Casi a punto de acabar el año 2011, intentando escribir, como estamos, una novelita ambientada en el periodo más trágico de la historia de España, entre la pérdida de las colonias en 1895, con la independencia de Cuba, y la guerra civil de 1936, nos hemos deslizado, abandonando casi ese folletín y la actualidad local, por algunas páginas del confuso, embarullado y nunca bien digerido siglo XIX español. El 28 de diciembre de 1892, el periódico local El Pueblo de Orihuela publicaba en su sección de “pasatiempos” el siguiente texto: “El gabinete actual que preside el Sr. Sagasta hace el número 80 a partir de 1833. De ellos corresponden 52 al reinado de Dª Isabel II; 3 al periodo de 1868 al 70; 6 al reinado de Amadeo I de Saboya; 4 en los 11 meses de la república; 4 en el año 1874; 9 en los 10 años del reinado de Alfonso XII, y 3 durante los 7 años de la regencia». Y no era, a pesar de la fecha, una inocentada. El siglo XX empezaría y seguiría con el mismo rumbo y cadencia. La historia que nos interesa hoy transcurre durante el reinado de la promiscua Isabel II, conocida como la de los tristes destinos”, expresión que luego popularizaría Benito Pérez Galdós en uno de sus Episodios Nacionales. 52 gobiernos, y seguramente muchos más amantes, en 32 años.

España se desangraba con más guerras que las que podía cubrir, entre ellas la guerras civiles carlistas, la guerra de Marruecos y las de independencia de la mayoría de los países americanos. Sin embargo, la monarquía, los ministros, los capitanes generales destinados en ultramar y la aristocracia, sobre todo la colonial, no perdían el tiempo, enriqueciéndose en la misma proporción que los pobres eran más pobres. España aún mantenía sus últimas fronteras en Filipinas, Las Carolinas, Cuba y Puerto Rico. El tabaco, el café, el azúcar y sobre todo el tráfico de esclavos, eran los engranajes necesarios para el funcionamiento de una economía podrida, devaluada, dependiente de ultramar y con un sistema político corrupto.

Y así, sin que venga a cuento [con la temática de este blog], resulta este articulito, consecuencia inevitable del escándalo destapado por las actividades empresariales del yerno del rey, Iñaki Urdangarín Liebaert; poco ejemplares, como dice su suegro; poco éticas como las hubiera calificado el exalcalde de Getafe; y presuntamente delictivas, y con mucho morro, según hemos de tacharlas o catalogarlas de momento, para no cometer imprudencia alguna ni saltarnos la presunción de inocencia del Duque consorte de Palma de Mallorca, título conseguido gracias a su matrimonio morganático [braguetazo real, más comúnmente] con la infanta Cristina [Federica Victoria Antonia de la Santísima Trinidad] de Borbón y Grecia. Dice la Wikipedia que tiene, el deportista vasco, tratamiento de Excelentísimo Señor. Y nadie, ni el rey siquiera, está exento, a pesar de la “señoría” regalada, de pasar por el juzgado y ser calificado tras la sentencia  de excelente chorizo ibérico. No menos de eso se puede decir del que, evadiendo el dinero a la hacienda pública, esconde sus capitales, y los que irregularmente ha conseguido, en el extranjero. [El último chiste popular, fruto de la inagotable capacidad de burla de los españoles, pregunta un personaje a otro cómo se dice chorizo ibérico en euskera… ¿no? Pues, …. si, exactamente lo que piensan.
Se dice que la historia se repite. Y bien dicho está, si atendemos a lo siguiente. Fueron otra María Cristina y otro Duque los que protagonizan, y dan título, a esta entrada. Fernando VII (1784-1833), viudo por tercera vez, se casó en 1829 con su sobrina María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (1806-1878). De esa unión nacieron dos niñas, la futura reina Isabel II y la infanta Luisa Fernanda. Antes de ese cuarto y último matrimonio con la hija de su hermana menor,  el “Rey Felón” se había casado sin conseguir descendencia  con una prima hermana suya,  con la hija de su hermana mayor y con una prima segunda. Con tan solo 45 años, afrontó ese último enlace matrimonial  bastante decrépito, enfermo de gota y prematuramente envejecido.  El incesto y la endogamia de los Borbones, consentidas por las farisaicas dispensas papales, buscaba la pureza de la sangre aunque solo conseguía, en cada nueva generación, personajes más débiles, tarados o enfermizos; la sangre de la dinastía de los Borbones españoles solo ha empezado a recuperarse con los matrimonios morganáticos de Felipe, Elena y Cristina de Borbón y Grecia.
Un año antes de su muerte, Fernando VII nombró a María Cristina Reina Gobernadora y regente de la futura Isabel II, la cual accedería al trono gracias a la Pragmática Sanción decreto ley promulgado por su padre en 1830, año de su nacimiento, por la que se anulaba en este caso la antigua Ley Sálica, causa principal de las guerras [civiles] carlistas, conocidas así por el nombre del pretendiente al trono, Carlos María Isidro de Borbón, hermano del felón.
Fernando VII murió el 29 de septiembre de ese año del señor de 1833 y, tres meses después, el 28 de diciembre, día de los santos inocentes, su joven y bien parecida viuda, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, contraía secreto y morganático matrimonio con Agustín Fernando Muñoz Sánchez. Era el tal Muñoz un apuesto sargento de la guardia real, oriundo de Tarancón [Cuenca], sin una gota de sangre noble pero que le daba a la joven regente lo que más necesitaba. Gracias a sus dotes, demostradas en la cama real, ascendió a oficial y a Gentilhombre de Cámara de la Reina, título que, viniendo al pelo, era algo pomposo para disimular su condición. A pesar del secreto de la boda, eran ambos, la reina y el plebeyo, la comidilla de las Españas de aquel tiempo. No paraba la reina de abortar y de parir, dando a luz, así, casi año tras año, a ocho hijos vivos y uno muerto. Las gentes de la Villa y Corte sabían que María Cristina no dormía sola. Los liberales decían que la Regente era una dama casada en secreto y siempre embarazada en público. En aquel tiempo de guerras, en una España asolada, entre carlistas [absolutistas radicales] e isabelinos [absolutistas moderados, al final reconvertidos a liberales], se hizo muy popular, sobre todo entre los carlistas, una coplilla que se burlaba de la regente y de su prolífica maternidad, mezclando a sus seguidores, los liberales, y a sus descendientes, frutos del apaño de alcoba de la reina madre. Estaba claro que la ausencia de herederos de Fernando VII no era culpa de su última esposa:
Clamaban los liberales
que la reina no paría.
¡Y ha parido más muñoces
que liberales había!
María Cristina de Borbón-Dos Sicilias tuvo que afrontar, al morir Fernando VII, la regencia de la pequeña Isabel y,  tras el “levantamiento” de su tío carnal y cuñado Carlos Isidro,  la primera guerra carlista que finalizó en 1839 con el triunfo del general Baldomero Espartero. El pretendiente, Carlos María Isidro de Borbón, abandonó la lucha huyendo a Francia. Como recompensa a sus méritos durante la campaña, el militar fue nombrado Príncipe de Vergara, Duque de la Victoria, Duque de Morella, Conde de Luchana y Vizconde de Banderas. Casi nada. Envalentonado con el éxito, Espartero solo tuvo que dar un golpe en la mesa, exigiendo a María Cristina la cesión de la regencia, bajo la amenaza de destapar su matrimonio secreto y su ristra de “clandestinos muñoces”. María Cristina, al menos se dice, le espetó aquello de “te hice Duque, pero no logré hacerte caballero”. La observación de María Cristina, en el caso de ser cierta la anécdota, no alteró la decisión del general. María Cristina abandonó España, y se estableció con su marido, Agustín Fernando Muñoz Sánchez, en París a donde ya había enviado a sus hijos, uno detrás de otro, lejos de las miradas de la maliciosa corte.
En abril de 1844 otro levantamiento derrocó a Espartero como regente de Isabel II. Para evitar una tercera regencia se adelantó la mayoría de edad de la reina a los trece años. Y de esta manera una niña, más preocupada por el folleteo que por su formación como gobernante, se sentó en el trono de un país en plena decadencia política y social. Antes de su regreso a España, María Cristina solicitó [exigió] a su hija y al Consejo del Gobierno que nombrasen a su marido Duque de Riánsares y Grande de España, honores que se hicieron efectivos [echando leches] en junio de ese año.
Agustín Fernando Muñoz Sánchez, ya nombrado Duque de Riánsares, constituyó el 14 de septiembre de 1844 en París la sociedad “Agustín Sánchez y Cía”. El Duque aportó, como socio capitalista, tres millones de reales. El dinero lo ponía, evidentemente, María Cristina y procedía del caudal acumulado por la reina gobernadora.
Tras alumbrar a su séptimo vástago, María Cristina y el Duque se casaron oficialmente [en octubre de 1844], con el consentimiento de su hija Isabel II. Con motivo de su matrimonio, al Duque lo ascendieron a Teniente General y lo nombraron Senador vitalicio. Su hijastra, la reina, le concedió el Toisón de Oro. En las capitulaciones redactadas con motivo de la boda oficial, la fortuna de María Cristina ascendía a 135 millones de reales, fortuna que atesoró en apenas siete años como regente, metiendo la mano suponemos, además de a su querido Muñoz, al tesoro real que se nutría, casi de manera única de las remesas procedentes de las colonias de ultramar. Eso sí que fue un braguetazo y no lo del Duque de Palma.
El objeto social de la empresa que había constituido bajo el “pseudónimo” de “Agustín Sánchez” se atenía, en un principio, a la ejecución de obras públicas en Cuba. Su socio en la mayor de las Antillas seria su amigo Antonio Parejo Cañedo, un coronel de caballería retirado que vivía en La Habana. Antonio Parejo, confidente del matrimonio secreto desde 1836, se ocuparía de la representación y administración de la compañía.
Agustín Sánchez y Cía. se dedicó a diversos negocios, aunque la actividad principal no fueron las obras públicas sino el tráfico ilegal de personas. La compañía adquirió para ello algunos de los más modernos barcos, propulsados a vapor y bien preparados para la travesía del Atlántico como el Guadalquivir, el Cetro y el Tridente, buques que costaron unos 2.500.000 reales que pagó la reina Isabel II a través de la casa londinense de los Zulueta, reconocidos negreros a nivel internacional. Existe constancia notarial en Londres de un préstamo millonario de la reina de España [Isabel II] al clan de los Zulueta, que nunca se reintegró. ¿Prestamo o participación en alguno de los sucios negocios de su madre y de su padrastro. En la escritura de disolución y liquidación de la sociedad, en 1849, cinco años después de su constitución, se registraron con todo detalle los ingresos por la venta de negros y de “indios yucateros”. Al Duque, consorte de la reina madre, le correspondieron 14 millones de reales. La inversión se había multiplicado casi por cinco, una vez por cada año.
La España católica, hipócrita y romana de Fernando VII había suscrito en 1817 el convenio para el fin de la trata y comercio de esclavos en 1820, y cobró por ello una enorme indemnización valorada en 300 millones de pesos de oro. Sin embargo, la aristocracia del azúcar en Cuba y algunos inversores como el Duque de Riánsares  continuaron con un negocio mucho más lucrativo, el tráfico y comercio ilegal de “sacos de carbón”, como se denominaba a los negros que secuestraban en África y trasladaban hasta Cuba. Los nombres de Pedro J. Zulueta, Antonio Parejo y María Cristina de Borbón-Dos Sicilias aparecían en bastantes informes que remitían al parlamento británico las sociedades abolicionistas incidiendo en la continuidad del macabro comercio de seres humanos por parte de los españoles. Zulueta, además,  gestionaba en Londres las fortunas del Duque de Riánsares, de María Cristina y de la promiscua Isabel II.
Para acercar aún más la historia, paralela y parecida, de estos matrimonios morganáticos, la reina gobernadora y su marido el Duque de Riánsares, en un gesto no sabemos si humanitario [muy probablemente no fuera así] o de curiosidad [como quien colecciona cosas raras o aves exóticas], estuvieron a punto de fundar, con un solo gesto, lo más parecido en aquella época a una ONG infantil o fundación real. En 1.838, antes de forrarse como esclavistas, reclamaron dos negritos, “de los que acostumbran llevarse a la venta a la isla de Cuba” para “apadrinarlos” en la corte. Los dos negritos, de once y doce años, respectivamente, llegaron a Madrid en 1839 “en estado casi salvaje” enviados por el Gobernador de la provincia cubana de Matanzas ; fueron educados, como era deseo de la reina madre, en los preceptos cristianos y fueron bautizados en 1.841 con los nombre de Cristino [Agustín, José, Antonio, Gaspar, Melchor y Baltasar Buga] y Fernando [María, Agustín, José Antonio, Gaspar, Melchor y Baltasar Dobo], uniendo en esa ridícula matrícula el nombre de sus padrinos, de los reyes magos y del poblado africano del que fueron raptados; Buga y Dobo, sin ser familia, vieron sus destinos unidos por la esclavitud y el capricho de la familia más poderosa de España.
Tras las quejas del gobierno británico, la familia real española abandonó el tráfico de esclavos. El coronel Parejo siguió participando en los negocios reales, sobre todo adquiriendo ingenios azucareros hasta que se constituyó con la participación real la empresa “La Gran Azucarera”, la mayor productora del mundo de la dulce manufactura del jugo de la caña . El destronamiento de la reina Isabel II, en 1868 tras la revolución de “La Gloriosa”, el fin efectivo de la esclavitud en Cuba a finales de los ochenta y la crisis económica de la década de los noventa, que hizo caer el precio del azúcar hasta mínimos históricos, fueron causas suficientes para que los negocios de los Muñoz-Borbón cesaran en la perla de las Antillas. Mientras, el Duque de Riánsares, acrecentaba su fortuna y la de los Borbones con la adquisición de minas de carbón en Asturias, adquirió la compañía del Ferrocarril de Sama a Langreo, montó en su pueblo, Tarancón, una yeguada que podía considerarse  la más importante de España, patrocinó periodicos y periodistas, pagó a políticos y compró fincas y bienes inmuebles en Aranjuez, Tarancón, Asturias, Carabanchel, en el moderno barrio madrileño de Salamanca,  y en otros lugares de Francia, Italia, Inglaterra y Cuba, entre otros.
A la muerte del coronel Parejo, su viuda gastó una suma indecente de dinero en magnificar el funeral, aunque las voces y los chistes habaneros se habían dividido. Para algunos, debía aportar al menos 20.000 pesos de oro para sacarlo del purgatorio; sin embargo eran más los aseguraban, que ni todo el oro de américa era capaz de rescatar al negrero del infierno; Parejo no dejaba de ser un comerciante de personas, de seres humanos, a pesar de la protección, el beneplácito y el beneficio de la muy cristiana reina regente María Cristina de Borbón.
La reina Isabel II, la “de los tristes destinos», se casó con un pelele bobalicón, primo hermano suyo. Influenciada por algunos personajes de la corte, como el Padre Claret y Sor Patrocinio, retratados magistralmente por Valle Inclán en su obra “La corte de los Milagros”, donde el esperpento y lo grotesco dan cuenta de la decadencia de España. Isabel II se dedicaba a aparearse con todo el que aparecía por el palacio real  y a interferir en los asuntos públicos (incluso llegó a postularse como presidenta del Gobierno). A Gustavo Adolfo Bécquer, poeta romántico, y a su hermano Valeriano, gran dibujante y pintor, se les asigna la autoría material de un álbum panfletario con 89 acuarelas satíricas, con escenas desvergonzadas, insolentes, incluso indecorosas, si no fuera por su carácter burlesco; en la mayoría de los dibujos, como un cómic de la época, se ridiculizan las orgías y las orientaciones o influencias sexuales en la corte de Isabel II. La obra titulada “Los Borbones en pelota”, y atribuida  aunque no de manera unánime a los hermanos Bécquer, es –al contrario de lo que suponíamos del poeta de las rimas y leyendas, romántico, católico y monárquico-, un ataque a la corrupción del clero, a la monarquía y a los políticos que la sustentaban. Resultó, como no podía ser menos, en medio de esa España pobre, atrasada, beata, caciquil y enferma, un escándalo de los grandes.

«Real Taller de construcción de príncipes. Se admiten operarios». Una de las acuarelas de la serie «Los Borbones en pelota»

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Seis generaciones después, la infanta  Maria Cristina de Borbón y Grecia, Duquesa de Palma, retiene en su adn la herencia de las dos hijas de la otra María Cristina, la reina gobernadora,  al mezclarse su linaje en la descendencia del matrimonio de su abuelo [María Cristina, Isabel II, Alfonso XII, Alfonso XIII, D. Juan de Borbón y Don Juan Carlos I de Borbón], y de su abuela [María Cristina, María Luisa Fernanda de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, Princesa María Isabel de Orleáns, Princesa Luisa de Orleans, Dña. Mercedes de Borbón-Dos Sicilias y Orleáns y D. Juan Carlos I de Borbón].

Don Juan de Borbón fue aspirante al trono de España en tanto Francisco Franco dictaba los destinos de este país. Uno de los hijos de ese mantrimonio es el actual rey,  protagonista de la reinstauración de la monarquía tras el ordeno y muero, eso sí, del generalísimo, todo hay que decirlo. Una de sus hijas, María Cristina, se casó igualmente en matrimonio morganático con Iñaki Urdangarín, un deportista vasco de renombre mundial. Tras la boda, obtuvo el título de Duque de Palma de Mallorca. Desde entonces se ha dedicado, entre otras cosas, [presuntamente todo] a negocios ilícitos, a amañar concursos públicos, a cobrar con disimulo de las administraciones públicas, al tráfico de influencias, a evadir impuestos a paraísos fiscales a través de fundaciones  «fantasma», oenegés infantiles como «tapaderas». Y a vivir «como reyes» en la capital de los Estados Unidos  representando, y cobrando lo suyo y lo que no es suyo, de empresas como Telefónica o La Caixa. En fin,…  España.

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La imagen inicial une los retratos de Fernando VII,  la Reina Gobernadora, María Cristina de Borbón y Agustín Fernando Muñoz Sánchez, Duque de Riánsares, al que se nombró de manera burlesca Fernando VIII. Si nos fijamos en la cara del Rey y en la del Duque, no había motivo para la duda en la elección  de María Cristina.

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BIBLIOGRAFIA:
  • BIBLIOGRAFIA sobre María Cristina, la reina Gobernadora. BVMC
  • CUBA. LA LUCHA POR LA LIBERTAD. Hugh Thomas. Editorial Debate. Edición revisada . Barcelona 2011.
  • ISABEL II. LOS ESPEJOS DE LA REINA. Varios Autores. Edición de Juan Sisinio Pérez Garzón. Marcial Pons  Historia. Madrid 2004. En internet
  • EL PUEBLO. SEMANARIO SOCIAL Y AGRARIO. Orihuela, 28 de diciembre de 1892. Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. En internet.
  • LOS BORBONES EN PELOTA. Gustavo Adolfo Y Valeriano Bécquer. El Museo Universal. Madrid 1991.
  • LA DE LOS TRISTES DESTINOS.  Benito Pérez Galdós. Leer en internet.
  • LA CORTE DE LOS MILAGROS. Ramón María del Valle Inclán. Espasa-Calpe 2007.
  • WIKIPEDIA. Con distintas búsquedas; Fernando VII, María Cristina de Borbón, Isabel II, Duque de Riánsares, etc..
  • EL BLOG DE MAYORGA. La vida del Duque de Riánsares.