Desde el principio, la idea de esta «novela de no ficción» surgió alrededor de un grupo de personajes universales que se acercan a Getafe en algún momento de la contienda, ya fueran vecinos, más o menos implicados, políticos, militares o corresponsales extranjeros que cubrían la guerra desde un bando u otro. Por ahí se manifiestan, con derecho propio, Juan Bautista Bergua, Nikos Kazantzakis, Geofrey Cox, Mijaíl Koltzov o Artur Portela. Sin embargo, el número de personajes que aparecen en el libro es considerable gracias al fantástico repertorio de fuentes de las que he bebido para saciar este volumen de datos, de crónicas, informes, registros oficiales, cartas y libros. No ha sido vano el esfuerzo de rescatar fotografías, muchas de ellas desconocidas en el ámbito local, procedentes de revistas, periódicos, bancos de imágenes y archivos públicos y privados, dejando claramente anotada su autoría y procedencia.

 

 

En el subtítulo de la portada se ha remarcado la ferocidad del enfrentamiento añadiendo el prefijo de negación in al adjetivo de la guerra; fue, sin un amago de duda, una guerra incivil, aunque, pese a la cercanía de la sangre que corrió, habrá que acordar que todas las guerras son inciviles. La memoria histórica, tan manoseada y controvertida, se ha demostrado como un ariete de resentimiento, sin un ápice de ideología, útil para denostar al contrario, arrinconarle y destruirle. La sangre vertida, por los hunos y por los hotros, era la misma sangre, la de unos y la de otros, sin que importe el orden de los factores o la ideología; unos y otros fueron, a la vez, sujetos y objetivos, gentes que se vieron envueltas en un torbellino de odio y sangre; al fin, sangre de todos.

España se enfrentaba a la lucha inmemorial entre clases, entre propietarios y jornaleros, entre empresarios y obreros, a diferencias ideológicas extremas, irreconciliables. La tensión social calentaba la sangre hasta la temperatura de ebullición, haciéndola borbotear y rugir como un volcán. Caronte había abandonado la laguna Estigia y los círculos del infierno de Dante, exhalando un viento frío y denso, un torbellino de polvo y ceniza previo a su furia devastadora y al río de sangre que vertía en los campos yermos, en los pueblos, en las cunetas de los caminos y en las tapias de los cementerios.

No era una guerra incivil como las anteriores; esta se convertiría, adentrado el siglo XX, en la última contienda romántica. Decenas de periodistas se enrolaban, en un bando y en otro, para escribir la mejor literatura de guerra; todo valía: información o propaganda.

En 1936, una nación de naciones se disponía a su último y funesto enfrentamiento: las izquierdas contra las derechas. La última guerra romántica atraía como corresponsales extranjeros a los mejores periodistas y escritores. En España se dilucidaba el futuro de la civilización occidental. Francisco Franco y Largo Caballero  representaban a las dos ideologías que se disputaban el mundo: el fascismo y el comunismo. Unos y otros, peones y figuras, estaban convencidos que la victoria del contrario suponía el fin de la civilización. Al fin, más de ocho décadas después, se ha demostrado que nada es definitivo. Ni lo uno, ni lo otro.

En medio del ardor ideológico, los intelectuales, escritores, periodistas, filósofos, pintores, etc., fueron arrollados por los acontecimientos, convirtiéndose algunos en estandartes, a veces furibundos, de las ideas que propugnaban, o siendo perseguidos, por los unos y por los otros, los que mantenían una postura ideológica tibia, los independientes de las formaciones partidistas o, simplemente, equidistantes de ambos polos. Desde los dos bandos enfrentados, y dentro de cada uno de ellos por los diferentes partidos o facciones, se ha intentado responsabilizar al otro, al aliado díscolo, al adversario, al contrario, al enemigo, para justificar las aberraciones humanas que se cometían, y apropiarse de una inocencia que no pertenece a nadie.

 

 

 

 

EDICIÓN ILUSTRADA CON FOTOGRAFÍAS