contra la isla, según se puede leer en el pie del grabado publicado.

El debate moral

En los años posteriores, la Real Sociedad Económica Matritense convocó un concurso de ideas para colonizar y hacer útiles las islas españolas en África y Oceanía. Entre las propuestas ya se planteó destinar esos territorios como lugar de deportación para los condenados a los que se conmutara la pena de muerte o de redención por el presidio.

En 1875, seis años después de la expedición enviada por Dulce a Fernando Poo, la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas realizó un concurso de ensayos bajo el lema general de «¿Convendría establecer en las islas del Golfo de Guinea o en las Marianas unas colonias penitenciarias como las inglesas de Botany-Bay?». De las cinco memorias presentadas, se descartaron 2 por distintas razones. La memoria ganadora, escrita por Francisco Lastres y Juiz, fue publicada en 1878 y galardonado «como cuerpo de doctrina».

Con verdadera fruición entra la Comisión examinadora a dar cuenta de las tres Memorias finalistas. La primera lleva por lema: «Decidme cuál es el sistema penitenciario de un pueblo y os diré cuál es su justicia», trazado con mano maestra, que obedece a una elevada, severa y nobilísima inteligencia —según estiman los miembros de la comisión— y que resuelve que ni la moral, ni el derecho, ni la religión, ni los medios económicos, conducen a establecer colonias penitenciarias ultramarinas como principio general, ni de aplicación a las colonias de Guinea y de las Marianas.

Otra de las memorias, escrita bajo el lema «¿A las islas Marianas o al Golfo de Guinea?», también se muestra contraria a estos lejanos establecimientos penitenciarios invocando a Tissot en su introducción filosófica al estudio del derecho penal. «¿Tiene la Sociedad el derecho de condenar á muerte por el clima a quien creyó no podía ajusticiar?». El estudio resuelve la cuestión de forma clara aunque se trate de un monumental, lleno de datos y erudito trabajo de 311 páginas. Aunque descarta los territorios lejanos, proclives a las enfermendades tropicales, sí se inclina por erigir algún depósito o casa penitenciaria en Canarias…

El tercer ensayo seleccionado «The reformation of men, can never become a mechanical process», escrito con soltura y desenfado, en ocasiones descuidado —en la apreciación del jurado—, sí se inclina por el establecimiento de colonias penitenciarias en las posesiones ultramarinas aunque, a la hora de señalar el procedimiento, olvida las dificultades del transporte, elección de la colonia, aclimatación, gobierno, justicia y administración.

Casi todos los países han utilizado la deportación, utilizándose mucho la pena después del descubrimiento de América; hasta el mismo Colon, no encontrando compañeros para su arriesgada expedición, hubo de pedir a los Reyes Católicos permitieran y aun obligaran a marchar con él, a los criminales que retenían las cárceles de Sevilla y Cádiz, «emigración fatal para el Nuevo Mundo, y conociendo la clase de gente que acompañó al ilustre navegante, no debe extrañar a nadie los disgustos que pasó y la injusticia cruel con que fué tratado..», asegura Francisco Lastres en la memoria presentada a la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Portugal conmutaba la pena de muerte por la deportación a Mozambique y a otros puntos de las costas de África; Dinamarca deportaba a sus reos a Groenlandia; Inglaterra, primero a las colonias de América del Norte, y tras las quejas de los colonos —«¿Qué diría la Gran Bretaña, si las colonias enviaran a la madre patria sus culebras de cascabel?»— y la independencia de EEUU a Australia ; Rusia a Siberia; Francia a la Guayana; etc…

Algunos incorregibles españoles, políticos o criminales, fueron condenados al confinamiento o deportación a Guinea Ecuatorial hasta los años 30 del siglo XX.

4. Indígenas bubis sembrando ñame. La ilustración Española y Americana 1883

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IMÁGENES

1.— Imagen superior. Insurgés cubains conduits a l’ile de Fernando Poo par les troupes espagnoles. Le Monde Illustré. 18 de septiembre de 1869.

2.—Francisco Javier Balmaseda y Jullien. Museo Histórico Francisco Javier Balmaseda de Remedios, Cuba.

3.—Deportados cubanos en encerrados y liberados en Fort Apache. Le Monde Illustré. 4 de septiembre de 1869.A pie de la ilustración: Les prisonniers faits a Cuba son relachés sur la demande de leur gouvernement. On leur fait signer l’engagemente de ne plus prendre part a aucune expedition contre l’ile. [Los prisioneros capturados en Cuba son liberados a petición de su gobierno. Están obligados a firmar el compromiso de no participar en ninguna expedición contra la isla].

4.—Fernando Poo. Indígenas Bubis sembrando ñame (De la fotografía remitida por el teniente de navío Francisco Romera). La Ilustración Española y Americana. 30 de agosto de 1883.

BIBLIOGRAFÍA

1.—Viento de Marzo. Javier Sánchez Sánchez. Isla de Delos. Getafe 2020

2.—Los confinados en Fernando Poo e impresiones de un viaje a Guinea. Francisco Javier Balmaseda. Nueva York, 1869.

3.— La colonización penitenciaria de las Marianas y Fernando Poo. Francisco Lastres y Juiz. Madrid, Imprenta y librería de Eduardo Martínez, 1878.

4.- Cubanos en Fernando Póo. Un capítulo en las memorias de John Holt. Recogido por Carlos González Echegaray. El diario de Holt fue traducido al español en 1950 de una edición inglesa de 1948 por por Miguel Llompart Aulet, a la sazón Delegado gubernamental de Trabajo en Guinea Española, e insertado como folletón en 1950 y 1951 en el diario Ébano del cual era director.

5.—Fernando Poo y los emancipados de la Habana

6.— Fernando Poo. El fracaso de una colonización penitenciaria. Alberto Agudo

7.— Cuba en el siglo XIX. Manuel Hernández González. Revista de Geografía e Historia

8.—Expediente Ultramar, 4709/69. Registrado en el año 1867 con el núm. 146, que lleva por título: Expedientes personales de 164 deportados a Fernando Poo, entre los que se encuentra el de Liborio Cuéllar. Archivo Histórico Nacional. MECD.

9.—Biografía de Francisco Javier Balmaseda. Enrique A. Silveira Prado, Isaías Rojas LLeonart y Rafael J. Farto Muñiz. Revista Electrónica de Veterinaria. Redvet

10.- Diccionario de literatura cubana. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Autores con B.

11.— Le Monde Illustré. varios números de 1869