Durante su primera consulta, el psicólogo le pidió a mi hijo de cuatro años que pintara un castillo. La torre del homenaje y las almenas, como los dientes de un viejo, desbordaron el papel. Exceso de confianza y autoestima, -diagnosticó de un simple vistazo, «se sale de los márgenes establecidos. Es preciso fijarle con claridad los topes o límites, la linea divisoria que no se debe traspasar… las.. »

—Dame el dibujo, -le exigió con autoridad el doctor, —dámelo.

-No. El dibujo es mío, -le contestó el niño, alejando su creación de las manos del especialista mientras empezaba a refunfuñar, como amenaza de que aquel asunto podría acabar, sin lugar a dudas, en una de sus escandalosas “perras”.

—¿Ha visto? Está comprobado, —me interpeló el doctor con un cierto tono de reproche— de vez en cuando, el mejor remedio, aunque parezca mentira, es un azote a tiempo. ¿Qué piensa de la actitud que acaba de mostrar el niño?, —volvió a requerir el terapeuta fijando su mirada introspectiva en mí.

—Pues, que… la criatura tiene razón. El dibujo lo ha pintado él. Es suyo.

El terapeuta mostró con un gesto ambiguo una cierta decepción ante mi respuesta, a su parecer errónea. Un silencio fugaz, casi imperceptible, resolvió la consulta y nos despedimos hasta la siguiente cita.

Desde entonces, nunca más volví a la consulta de aquel psicólogo.