El encargado de la contrata llevaba observando un rato al operario que daba vueltas por el desorden de la obra como mirándolo todo, pero sin hacer nada en especial; sin ocupación concreta, sin doblar el lomo.
-¡Oye, tu!-gritó con voz recia-, muchacho, ven y ayúdame a mover estas vigas.

El tipo se acercó y miró al encargado con cara de pillo. Levantó la viga con energía. No parecía que tuviera tanta fuerza, teniendo en cuenta lo flaco que estaba. Casi le tira al suelo. Una tras otra, entre los dos, movieron todas las viguetas de hormigón que molestaban para el paso.

– Bueno, ya puedes seguir con lo que estuvieras haciendo.

Poco, al parecer, pensó el encargado… El muy cara se había metido en la caseta de obras a “lavarse las mano”. ¡Había dicho que iba a lavarse las manos!

El encargado no se había fijado en el chándal de marca del supuesto obrero. Tampoco en sus gafas de diseño italiano. Ni siquiera sospechó que el atuendo del “currito” en cuestión valiera casi como lo que él ganaba en un mes breando con los elementos, gentes, materiales y oficio, para acercarse, más o menos, a lo que ensueñan los arquitectos y trasladan, con precisión matemática, a los planos.

Cuando entró en la caseta de la obra, miró al jefe de obras y con un gesto de interrogación le preguntó por la identidad de aquel tipo que, ahora, revisaba los papeles y facturas que había sobre la mesa. Aún llevaba puesta la gorrita impermeable de color verde, modelo “guerrillero pijo”,  seguramente adquirida en alguna de las tiendas de marca de El Corte Inglés y que, visto en el interior de la caseta a la luz del fluorescente, completaba un atuendo ridículo. ¿Quién sería el individuo?

– Y ese, … ¿quién es?, ese …

El jefe de obra miró al encargado de la subcontrata con sorpresa y haciendo un gesto de complicidad, le susurró:

-El amo… – y le guiñó un ojo- el puto amo, el dueño de la empresa.

La cara del encargado palideció. De repente, “el amo” volvió la mirada hacia él y sonrió. El encargado sintió el rubor inundando sus mejillas curtidas en mil soles y mil obras.

Y cuando parecía que se hundiría el suelo, el terreno del amo, bajo los pies del encargado, sonó el teléfono móvil del empresario y dueño. Contestó. Hablaba bajito, casi musitando, recitándole órdenes al carísimo terminal. Saludó con la mano, salió de la caseta y se marchó sin más.

– Hace un momento le he pedido que me ayudara a mover esas vigas de hormigón, -se justificó el responsable de la subcontrata-. No me ha dicho que no; ni siquiera se ha sorprendido. Como si fuera un obrero. Yo pensaba,.. como lo vi vestido con un chándal… y unas zapatillas…

– El amo, escucha, el amo es, … ¡la leche!, –sentenció el jefe de obras-. Y ahora ha empezado, con lo que parece un hatajo de bueyes, a sembrar semilla negra sobre campo blanco (*). Dos veces al mes saca el arado blanco del cobertizo. ¡Fíjate!

– ¿Y qué espera? Cuando se labra, algo se espera.

– Nadie sabe si será cosecha o tempestad lo que recoja. De su atrevimiento se espantan los hombres, y hasta las aves del cielo.
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* Del blog de Esperanza Fernández Acedo 
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La ilustración superior está basada en la portada de un disco antiguo de música infantil, cuando iban a 78 rpm, titulado «El lechero», de la colección El Organito