El 13 de septiembre de 1923, el Capitán General de Barcelona, Miguel Primo de Rivera, se apropio del poder absoluto en España, con la connivencia de Alfonso XIII, conocido como ‘El Africano’, un desacreditato y vituperado rey al que la sociedad española hacía responsable junto a su camarilla de políticos y militares del fracaso del ejército en la guerra del Rif, y en especial del desastre de El Annual, en la que murieron según las cifras oficiales unos 14.000 soldados, aunque se sospechaba que pudieron ser veinticinco o treinta mil. Y, todo, para mantener los intereses de la corona en las minas del norte de Marruecos.

Se pretendía seguír el ejemplo de Italia donde el rey Víctor Manuel entregó todo el poder a Benito Mussolini, para instaurar un régimen fascista. El dictador español había dicho a modo de justificación:

“Ha llegado para nosotros el momento más temido que esperado de recoger las ansias, de atender el clamoroso requerimiento de cuantos amando la Patria no ven para ella otra salvación que liberarla de los profesionales de la política, de los hombres que por una u otra razón nos ofrecen el cuadro de desdichas e inmoralidades que empezaron en el año 1898 y amenazan a España con un próximo fin trágico y deshonroso (…)

¡Viva España y viva el Rey! No tenemos que justificar nuestro acto que el pueblo sano demanda e impone. Asesinatos de prelados, de exgobernadores, agentes de la autoridad, patronos, capataces y obreros; audaces e impunes atracos; depreciación de la moneda; francachela de millones de gastos reservados; sospechosa política arancelaria por la tenencia y más por quién la maneja hace alarde de descocada inmoralidad; rastreras intrigas políticas tomando como pretexto la tragedia de Marruecos; incertidumbres ante este gravísimo problema nacional; indisciplina social, que hace el trabajo ineficaz y nulo, precaria y ruinosa la producción agrícola e industrial, impune propaganda comunista; impiedad e incultura; justicia influida por la política; descarada propaganda separatista, pasiones tendenciosas alrededor del problema de las responsabilidades (…)»

Una de las primeras decisiones del dictador fue suprimir el Parlamento, elegir a dedo a los diputados que desde ese momento se denominaron ‘Asambleístas’ y eliminar la denominación de ministro del organigrama del estado. El país estaba inmerso en una crisis económica provocada por la corrupción política, la ausencia en la mayor parte del país de una industria con capacidad para generar empleo, con una red de infraestructuras pública deficientes y un medio rural desolado. Ya habían pasado los tiempos de las vacas gordas, cuando España exportaba trigo, carne y hasta pistolas defectuosas a los contendientes de la gran guerra europea. El precio del pan subía todos los días.

A  finales de ese año de 1923, el General al mando de los destinos de la patria eligió a Carlos Vergara y Cailleaux  para ejercer las funciones de ministro de Hacienda. Al día siguiente, el periódico ABC publicaba la siguiente nota: «A propuesta del jefe del Gobierno, presidente del Directorio militar, de acuerdo con este y de conformidad con lo prevenido en el artículo 2 de mi decreto  de 21 de los corrientes, vengo en nombrar subsecretario del ministerio de Hacienda a D. Carlos Vergara Cailleaux, magistrado del Tribunal Supremo.

El nuevo ‘Subsecretario y Oficial Habilitado encargado de Hacienda’  había nacido en Getafe en 1854. Era hijo de Francisco Vergara y María de los Ángeles Cailleaux. Tenía un hermano llamado Marcelo, dos años menor. Ambos aprendieron las primeras letras en el colegio de los PP. Escolapios hasta que su familia se trasladó a Madrid; Carlos Vergara cursó el bachillerato en el Instituto San Isidro de Madrid y se licenció en Derecho Civil y Canónico en la Universidad Central.

Consta como funcionario público desde muy joven; en el año 1875 figura como oficial letrado de tercera de Hacienda Pública; en 1882 ingresó en el Cuerpo de Abogados del Estado, convirtiéndose al año siguiente en oficial de primera de Hacienda.

El 2 de febrero de 1884, con treinta años,  contrajo matrimonio con la señorita Concepción López Figueredo, natural de Bayamo (Cuba). La ceremonia religiosa tuvo lugar en la parroquia de San José de Madrid. Su brillante trayectoria siguió fulgurante al convertirse en 1893 en Jefe de negociado de tercera clase; Jefe de negociado de primera clase en 1896; Inspector general de Hacienda Pública en 1909; Interventor central de Hacienda en 1911;  Director general de Propiedades e Impuestos en 1912; Director general de la Deuda y Clases Pasivas en 1914.

En febrero de 1923, su hermano Marcelo se jubiló al llegar a la edad reglamentaria. Era jefe de Administración de primera clase del Cuerpo de Abogados  del Estado. Así lo firmó el rey y lo publicaron La Gaceta, el día 7 de febrero,  y el periódico El Globo, al día siguiente. Estaba casado con Dolores Ibáñez Martínez que debía ser bastante más joven que él. No tuvieron descendencia. La mujer falleció en Madrid el 15 de abril de 1957, veintiocho años después que su esposo.

Antes que Primo de Rivera tomase el poder en el mes de septiembre, Carlos Vergara Cailleaux ejercía como Magistrado de Sala de lo Contencioso y Administrativo del Tribunal Supremo. Políticamente estaba alineado con un joven y brillante José Calvo Sotelo,  una de los más prometedores valores  del ‘maurismo’. Apenas fue una ilusión. Un empleo efímero, que sin embargo le ha sirvió para figurar en la orla de los  ministros de Hacienda de España. Carlos Vergara solo ejerció el cargo durante dos meses, hasta el 25 de febrero de 1924. Ese día abandonó el Ministerio de Hacienda para desempeñar las funciones de Gobernador del Banco de España. Inmediatamente después, en abril, el directorio le nombró caballero de la Real Orden de Isabel la Católica (ABC, 1 de mayo de 1924). A finales de año, el 3 de diciembre de 1925, su ‘jefe político’, José Calvo Sotelo, asumió el Ministerio de Hacienda.

La política económica del nuevo gobierno se dirigió a la creación de grandes empresas y monopolios y la nacionalización de actividades consideradas claves. Hacía poco que se había creado Construcciones Aeronáuticas, quizás la empresa  más emblemática de Getafe. Así, en los primeros meses de la dictadura se consolidaron astilleros para  la fabricación de barcos,   aunque fuese con capital y patentes extrajeras, se fundaron empresas como Campsa, Tabacalera y Telefónica y se constituyeron las confederaciones hidrográficas. Se inició una actividad febril para dotar a la nación de unas infraestructuras acordes a los tiempos; se construyeron más de 7.000 kilómetros de carreteras, ferrocarriles, pantanos. Se acercó la electricidad al mundo rural.La política económica, claramente inflacionista, tenía como locomotora la obra civil y como instrumento a su servicio la capacidad de imprenta del Banco de España. Primo de Rivera y Calvo Sotelo necesitaban un jefe para la imprenta que le diera al manubrio y fabricase billetes como un loco.

Carlos Vergara y Cailleaux firmó una primera emisión de billetes el primero de julio de 1925, apenas un año después de acceder al cargo. Tantos fueron los billetes que se imprimieron que nuestro amigo Manuel Fernández tuvo la amabilidad de ‘obsequiarnos’ con un billete de cien pesetas de aquel año. Un regalo precioso, no por su valor económico, sino por su interés como testimonio histórico para glosar la figura de este juez y político getafense.

Dos meses después de que el alcalde de Getafe frotase entre sus dedos índice, pulgar y corazón los primeros billetes de 100 pesetas acuñados por el Banco de España con la firma de Carlos Vergara, el ayuntamiento decidió contribuir con un acto simbólico que revelase el reconocimiento al que fuera convecino de niño y en ese momento aparecía ante todos al frente de la máquina de imprimir dinero. El general decía ¡dale! y Vergara, le daba. ¡Venga, más papel! El 9 de octubre de 1925, el pleno del Ayuntamiento de Getafe acordó nombrar «Hijo adoptivo de Getafe» al general Miguel Primo de Rivera y Orbaneja. El secretario de la corporación recogió en el acta de manera magistral el acto de adulación al dictador: «La Corporación, identificada por completo con el sentir de la alcaldía, el antes citado Enrique Gutiérrez Carnero, y haciéndose a su vez eco de los sentimiento de este vecindario, en atención a las circunstancias excepcionales que concurrren en el Alto Comisario de Marruecos, presidente del Directorio Militar, excelentísimo señor teniente general don Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, marqués de Estella, proporcionando días de perpetua recordación a nuestra querida patria, con su acertada dirección en la actuación militar de África, acuerda por aclamación y con el mayor entusiasmo nombarle Hijo adoptivo de esta villa de Getafe, y que por la Alcaldía Presidencia se entrege al presidente del directorio militar certificación íntegra del acta de esta sesión».

El susodicho alcalde, Enrique Gutiérrez Carnero, aparece —visto desde la distancia en el tiempo— como un tipo realmente pelota. Ejerció el cargo durante dos años y pico, entre 1925 y 1927. Y debía estar muy agradecido; hasta el punto que, al año siguiente de ‘ahijar’ al dictador, repitió el gesto de adulación con el gobernador civil de la provincia, Manuel de Semprún y Pombo, un abogado de éxito que había sido alcalde de Valladolid en 1906, gobernador civil de Zaragoza, Cádiz y Madrid; y es más que probable que fuera el jerarca que aupó a Enrique Gutiérrez hasta la alcaldía del pueblo. El nuevo ‘hijo adoptivo de Getafe’, Manuel Semprún llegaría a ser alcalde de Madrid durante unos meses en 1927.

Desde finales de 1925 había acabado la primera etapa de la dictadura. En diciembre, Primo de Rivera seleccionó a un grupo de jóvenes para sustituir a los militares en la cúpula del poder. Los ‘magníficos’ del directorio civil eran el duque de Tetuán, que pasó a ocupar el Ministerio de la Guerra; Cornejo, el de Marina; Ponte, el de Gracia y Justicia; Callejo, el de Instrucción Pública; Martínez Anido, el de la Gobernación; Calvo Sotelo, el de Hacienda; José de Yanguas, el de Estado, y Guadalhorce, el de Fomento.

La marcha triunfal de la economía en los dos primero años del directorio Civil, entre  1925 y 1927, consiguió el apoyo casi unánime de la sociedad; incluso, que la UGT liderada por Largo Caballero apoyara las reformas. Por el contrario Julián Besteiro se situaba enfrente. Luego, al cabo de los años, estos personajes cambiarían sus posiciones hasta el punto que Largo fue extremista y está considerado como el ‘Lenin español’. Paradojas que produce el tiempo.

Sin embargo, la dictadura se mostraba incapaz de realizar una verdadera reconstrucción política, un cambio de actitud y mentalidad que transformase el país y rescatase a la sociedad de su sempiterno y fratricida enfrentamiento. ¿No había alternativa al ciclo de guerras y desastres que asolaban España desde la guerra de la independencia?

A mediados de 1927, la inevitable relación de una pretendida economía autárquica con los movimientos globales del capital empezaron a provocar un considerable desgaste de las constantes ficticias en que se movía el régimen. La peseta se desplomaba. A ello había que sumar el déficit comercial, la fuga de capitales, las malas cosechas, la inflación interna provocada por el desorbitado aumento de la obra pública. Mientras los pequeños y miserables capitalistas ibéricos medraban y los trabajadores tenían trabajo, España iba; e iba bien. Todo eran alabanzas y distinciones al general que había rescatado al país de la decrepitud moral y económica, y a su determinación cuando suprimió el Parlamento y la casta de políticos enraizados en sus escaños.

Desde el mismo momento que se oteó la depresión mundial y los trabajadores se vieron abocados a la falta de trabajo, se cambiaron las tornas, las lanzas se volvieron cañas, y la sociedad, siempre tan escasa de memoria colectiva, responsabilizó al dictador de los males que aquejaban de nuevo a la Patria.

Cada vez se oían más voces, y más altas, criticando al gobierno por el intento de ocultar los efectos de una inflación que había provocado él mismo con una política monetaria en contradicción con su política económica inflacionista.  El ministro de Hacienda, Calvo Sotelo, esperaba contener los descensos en la cotización mediante compras de pesetas en el mercado de Londres y se afanaba en el mantenimiento de la peseta como «índice de la capacidad moral de la raza española». Y replicaba a los expertos que  la economía española era sana y que la caída de la peseta había sido ‘orquestada’ por los  especuladores de siempre.

Las dificultades se iban acumulando; pese al proteccionismo y a las altas tarifas aduaneras, la balanza comercial española y la cotización de la peseta eran negativas; cada vez salían más divisas, hasta que la peseta terminó por hundirse totalmente.  El desmoronamiento de la peseta era paralelo al del régimen.  En marzo de 1927 la peseta alcanzaba el 93% de su valor nominal; en 1928, el déficit era de más de dieciocho mil millones de pesetas.  Esto, unido al rumor sobre la  nacionalización de todas las compañías extranjeras como en  el caso de Compañía Arrendataria del Monopolio de Petróleos (Campsa), provocó la huida masiva de capitales y el pánico en la Bolsa. En contra de la posibilidad de devaluar la moneda, el Ministro de Hacienda, ayudado por el Gobernador del Banco de España, intentó revalorizarla con escaso éxito.  Calvo Sotelo tenía los días contados al frente del Ministerio.

En el verano de 1928, ante la necesidad imperiosa de tesorería, el gobernador del Banco de España, Carlos Vergara y Cailleaux, no dudó en volver a acuñar moneda en cantidades ingentes. ¡Qué importaba ya la inflacción con la que estaba cayendo! Los billetes de 25, de 50 y de 100 pesetas salían como churros de la fábrica de moneda y timbre con la fecha impresa de 15 de agosto. El año anterior, en 1927,  volvió a acuñar una nueva edición de monedas;  algunas tan curiosas como los 25 céntimos del agujerito troquelado y que después sirvió como modelo para los cincuenta céntimos, incluso en épocas  más recientes para las 25 pesetas. El ‘hijo adoptivo de Getafe’, el mismísimo Miguel Primo de Rivera, escribía sobre los errores de la política monetaria en enero de 1930, un mes antes de dimitir:

«¿Por qué hemos intervenido en el cambio internacional?  La respuesta no me va a acreditar de diplomático ni de sofístico.  Hemos intervenido por error, porque hemos padecido una equivocación.  Cuando hace aproximadamente un año  vimos subir la peseta a poco más de 27 la libra, se nos llenó el ojo y alegró el ánimo, y la vanidad nacional nos hizo soñar unas horas en alcanzar la paridad.  ¡La peseta oro! ¡Viva España!  Ello era más un éxito moral que económico… El acierto entonces hubiera estado en comprar muchas libras y dólares, al tipo de 27, 28, 29 y hasta 30 la libra, forzando nosotros mismos el alza de esta moneda, y al llegar a este punto tomar medidas para estabilizar la nuestra: es decir, estabilizar en el momento de abandonar nuestra protección en el mercado a la libra, para que, falto de ella, tendiese no a subir sino a bajar, y además que nos cogiera con libras en superreserva para mejor mantener la estabilización.  Claro es que estas cosas se ven después de haber ocurrido.  Pero, desgraciadamente, la libra empezó a subir por sí misma y muy rápidamente, y entonces se nos ocurrió contener su alza, en defensa del valor de nuestra moneda, comprando pesetas al precio que salían, es decir, vendiendo o comprometiendo libras, y ya metidos en ese camino, como pasa al jugador que pierde y va al desquite, es difícil detenerse.»

Carlos Vergara Cailleaux desempeñó el cargo de Gobernador del Banco de España hasta el martes 22 de octubre, fecha «en que le fue admitida la dimisión por motivos de salud». Dos días después,  el 24 de octubre de 1929, festividad de San Rafael, sucedió lo que todo el mundo sabe ahora pero que pocos adivinaron entonces. La bolsa de Nueva York se colapsó en lo que se ha venido en llamar el ‘jueves negro’; la economía mundial hizo ‘crack’y la española, como siempre, ‘cata-crack’. En diciembre de 1929 la libra cotizó a más de 36 pesetas. La política monetaria del gobierno había sido un fiasco en medio de la tormenta económica que azotó al mundo capitalista.

El 5 de noviembre, el ABC publicó una pequeña nota en la que, dentro del apartado de nombramiento y cese de Asambleístas, se daba cuenta de la disposición para «que D. Carlos Vergara y Cailleaux deje de formar parte de la Asamblea Nacional. La enfermedad acabó con el mayor de los Vergara de manera fulminante. Moría al día siguiente. Dos días despues, el 7 de noviembre de 1929, ‘El Imparcial’ publicaba la noticia de su fallecimiento con una breve necrológica: «La dolencia que aquejaba hace tiempo al exgobernador del Banco de España don Carlos Vergara y Cailleaux ha tenido un funesto desenlace. Descanse en paz».

La dueña de la guadaña se estaba entrenado para hazañas mayores y decidió acabar de una vez con la extirpe de los Vergara y Cailleaux. El día 24 de noviembre, dieciocho días después, fallecía su hermano Marcelo.  A la semana siguiente, el 30 de noviembre, el hijo adoptivo de Getafe Manuel de Semprún y Pombo; y, finalmente, el 16 de marzo de 1930, moría el otro hijo adoptivo de Getafe y dictador Miguel Primo de Rivera.

IMÁGENES:

♦  Retrato del gobernador del Banco de España Carlos Vergara Cailleaux. Óleo sobre liezo de 131×98 cm. del pinto José Llasera. Colección del Banco de España.

José Llasera Díaz (1882-1943) fue un pintor sevillano de una cierta calidad especializado en retratos, sobre todo femeninos, con la habilidad suficiente para acceder a la clase dirigente tan dispuesta a dejar constancia de su paso por un ministerio u otros estamentos del poder. En otros ministerios, como el de Justicia, hay otros cuadros de este artista.

♦ Fotografía de Carlos Cailleaux vestido de magistrado del Tribunal Supremo.

♦ Billete de 100 pesetas emitido con fecha 1 de julio de 1925. A parece firmado por Carlos Vergara como gobernador del Banco de España. En su parte inferior figura la autoría del grabado a cargo de Bradbury, Wilkinson y Cía. Grabadores. (New Malden, Surrey, Inglaterra).

♦ Monedas de 25 céntimos acuñadas en 1927.

♦ Billete de 100 pesetas emitido con fecha 15 de agosto de 1928. Aparece la firma de Carlos Vergara como Gobernador del Banco de España. El grabado del billete, dedicado a Cervantes, fue realizado por la  misma casa inglesa.