Francisco de Moya, vecino de Getafe en el primer tercio del siglo XVIII,  tenía nueve hijos vivos, cinco varones y cuatro hembras. El bueno de Paco, al que apenas le daban las tierras para alimentar tanta boca, supo de alguna manera que además de los hidalgos de sangre que mantenían magros privilegios, estaban los hidalgos de bragueta. Y él, si se atendía solo a eso, tenía un noble entre las piernas, un auténtico y duro hidalgo, él era un semental getafense. Sin embargo, para acceder a los privilegios no era suficiente con haber hecho parir a la mujer nueve hijos vivos, además de los cuatro o cinco que murieron a causa de las muchas penalidades y enfermedades. Era necesario que fueran siete los hijos varones, consecutivos y de un solo matrimonio. Las hembras no valían; aunque sus hijas cocinaran, limpiaran, segaran y, llegado el caso, condujeran la carreta con la yunta de bueyes o de acémilas mientras sus hermanos roturaban los yermos parajes de Santa Quiteria o en la ‘tierra grande de San Marcos‘..

¿Pero porqué? ¿Qué norma era aquella que dejaba a las mujeres sin valor?

La condición de hidalguía era muy apetecible pues libraba a los afortunados de las condenas que pesaban sobre el pueblo llano, las ‘pechas’ y trabajos concejiles [plantación de árboles, limpieza de arroyos, y otros que dictaban los numerosos inspectores y ‘visitadores’ reales]. Además, durante la reciente guerra de sucesión, fue constante el trajín, las  idas y venidas, de los dos ejércitos contendientes; uno a favor de Felipe V y otro en contra. Unos para arriba y otros para abajo. Y los pobres, pagando las consecuencias. Doce años de contienda era muchos. Durante los desplazamientos, sea en Getafe, o en cualquier otro pueblo, los mandos, los oficiales y los soldados debían recibir aposento en los edificios públicos y en las casas de los vecinos. Salvo que  la sangre o la hidalguía adquirida lo evitaran. Imagina, lector, dos sargentos de las tropas francesas, o de las austracistas, cohabitando un tiempo indeterminado con sus cuatro mozuelas…

En 1734, Francisco de Moya se armó de valor y requirió el testimonio del escribano municipal para acreditar la abultada descendencia;  y con ese ‘certificado’ mandó un escrito a la corte solicitando al rey Felipe V la exención de contribuciones y cargas concejiles en base a la presunta hidalguía conseguida en la cama; Paco no se atrevió a subrayar, además, que casi todo el mérito era de su mujer, aunque desgraciadamente no tenemos el dato para concederle, al menos, un momento de fugaz fama digital.

La respuesta del rey no tardó en llegar. El 14 de diciembre de 1734, se expidió la real carta que literalmente decía: «Por lo cual queremos  y mandamos que mediante ha constatado que el dicho Francisco Moya de Marcha tiene los dichos nueve hijos vivos, los cinco varones y las cuatro hembras, sea libre y exento por todos los días de su vida de cargas y oficios concejiles, cobranzas, huéspedes, soldados y oros, y aunque después le falte alguno de sus hijos o hijas es nuestra voluntad se le continúen las exenciones referidas y por los día de su vida. Y lo cumpliréis pena de nuestra merced [multa real] de 30.000 maravedies para nuestra Cámara».

Los alcaldes y la justicia de Getafe acataron lo dispuesto por Su Majestad y otorgaron a su prolífico convecino las exenciones que había recibido de la real mano. No era grato pues las poblaciones pechaban en proporción al número de vecinos y las exenciones de los  hidalgos debía ser asumida por el resto. Pero a Paco, eso, no le importaba. Otros vecinos pedía privilegios como la «exenciones del recién casado» por el que en los cuatro años siguientes, se eximía al protagonista de todos las cargas y oficios concejiles en el aniversario de boda para «favorecer la multiplicación». Se incentivaba la familia numerosa; ¡y de qué forma!

¿Pero fue realmente el rey el que corrigió la norma? ¿Felipe V ‘aceptó’ que cuatro hembras valían lo mismo que dos varones? El el año 1734, el primer rey de la casa Borbón, cumplía con su segundo reinado. Es el único monarca que ha reinado dos veces. A principios de 1724, igual que ahora Juan Carlos I, Felipe V abdicó la corona en favor de su hijo Luis I; un rey bastante desconocido que falleció prematuramente el 5 de septiembre de ese mismo año, dando lugar al reinado más efímero de la historia de España.

Así que Felipe V reinó dos veces. La primera como el original Felipe V, llamado ‘el animoso’ aunque el sobrenombre es algo ‘optimista’. Dice el refrán que segundas partes nunca fueron buenas. Y más, como en este caso, si el protagonista pierde a su hijo y heredero. Ya no volverá a ser el mismo. Algunos historiadores han visto la abdicación de Felipe V no solo guiada por motivos  religiosos sino por la depresión y la locura que le aquejó hasta el fin de sus día. El ‘Felipe V bis’ es, en su triste estado, un rey consorte. La reina, Isabel de Farnesio, hizo famosa a fuerza de usar la frase «el rey y yo» como eslogan de una monarquía dual.

Ahora, sí; todo [nos] cuadra. Somos «la reina y yo» los que consideramos que dos mujeres suman lo mismo que un varón; o dicho de otra manera y simplificando la fórmula, que una mujer vale lo que medio hombre. Y ya era, habrá que resignarse, un avance para su tiempo y para la mentalidad de una clase acostumbrada a la moda italiana, a los oropeles y al lujo. En el cuadro de la familia real que reproducimos, arriba en el balconcillo, se asoman los músicos, tocando quizás alguna pieza instrumental de Farinelli ‘il castratto‘ o, tal vez,  una romanza con la letra escrita por Metastasio, músico y poeta utilizados por la reina para ‘curar’ el alma del rey.

Si aún aplicáramos la misma regla, aplicada a la sucesión dinástica,  y  que en parte se mantiene, el rey  Juan Carlos I, `el cazador’  tuvo, primero, dos hijas, y luego un hijo. El mismo valor a la ecuación. Dos igual a uno. Y si todo fuera como debiera, la nueva reina sería Elena… ¿No? ¿Porqué no se ha corregido aún la ley sálica? El nuevo monarca, Felipe VI, tiene dos hijas hembras; Leonor, la Princesa de Asturias, y su hermana la infanta Sofía. ¿Sumarán uno también o serán, por fin, dos?

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IMÁGENES:

La familia de Felipe V. 1743. De Louis-Michel Van Loo. Museo del Prado. En el cuadro, pintado casi 20 años después de la muerte de Luis I,  aparece el rey Felipe V sentado junto a su segunda esposa Isabel de Farnesio; de pie está el príncipe de Asturias, Fernando VI, hijo del rey y de su primera esposa María Luisa Gabriela de Saboya; detrás su esposa, Barbara de Braganza y su hermana Maria Ana de Victoria, princesa de Brasil. La reina está rodeada de sus hijos el infante cardenal Luis de Borbón y Felipe, duque de Parma junto a su esposa Luisa Isabel de Borbón (hija de Luis XV). Al lado están las infantas María Teresa, casada con el ‘delfín’ de Francia, y María Antonia Fernanda,  más tarde reina de Cerdeña. Cierran el grupo, a la derecha, el futuro Carlos III,  y su esposa María Amalia de Sajonia.
En primer término, juegan con un perro, las infantitas Isabel, hija de los duques de Parma, y María Isabel, hija de Carlos III. El parecido de una de ellas con el perro es extraordinario. Siempre se ha dicho, aunque el can sea un can real, y la niña infanta de España.

BIBLIOGRAFÍA:


El Getafe del siglo XVIII. José Fariña Jamardo.
Museo del Prado. 
De los elogios a Felipe V. Ricardo García Cárcel.
Wikipedia.