Desde las últimas elecciones europeas, España vive en una especie de estado de excepción y convulsión política permanente. Los síntomas nos dirigen hacia la perspectiva de un nuevo orden, aunque ello no suponga ni por asomo una revolución. A pesar de la irrupción de Podemos o de Ciudadanos no hay indicios de nuevos proyectos cargados ideológicamente. Solo disfraz y maquillaje. Nada nuevo bajo el sol: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie». La irrupción de nuevas opciones, entre las que destaca la de Pablo Iglesiasy sus acólitos, no es algo que pueda catalogarse de novedoso en política. El siglo XIX y el XX están llenos de ejemplos parecidos.

La irrupción de esta opción política, a la que hay que sumar la del partido de Albert Rivera, deberíamos catalogarla como ‘gatopardiana’ aunque no se hable de clases sociales sino, quizás, de un necesario relevo generacional en la clase política. Los partidos emergentes gracias al cansancio de la ciudadanía con ‘el más de lo mismo’ que durante décadas han protagonizado el PP, por un lado, y PSOE e IU, por el otro. El llamado ‘régimen del 78′ solo está en peligro en cuanto a los protagonistas. Hay que hacer, cinematográficamente hablando, un ‘remake’. Nadie parece estar en la disposición patriótica de levantarse y gritar. ¡Españoles,… España no existe; reconstruyámosla!. Hace falta una España sin corrupción, sin candidaturas de unidad popular como aglutinantes del frente, de la lucha a muerte contra el adversario, reminiscencia de los peores enfrentamientos fratricidas. Una España capaz de afrontar los problemas de los españoles y no solo los de sus políticos o sus bancos.

Pablo Iglesias inició un camino presuntamente revolucionario, heredado del descontento social y del batiburrillo juvenil de los movimientos del 15M. Sin embargo, en la práctica, para acceder al poder, con su viaje necesario al centro, sólo propone alterar la parte superficial de las estructuras de poder, —como una pátina de pintura renovadora—, aunque conservando las mismas estructuras. Después, en caso de acceder al poder podría ser diferente, pero peor. Políticamente, ya está inventado: lo diseñaron Felipe González y Alfonso Guerra en 1974 durante el Congreso del PSOE celebrado en Suresnes, con un partido aún en el exilio, y que se anticipaba certeramente a la llamada ‘transición democrática’.

Para ello el partido de Pablo Iglesias, apenas un movimiento en ciernes, disgregado y desestructurado, cuenta con los mismos mimbres humanos que había antes de su ascensión a los altares de las encuestas y previsiones de futuro, sujeto a todas las debilidades y coruptelas de cualquier grupo humano. Ellos mismos, a pesar de su número reducido y del escaso poder que ostentan aún, son protagonistas de los mismos pecados que la casta, ese enemigo invisible que se mueve y se instala entre los políticos con la misma facilidad que el virus de la gripe. Tráfico de influencias, financiación ilegal, falta de transparencia. Como la ministra y exmujer del alcalde Pozuelo, que no sabía que el jaguar de su marido era un regalo, Tania Sánchez desconocía que su hermano era el adjudicatario de suculentos contratos públicos en el Ayuntamiento de Rivas que controlaba IU y su propio padres. Total, hay que estar o ser tan despistada o tener la cara más grande que la espalad. Ana Mato y Tania Sánchez están unidas por el mismo virus, con sus estornudos y su fiebre, gracias a la miopía simulada y la desfachatez.

El novelista Jean-Baptiste Alphonse Karr, editor de la revista satírica Les Guêpes (Las avispas) escribió en 1849 una de esas frases famosas, precursora de la idea’lampedusista’: «Plus ça change, plus c’est la même chose» (Cuanto más cambia algo, más se parece a lo mismo). Los españoles decidirán con sus votos en las próximas convocatorias electores el cambio que quieren y que permite el sistema. Todo parece indicar que el resultado sea, finalmente, la misma cosa. Aunque no es inane la llamada a las conciencias que se produjo con los movimientos del 15M y que ha cristalizado en su beneficio una nueva casta o secta de revolucionarios, descartada su pureza y la honradez de todos sus miembros —por pura lógica—, inexistente su convicción democrática y con unas promesas imposibles de ejecutar en su mayoría.

Esa llamada de atención, lanzada por la urgencia de la crisis, en cuanto a la corrupción galopante que convive con el aumento de la pobreza, las dificultades de los ciudadanos en contra de las facilidades para rescatar bancos, los desahucios de aquellos a los que las entidades financieras animaron a todo y más, contra los recortes sanitarios o educativos, han levantado ampollas en todas las capas sociales y ha obligado a los partidos políticos establecidos en las estructuras del estado a dar muestras aunque de momento sean simbólicas contra el latrocinio de los bienes públicos, el robo y el desfalco de las administraciones. Ningún grupo está exento de engordar, de inflar el censo de afiliados con chorizos, chaqueteros, camaleones ideológicos… Corren los arribistas para colarse en el ‘caballo de troya’ que podría conquistar el poder.

La necesidad de los llamados partidos tradicionales, PP y PSOE, de ‘tomar medidas’ ante la opinión pública en los casos más flagrantes y manifiestos que pueblan el universo corrupto de la política española —no ya para prevenir su aparición— ha servido, además, para liquidar antiguas deudas, desafectos, diferencias políticas y antipatías personales. No diremos que ha tenido un efecto contagio porque sería incierto. Lo que se produce son respuestas reflejas, espontáneas, casi automáticas. Si PSOE defenestra al jefe de la oposición en la Comunidad de Madrid, Tomás Gómez, no por el tranvía, sino porque no es amigo ni cuenta con el apoyo político de Pedro Sánchez, el PP no se queda corto: liquida de un ‘hachazo’ al mismísimo presidente de la Comunidad de Madrid. Y con el mismo argumento e idéntica maniobra. El primero tras aparecer en varias ediciones de El País como responsable de la quiebra económica y política del Ayuntamiento de Parla; el segundo, tras la misma treta pseudoperiodística; El Mundo rescata el antiguo ‘caso del ático’ y González se transforma, sin hacerse público, en un cadáver político, que posiblemente pasará a ‘mejor vida’. El ‘dedo divino’ de Rajoy lo ha mandado al hades de los políticos en activo.

Para enviar a la ciudadanía el mensaje de renovación el PSOE desarticula la estructura de poder de Tomás Gómez con una gestora administrada por antiguos cadáveres políticos; y el PP, casi lo hace también con Esperanza Aguirre. El caso es que Aguirre es mucha Aguirre para el ‘estafermo’ Rajoy —como diría Pedro J. Ramírez— incluso parapetado tras poder que ostenta en el gobierno de la nación y el Partido Popular. Ambos partidos, PSOE y PP, —asustados por el auge de Podemos y Ciudadanos, han designado a dedo, olvidándose de la democracia interna, a los nuevos candidatos. El primero a Gabilondo que, aunque refrendado en un simulacro de referéndum, no cuenta con el suficiente respaldo; ni siquiera de sus compañero de partido. En Getafe, Gabilondo fue legitimado por 84 votos contra 3 de Zerolo. Apenas un 15 por ciento de los militantes se ‘mojaron’ en ese fraude democrático. En el PP, ni siquiera eso. Ordeno y mando. Se trata de acaparar el poder recurriendo incluso al fraude politico y electoral bajo una apariencia democrática en previsión de los malos tiempos que se avecinan. La pelea entre Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy no ha terminado. El siguiente asalto, tras las municipales; quizás el último y definitivo, tras las próximas generales. Rajoy también podría salir con los pies por delante. El PP necesita la regeneración y la renovación regeneracional que propone, a primera vista, Ciudadanos.

Faltan por ajustar algunos flecos en muchos lugares como es el caso de Parla. Tras el alboroto producido por el encarcelamiento del alcalde José María Fraile, el nombramiento de la actual alcaldesa, Beatriz Arceredillo, sin el consentimiento ni la aceptación de sus compañeros de la Agrupación Socialista de Parla ni del Secretario General del PSM, se produce el efecto vacío. Desaparecido, y casi sin esquela, el malogrado Tomás Gómez, Arceredillo campa a sus anchas con la gestora regional designada por el jefe supremo, aspirando a la designación como candidata, mientras el que fue elegido en primarias, Pablo Sánchez, está amenazado por otro ‘dedo divino, en este caso el de Simancas, si no da un paso atrás. Siempre hay un dedo apuntando al destino de los de abajo aunque algunos clamen que ‘atrás ni para coger impulso’. Pero es solo de boquilla, para la galería. Algo parecido, o lo contrario, según se mire pasa en Leganés. El que parecía difunto (políticamente hablando), ahora ha resucitado por obra y gracia de las rocambolescas decisiones de los políticos. Aparece, aunque sea en la imaginación, la posibilidad de regresar; y con todas las consecuencias.

Dentro del estado de excepción que manifiesta la política española, quizás solo comparable a la producida por el desastre del 98, destacan igualmente la convulsa y agonizante disolución de Izquierda Unida y del que hace poco tiempo era el proyecto emergente de UPyD, la marea magenta de Rosa Díez, hoy pálida y desvaída. Es el fin de la preponderancia —y alternancia—de los partidos del ‘ancienne régime’. Los nacionalistas, sobre todo en Cataluña, está en proceso de descomposición y anticipando su propia metamorfosis o evolución. No es el fin del bipartidismo: solo transmutan las gentes hacia colores, banderas y emblemas distintos aunque con el mismo trasfondo ideológico.

Izquierda Unida es el prototipo o paradigma de grupo en desbandada, huyendo del peligro y del desastre de perder los pocos espacios de poder que ostentan. Son pequeños grupos, que en algunos casos podrían no ser capaces de completar las listas de candidatos sin recurrir al relleno insulso e insolvente de familiares, amiguetes y candidatos ‘fantasmas’ de otros municipios. Podemos, que se divisó inicialmente como el enemigo cercano, el ‘caballo de troya’ diseñado para su rendición, ha provocado la guerra sin cuartel, la escisión y la victoria del troskismo contra los socialdemócratas, leninistas o estalinista que componen la escasa tropa de IU. Mientras unos se han parapetado tras los muros de la coalición y las banderas rojiverdes, otros se han lanzado a la calle para ‘confluir’ o disolverse en el proyecto indefinido y disperso de Podemos. Los que han ganado en Getafe critican a IU de la Comunidad de Madrid y se alinean con el federal; los que han ganado en Leganés, se alinean con IU Madrid en contra de la federación del estado. IU Getafe quiere converger con Por Getafe; pero en Leganés no; los criticos de IU Leganés se presentan como Leganemos. Y así, en todos los pueblos. Es de locos. Lo peor del asunto es que solo está en juego el poder por el poder. No existe, apenas, representación social. Quince personas deciden quién es el candidato y quién, según las encuestas, será concejal con sueldo y ocupación. Compañero contra compañero, camarada contra camarada.

El el caso del partido de Rosa Díez, UPyD, ni siquiera eso. Son menos que los de Izquierda Unida y con un proyecto político fallido. Y no por su falta de convicciones o de programa. Solo por su estructura personalista y presidencialista ¡Como recuerda la marea magenta al verde CDS de Adolfo Suárez!

Sin embargo, el déficit democrático provocado por la inercia del sistema basado en la delegación absoluta de las decisiones a los grupos políticos y a los clanes que los controlan en cada momento. La falta de democracia interna de los partidos, como estructuras, que acceden al poder es una brecha que se antoja insalvable; a la apatía de los ciudadanos se une el desinterés de los políticos por ponerse cinchas. Los ciudadanos, en general, quieren que los políticos o los gestores de las administraciones lo hagan —como dice el eslogan de Juan Soler— con eficacia y honradez; mejores servicios y que sus impuestos se aquilaten. Evitar los dispendios y los gastos inútiles.

Hay que constatar que la mayoría de los candidatos que pretenden representarnos en las instituciones están avalados por una triste y escasa participación ciudadana. El candidato socialista a la alcaldía de Leganés fue ‘aclamado’ con 223 votos, apenas un 30 por ciento de los militantes del partido socialista en el municipio. Y en ese mismo rango, el resto de candidatos que se han sometido a escrutinio interno o que han dirimido en primarias las secretarías generales de IU, UPyD, PSOE o Podemos. 200 personas cuando más, a veces solo treinta, deciden tres, cuatro u ocho concejales. Si hay problemas en la sociedad, la culpa no es exclusivamente de los políticos, —ninguno de ellos ha venido de otro planeta—, sino de toda la sociedad. Si los ciudadanos no se implican, en algo más que votar cada cuatro años, esos pocos decidirán por todos. Y no querrán llevar hasta el final el cambio que la sociedad precisa.