La fotografía es prueba suficiente para salvar a ZP, y comprobar que un café puede costar en Europa, aún, menos de los ochenta céntimos famosos que, según cree el presidente del gobierno de España, vale un café en un bar; y menos todavía que los setenta y dos que vale en el Congreso de los Diputados, ejemplo con el que ha querido disimular su ausencia, su distanciamiento del pueblo, y con el que pretende justificarse el muy gorrón. A menos de cien kilómetros de España, en la terraza de la encantadora plaza de la República de la turística ciudad portuguesa de Tavira, un café cuesta sólo sesenta céntimos. ¡Qué atraso el de los portugueses éstos! ¡Tienen los mismos precios que España antes de la entrada en vigor del euro! Un café, cien pesetas.

Si ZP estima el coste de las hipotecas que cuelgan del pescuezo de los españoles lo mismo que calcula el coste de un café o lo que pagamos por un litro de diésel, seguro que iremos, todos, a la ruina sin que se entere el gobierno. España va bien, sigue yendo bien, igual que antes, para los de siempre; los bancos, los políticos y los que juegan al «monopoly» con las casitas o con «endesas», arquetipos ejemplares del nuevo capitalismo ibérico. Menos mal que nos queda Portugal.