Desde hace ya bastante tiempo los ecologistas o «verdes» han dejado de incluirse en la categoría de raros y revolucionarios. En los periódicos nos abruman con el cambio climático. El presentador del noticiario nos apremia; cualquier político que se precie ha de convertirse en caballero «andante» contra el calentamiento global del planeta, abanderado de la eficiencia energética y la sostenibilidad [con primo o sin primo]. En nuestras casas, convencidos de su importancia, separamos en cuatro compartimentos el papel, los envases, el cristal y la materia orgánica. Vigilamos la gota que se escapa inútil del grifo, las pilas, los aceites usados, … Ya somos casi ecologistas. El mundo no aguanta más…

Seguimos, sin embargo, comprando de forma compulsiva, «irresponsable» y desmesurada, sin apenas prestar atención a la cantidad de envoltorios, cartones y bolsas que llenan el carrito del supermercado. Gastamos un exceso de dinero en envoltorios, pura máscara publicitaria que sólo vale para, además de hacer el producto más costoso, separar y tirar. Y vuelta a empezar. Hace falta reciclar; pero también hace falta que la industria considere la posibilidad de escatimar continente. Es más barato y ecológico al ahorrar manufacturas como el papel, el cartón y el plástico que deterioran el medio ambiente y consumen energía y contaminan más al aumentar el volumen de transporte.

Las naciones, con sus gobiernos al frente, también han empezado a colocarse etiquetas y medallas. ¡Qué país más concienciado con el medio ambiente! Recientemente, en la cumbre de Bali, Noruega ha anunciado su intención de tender en los próximos años al anhelado balance [que no límite] «cero emisiones de ceodos» (CO2). ¡Qué maravilla! Un país lleno de fantásticos bosques, lagos y fiordos, un país sin contaminación. Pero, claro, es mentira. Falso. Propaganda nórdica. Noruega es uno de los países productores de petróleo más importantes, dependiente económicamente de su venta. No pertenece a la OPEP, pero asiste a las reuniones de esta organización como observador. El petróleo, la gasolina y otros derivados suponen más de un tercio de las exportaciones noruegas. ¿De qué presumen los noruegos? La mitad de la península escandinava es, suponemos, un lugar limpio, idílico, sin emisiones que pagan y mantienen con lo que contaminan en otras partes del mundo. Cuanto más lejos mejor.

La construcción y la edificación están en el punto de mira de todos los estamentos preocupados por la sostenibilidad. El nuevo código técnico de la edificación que ha entrado en vigor recientemente en España ahonda sobre aspectos cada vez más necesarios como los aislamientos, la eficiencia energética, la implantación de energía renovables, etc… Tendemos hacia la ciudad ecológica.

Y como no podía ser menos, nuestro arquitecto estrella, el elegido por el Ayuntamiento de Getafe para que diseñe el futuro museo de la aviación, Norman Foster, vuela de punta a punta del mundo esbozando y diseñando lo que él y su equipo piensan que serán los edificios y las ciudades en el futuro. La ciudad ecológica de Norman Foster se ha proyectado para ser construida en Abu Dhabi, el mayor de los Emiratos Árabes y estará ubicada en medio de la nada, en pleno desierto. Alucinen ustedes queridos lectores. Eso es sostenibilidad y los demás, monsergas. Se llamará Masdar (la fuente, en árabe), no tendrá coches y se abastecerá de energías renovables.

Primero se construirá una gran planta de energía solar para utilizar sólo esta fuente durante la construcción de la ciudad modelo. Luego se urbanizará y edificará absteniéndose de utilizar para nada el carbono. ¡La primera ciudad sin carbono! Los edificios con un máximo de cinco alturas [por fin estamos de acuerdo en algo] no estarán nunca a más de 200 metros del transporte público [y no son camellos, son trenes ligeros como el de Parla].

Una ciudad refrigerada por métodos naturales (?), que se nutrirá de agua procendente de desaladoras [¡qué ecológico es eso!; Foster se parece a Narbona] y se reciclará al cien por cien. Una ciudad en el desierto para cincuenta mil personas que estará lista, en su primera fase, a finales del año 2009 con una inversión inicial de 15.000 millones de dólares, una pequeña migaja si se compara con la inversión prevista en desarrollar la ciudad más rica del mundo. Masdar será parecida al nuevo barrio [ciudad] que el mismo arquitecto proyecta, junto a propietarios del suelo, en Perales del Río en cuanto a su extensión y al número de habitantes. Con el dinero que el jeque invertirá en su su sueño delirante, habría para desarrollar tres Perales del Río, incluso pagando el suelo a 240 euros el metro cuadrado de suelo bruto, urbanizando y construyendo con criterios de eficiencia energética. Y, por supuestos, con pingües beneficios para los promotores, el «clan de Perales».

Es sobrecogedora la actitud ecológica del jeque árabe que ha ensoñado semejante oasis. El paraíso está a la vuelta de la duna. Sin embargo, esa cantidad descomunal de recursos y dinero para no tener carbono ni residuos se financia, al igual que la lujosa, contaminada y agobiante Abu Dhabi, vendiendo hidrocarburos que se queman para producir energía, por supuesto, en otras partes del mundo, causantes del aumento de las emisiones del despreciado CO2 y culpables del calentamiento global. Pero en Masdar, la ciudad farisea, no habrá carbono, parte del icono químico de la vida y, a su vez, de la contaminación, la decadencia y la muerte del planteta. ¿o, no?
Entre las características de esa «utópica» ciudad que proyecta Foster en el desierto de Arabia, nos ha llamado la atención la limitación de las alturas de los edificios. Algo que en Madrid se debate y que muchos municipios, ya agotados urbanísticamente, consideran como la única salida para seguir con la construcción de viviendas. No mire al cielo señor alcalde. No hace mucho habíamos comentado la decisión de la Comunidad de Madrid de limitar el número de alturas en los nuevos desarrollos urbanísticos; nos parecía una buena medida, y nos lo sigue pareciendo aunque limite la capacidad urbanizadora y ladrillera de algunos políticos. La oposición al gobierno regional no piensa igual y achaca a esta norma la paralización de una cantidad ingente de urbanizaciones y casas en la región madrileña. Lo mejor sería que los municipios en ese supuesto se adapten a la norma. Para eso se hacen y se aprueban en los parlamentos, órganos supremos de la soberanía popular. Vamos, digo yo, que también hay normas con las que no comulgamos y que hemos de respetar. Así, por que así lo dice la ley. Hasta que se cambie.

Consólense los que no crean que la medida es buena para la urbe y el medio ambiente. También puede que tenga razón el contrincante. Hace falta pensar en la sostenibilidad, no sólo en el crecimiento; en la mejora de las redes urbanas existentes, no en la urbanización vertical. Pensemos que hay vida detrás del ladrillo y del hormigón; derribemos la idea de una burbuja en permanente crecimiento; soñemos con los bosques, con el agua, con ciudades sin contaminación, sin ruidos, limpias, tolerantes, amables; concibamos nuevos modelos de convivencia, de cultura, de ocio, participación, etc…