Cada concejal de urbanismo que ha ejercido como tal en el Ayuntamiento de Getafe, desde tiempos democráticos casi inmemoriales, ha puesto sobre el puzle de la ciudad su granito de arena y cemento, aportando su particular ideal de belleza a la estética urbana en un intento, no pocas veces vano, de acicalar y maquillar una ciudad fea de por sí, horripilante antes incluso que los ciudadanos eligieran a esos ediles, con ensanches heredados como San Isidro, La Alhóndiga o Las Margaritas, auténticos arquetipos de las canalladas urbanísticas que se cometieron en las postrimerías de una dictadura agonizante y débil; unos barrios donde se levantaban cubículos o celdillas como propuesta, casi paternalista, de aquellos constructores “franquistas” para el alojamiento de los miles de trabajadores que se arrimaban hasta la zona sur de Madrid para incorporarse a la retrasada y anómala revolución industrial que se desarrollaba en un país que se pretendía autárquico.
Y para ello, todos, [los delegados de urbanismo] sin excepción, además de planificar grandes desarrollos urbanísticos, de intentar ocultar la cara aburrida de “este pueblo indeterminado, gris e insignificante”, y derribar las escasas muestras de arquitectura vernácula de este páramo manchego, crecido como urbe al amparo del camino real que llegaba hasta Toledo y del clamor de las numerosas fábricas, recalificando las huertas y sembrados, cada día más improductivos, transformando cientos de hectáreas que engordaban y enriquecían a los hijos y nietos de los campesinos locales,  han procurado acrisolar el paradigma de la “ciudad proletaria” en cada uno de los nuevos barrios, con edificios feos de viviendas protegidas alineados en grandes avenidas.
Ellos, los responsables del modelo de ciudad, han intentado impregnar las costosas y repetitivas obras de acondicionamiento de calles, parques y avenidas con algún tipo de huella indeleble aunque sólo sea a través del mobiliario de las calle: farolas, bancos o papeleras. El problema es que cada uno de los concejales ha aplicado su peculiar gusto y, así, de esta manera podemos toparnos en un paseo por las calles de Getafe con quince o veinte modelos y estilos distintos de farolas, bancos, papeleras, o vallas separadoras de calzadas y aceras.
Con motivo de las obras de remodelación que se ejecutan en distintos lugares de la ciudad con el dinero de todos que tan alegremente reparte y malgasta el Plan [E] Zapatero hemos comprobado como se trata no sólo de reponer bordillos y adoquines despilfarrando el dinero y el trabajo como en el caso de la parte más cercana al Ayuntamiento de la céntrica calle Toledo. Qué terquedad y qué obstinación en derrochar cantidades ingentes de dinero en rehacer lo que hacía poco que estaba hecho y, en algunos caso, rehecho de manera repetitiva. Qué obcecación en tirar los escasos recursos en reformas, en muchos casos innecesarias y que perjudican a los vecinos reduciendo los aparcamientos sin una propuesta global y definitiva de qué hacer con los molestos, pero “imprescindibles” autos.
La fotografía superior muestra como se han solapado [temporalmente] las antiguas y refulgentes farolas bermellonas y las que han empezado a colocarse como estandartes de la visión estética del nuevo edil de urbanismo José Manuel Vázquez Sacristán. Parece inútil, y caro, cambiar unas farolas que a pesar de estar fechadas en 1836 [creo] apenas tienen una década de funcionamientos y cuyas luminarias se habían adaptado recientemente con un coste importante con el objetivo de reducir la contaminación lumínica que emitían las originales. Y ahora, al poco, resultan inservibles. ¡Qué derroche!
No podemos dejar de sentir rubor por el dispendio alegre e inverosímil del dinero público, sobre todo cuando es tan escaso y se hace necesario subir los impuestos para atesorarlo. Así, con este ir y venir, de quito y pongo adoquines y renuevo farolas, irán desapareciendo las últimas propuestas [estéticas] de Santos Vázquez, de Paco Hita, de Jesús Neira, o incluso, de los ediles anteriores. Aunque siempre, cuando volvemos la vista atrás, nos encontramos las gordonas farolas de la época de Paco Hita con sus apoyos semicirculares o, incluso, alguna olvidada en el Polideportivo Juan de la Cierva, seguro aguantando en la parede desde los tiempos en los que Jesús Prieto era alcalde de Getafe y el urbanismo local estaba dirigido por una comunista con nombre de flor y espíritu guerrero [Esa sí que merece que la cambiemos, la farola].