Anduvo como alma en pena desde que el doctorcito aquel le dijo que tenía un problema en el corazón. Desde que era un niño notaba que tenía un órgano fuerte e insensible, a prueba de penas. Nunca pensó en la posibilidad de retirarse y dedicarse a dar paseos de jubilado como había hecho recientemente uno de sus socios. Sin embargo los datos del galeno parecían indicar que empezaba a ser el momento.

Los excesos le había producido una lesión irreversible. Tenía una válvula hecha una mierda. La vida pública, el alcohol, el tabaco, el viagra y, sobre todo, la edad, le habían afectado al funcionamiento de una parte de la máquina del corazón. Recordó las interminables juergas y las noches de putas. Debía ser intervenido quirúrgicamente a causa de la buena vida que se había dado. Nunca había sufrido por el trabajo excesivo, ni por los avatares sentimentales. Las dos mujeres más cercanas a su vida, su madre y su mujer, murieron en un intervalo de mes y pico; lo que se dice una cabronada de invierno. Y ni una sóla lágrima brotó de sus ojos. Los que mejor le conocen dicen que tiene el corazón duro y frío como el pedernal.

Desde la cama del hospital escuchó perplejo al matasanos. El cuento de la lechera se acabó. Desde que entró en la fábrica, pletórico de ideales cristianos y socialistas, habían pasado muchos años. Y muchas historias. Entonces, ni siquiera podía soñar con una posición económica y social como la que tiene y que deja a su descendencia. Primero un chalecito, un local, un bungalow en la playa, un terrenito. Y otro. Y otro … Un millón. Y otro. Y otro…

De su paso por la vida pública había sacado la posibilidad de montar una trama de empresas con la frialdad típica del que no tiene nada, del que alarga la mano para quedarse con lo que está a su alcance, o pasa junto a él, con la certidumbre que el mundo está repleto de placeres para el osado y, coño, está más claro que el agua, dios ayuda al que se ayuda a sí mismo. Hoy su fortuna asciende a cientos de millones de euros. Bonito, jodidamente bonito para un ex cargo público socialista hacerse rico, a costa de los pobres como siempre, incluso de los pobres ricos; no hay otra forma.

Hasta los que son sus amigos le han acusado de falta de ética, y los que no lo son, de indecencia, de información privilegida, de enriquecimiento inmoral, de ser un chorizo y de otras cuantas cosillas que cualquiera, sobre todo él y sus socios, podrían disculpar. Cree el ladrón que todos son de su condición. Ya se sabe que los que están, están por algo, por eso mismo.., -«ya me gustaría ver qué harían, esos que me critican, en mi lugar…»

Nuestro personaje se ha convertido en el más rico del lugar. Una especie de capo del ladrillo y los terrenos urbanizables. Sin embargo, no podrá seguir exhibiendo su carné de hombre íntegro, cabal e inteligente. El prestigio se hizo fama y la honra del listillo murió en las mesas de los despachos donde se reparte el bacalao, en las cuentas corrientes y en la actividad de las empresas que, de forma tumultuosa constituyó, acrecentando el capital social de forma vertiginosa, en escandalosa progresión geométrica, a costa del patrimonio de todos y que, finalmente, acabó turbia y reflejada en el papel prensa, manchada por la tinta acusadora de los malditos periodistas.

Cuando el cirujano abrió el pecho del paciente se quedó helado. El corazón se había endurecido con sucesivas costras hasta convertirse totalmente en una piedra. La válvula, efectivamente estaba hecha una mierda. Este paciente se ha pasado de la raya. El facultativo pidió a su ayudante que le acercara una radial, una taladradora y una pequeña tubería de fibrocemento. Y pegamento especial para materiales cerámicos. Tras realizar con éxito la chapuza, el doctor le cerró el torax. La sangre volvía a fluir sin problemas. Cuando el paciente despertó de la anestesia el doctor sólo le dijo que la operación, por suerte, había sido un éxito.
Se ha realizado la operación de manera satisfactoria. Hemos sustituido la válvula por una adecuada para que su corazón no la rechace. A juego. Si quiere usted, puede seguir con su ritmo de vida, tiene usted el corazón de piedra…- Creyó en ese momento que el cirujano quería hacerse el gracioso como ese doctor House de la televisión- Lástima de los que estén a su lado. ¿Alguna vez ha sentido piedad por algo o por alguien? ¿Alguna vez le ha dolido el corazón? ¿Alguna vez ha llorado? El médico le miró con lástima.
Entonces, pensó en su madre; y en su mujer. Aseguran, -las malas lenguas-, que no soltó ni siquiera una lágrima. Pero sí, sí, joder,… había llorado una vez; recordó el día que le llamaron al despacho de su ahora poderosa empresa los antiguos compañeros del sindicato de la fábrica. Habían leído en un periódico su rápido y fulgurante enriquecimiento. -¿Eso que se ha publicado es verdad? Eres un …-, el tono severo y recriminador de los viejos colegas le agrió las facciones de la cara y dos gotitas de líquido salado corrieron por sus mejillas.

El muy gilipollas creyó que había llorado; por su prestigio, por el qué dirán… Pero, no, el líquido tan sólo era el resultado de la secrección que produjo la ira al estrechar el globo ocular. Puro zumo de ojo. Nada de pena. El corazón no había podido transmitir nunca dolor, ni siquiera vergüenza. Hijoeputas de periodistas…

¿Qué paso con el socialismo que propugnaba la juventud? ¿Qué pasó con los ideales de justicia, de igualdad y de solidaridad? El tiempo había convertido al viejo en un zoquete, en un ser duro, de mente fría, y con el corazón inerte. Ahora, todo eso le importa un comino, o menos todavía. Nada.

Tras la visita del cirujano, conectó el móvil, y siguió, todavía postrado en la cama del hospital, regentando sus empresas, dirigiendo a sus empleados, asesorando a su cohorte de pelotas, acrecentando, más y más, su fortuna. Él no era como su socio. Él tenía un corazón de piedra.

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Publicado con el pseudónimo de Pepito A. Serrín en el blog Getafe Exprés