No quisiera intentar siquiera una alabanza a secas sobre el hombre muerto. Ni caer en la trampa que nos tiende esa última visitante que todos tendremos. Sólo el apunte de dos notas incrustadas en mi memoria; una al principio y otra al final de lo que apenas he podido disfrutar, a fuerza de ser sincero, más allá del vértigo que nos encamina un día si y otro también a pasar de forma superficial por gentes como Domingo Gil.

Era Domingo un hombre, esencialmente, un hombre bueno; más allá de sus múltiples facetas: buen pintor, escultor a secas, desastroso político, contertulio fabuloso o narrador prolijo, era un personaje «lanziano». Un raro entre los raros, un viejo entre los jóvenes y un joven entre los viejos que han dibujado la historia local de las últimas décadas en Getafe.

Hace 25 años, desde las grutas de la cultura no oficial, animaba una de las más famosas «tertulias» de aquél tiempo. La Asociación de Amigos de Getafe y de Silverio Lanza nacía de la mano de dos de nuestros más queridos amigos (Emilio García y José Luis Vázquez) y el aliento inagotable de Domingo Gil. Eran tiempos de librería «progre» y vino manchego en garrafa.

Es de aquel año 1981 –quizás finales- que, entre charlas interminables, ediciones de libros y proyectos sin fin, datan mis primeros recuerdos de sus tremendas patillas. La dedicatoria de su puño y letra en la solapa de un libro de Silverio Lanza venía atribuirme (de forma excesiva) alguna cualidad condicionada al futuro; ¡que ateo más creyente! Percepción sutil que le dictaba su olfato de artista y esa experiencia de la que siempre hizo gala. ¡Que lejos quedan aquellos años del pasado en los que el porvenir escondía sus veleidades como criatura ligera e inconstante!

Al fin, la muerte ha cortado, esa cuerda que separaba su destino y el nuestro. Un largo periodo de tiempo útil para la charla siempre amena y casi pedagógica; la política partidista, como instrumento (casi siempre inútil); la ideología, como apoyo firme de su búsqueda; el arte como destino final; el amor y la amistad como arma permanente.

La última vez que hable con él ya había descubierto su ciudad utópica. Él me transmitió su condición de enfermo, su irremediable camino sin retorno y con la serenidad del que se reconoce como habitante de ese pueblo, invisible para la mayoría de nosotros, alargó su charla con historias sobre su pueblo natal, allá en Extremadura, su querida familia, los bustos en los que estaba trabajando en su taller de artista, o sobre el pensamiento de su más admirado maestro «el viejo profesor» y alcalde de Madrid, Enrique Tierno.

Su «ciudad imaginaria» era el resultado de la utopía que siempre le mantuvo erguido. La misma que le separó de la política y le acercó definitivamente al arte y a la gente. A la personas.
Viva por siempre en nuestro recuerdo, …en la memoria de los que aún siguen dando vueltas «sin explotar en algo estupendo».


Artículo en memoria de Domingo Gil, artista extremeño afincado en Getafe y fallecido en septiembre de 2003. Domingo realizó algunos bocetos de grupos escultóricos. La ilustración que encabeza la página era un proyecto para el salón del plenos del Ayuntamiento de GetafeAlgunas de sus esculturas se pueden ver en las calles de Getafe; la de la izquierda representa al primer obispo de la diócesis de Getafe, Fernández-Golfín y está ubicada en la plaza de la Magdalena. Otras están dedicadas a personajes de Getafe como el Doctor Martín Navarro, el Cronista de la Villa Manuel de la Peña, el alcalde Ángel Arroyo o el poeta y director del Centro Municipal de Cultura Andrés García Madrid.
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Getafe Capital del Sur