Sara Hernández está o estaba de vacaciones. No desvelaremos el sitio, y no lo haremos bajo la excusa de la seguridad de la primera edila; sencillamente, y parece suficiente razón,  no lo sabemos, ni nos interesa para el  propósito de este pequeño relato de política ficción. La isla es un pequeño paraíso mediterráneo. Las islas son siempre el destino preferido de los habitantes del interior.

La alcaldesa de Getafe, imagine el lector,  pasa estos breves días alternando el mar y los paseos por  el interior, un paisaje de pinos y algarrobos, que confiere una peculiar  estampa al idílico lugar. Algo de ejercicio y un poco de lectura, un hábito abandonado por el poco placer que le ocasiona y por las múltiples ocupaciones políticas, razón suficiente para justificarse. No preguntaremos por su último libro. Eso es fácil de inventar. Ahora, sobre la mesilla de noche descansa, abierto como un abanico, ‘Discursos sobre la primera década de Tito Livio’, un libro editado por  Gredos que abre la puerta a la política moderna en tiempos de los Médici. Qué nivel. Sara quiere consejo y nadie mejor que él.  Sin confesarlo, se identifica con Niccolò di Bernardo dei Machiavelli; ambos, funcionarios de vocación, son republicanos, a pesar de la aporía que se suscita entre  la obra que  tiene de cabecera y su libro de más éxito, El Príncipe.

Muchos son los problemas que la acucian para acudir al escritor florentino. No será la falta de liderazgo en el PSOE-M la causa de su defenestración;  cuando Pedro Sánchez levantó su dedo federal para apoyarla  como lideresa de los socialistas madrileños, ya sabía que era una traidora. Sara había desertado de las filas de Tomás Gómez la misma noche de su cese, cuando aún era un político de cuerpo presente.   Tomás Gómez también sabía que era una traidora cuando la ayudó en su pelea con Pedro Castro.  «Yo no digo nunca lo que creo, ni creo nunca lo que digo, y si se me escapa alguna verdad de vez en cuando, la escondo entre tantas mentiras, que es difícil reconocerla».  

Sin embargo, antes de anunciar su retirada en esa carrera de ‘coches locos’ en que se han convertido las primarias socialistas de Madrid, piensa que tiene que negociar con José Manuel Franco y el sector sanchista las condiciones de la rendición, una capitulación con honor… El verdadero peligro no está en perder el cargo del PSOE-M.  Dudan los sanchistas si repetirá como candidata a la alcaldía de Getafe; el fin del triunvirato. Algunos piensan que aceptará, para lo mal que lo está haciendo en todas partes, ser una diputada del montón.   «Cuando se hace daño a otro es menester hacérselo de tal manera que le sea imposible vengarse».

Además, por si fuera poco, además de la arisca y rebelde Mónica, la primera edil socialista de la historia de Getafe en pasarse al grupo de no adscritos,  tiene el problema de la imputación de Ángel por el tema de los 25 despidos de LYMA. El código ético firmado por todos los candidatos antes de las elecciones le obliga a dimitir y a renunciar a su acta… Y aquí el problema vuelve a no ser ese. La habilidad y la constancia son las armas de la debilidad. Qué nos importa a nosotras el torpe de Ángel, el problema es que la siguiente en la lista es la misma de siempre, Ángeles Guindel. Y eso sí es un inconveniente según descubrió  el Cifu,  en el facebook cuando lo de Mónica podía acabar en un corrimiento en la lista y  no, como fue y sigue siendo, un grano en el culo.

Hoy ha fracasado en su intento de pescar un pulpo debajo de las aguas cristalinas aunque ha disfrutado de un día relajado. A la caída del sol, cuando las lagartijas verdes se solazan en la cerca de piedras ha organizado una cena fría para sus amigas y confidentes en el gobierno municipal de Getafe; ya saben, Cristina y Silvia. Y al final, incluso, podría acercarse Concha. Parecía que gobernar era más fácil cuando al frente de las operaciones estaba Pedro Castro ¡Qué fácil era ver, aunque en silencio, los errores,  y estudiar las soluciones! Sin embargo, ahora, los problemas  y los fallos en las decisiones tomadas durante los dos últimos años se acumulan a la puerta de la alcaldía.  ¿En qué se había equivocado? Los sanchistas acechan no solo en Madrid; también en Getafe. «Cuando se hace daño a otro es menester hacérselo de tal manera que le sea imposible vengarse». 
Hay que despejar el camino. Ya se han acabado las vacaciones; es el momento de empezar el tercer curso de la legislatura; el último no cuenta, es campaña. Y no solo no hemos hecho nada trascendente sino que arrastramos problemas internos y externos, judiciales y de mala relación con la fuerza que apoyó su elección como alcaldesa.

Después de la cena, las tres mujeres se toman unos chupitos de un licor 0,0 que había en la estantería. Quizás estaba ‘aliñado’ porque al momento empezaron a desvariar ligeramente. Ante el cúmulo de problemas y decisiones, una de ellas, cualquiera qué más da,  propone jugar un rato a la güija. ¿Sabes que en realidad se llama ouija? Sí, oui —sí en francés— y ja, sí en alemán. Aunque desde su invención se la denominó ‘tabla de las brujas’. Ja, ja, ja… eso la tabla de las brujas.

Y para empezar,  las tres se han concentrado en convocar a alguien docto. Sara asegura que le gustaría conectar con Maquiavelo. Ojalá el escritor florentino estuviera de cuerpo presente para llevarlo de reunión en reunión como asesor.   La traidora y sus consejeras analizan la situación política intentando  concretar las preguntas más acuciantes. ¿Tendrá consejo el pensador florentino para los problemas de la política moderna?    Ya no valen los consejitos y las filtraciones de los dalton, esos asaltacaminos que van y vienen, mercenarios de la pluma o, inmejorablemente retratados por una de las que tiene la ‘oreja caliente’, prostitutos de la información. Así quedan retratados en su hábitat natural: dando vueltas y más vueltas en el pesebre con el dizfraz de periodistas. ¿A lo mejor, otro buen pellizco de dinero público podría salvar la imagen de la alcaldesa en los abandonados barrios de Getafe?

Sin embargo, y a pesar de la corrupta inversión en publicidad para los amigos,  ahora, las contingencias hacen necesario un asesor, no de confianza —eso sería impensable quizás para una traidora—, digamos solo de una cierta capacidad intelectual y con algunas lecturas políticas relevantes.  En los tiempos que corren, hasta vulgares y engreídos personajillos de la trampa adelante ejercen de analistas y consejeros políticos. Así le va a la primera edila, rodeada de una pequeña corte de lisiados morales, sacuartos y aprovechados. Como la de los Borbones en tiempos de María Cristina (la Regente).

Evidentemente, dejando a un lado  a los  inanes apátridas políticos, nadie mejor que Nicolás para tal misión. Conocedor de que la virtud no siempre triunfa, es el único que puede aconsejar a la jefecita de los socialistas madrileños en sus decisiones. Nadie duda de su próxima renuncia a  la secretaría general de los socialistas madrileños para no acabar como gallina sin cabeza. Se constata aquello de que los cobardes, del género que sean, ofenden antes al que aman que al que temen. N-e-g-o-c-i-a- ele-a-erre-ene-d-ic-c-i-ó-ene… La tacita se mueve con rapidez sobre la tabla. La condición para dar un paso atrás y apoyar a Franco ha de ser, sí o sí, que se comprometa a no apoyar a ningún candidato ni candidata en las primarias de Getafe. De lo contrario dará la batalla. Si ganó Pedro Sánchez sin el apoyo del aparato, no será ella menos, ¿no?. Sara quiere volver a presentarse a las elecciones municipales a riesgo, incluso, de volver a bajar el listón y batir su propio récord con los resultados más bajos del PSOE de los últimos cuarenta años…

Abandonado, aunque aún disimule, ese ilusorio liderazgo del PSOE-M, Sara Hernández podrá centrarse en los muchos líos que se le amontonan en la puerta de la alcaldía.  Al desbarajuste de una ciudad sucia e insegura, con una grupito de ediles incapaces de gobernar a pesar de los cargos de confianza, se le viene encima la cuestión del concejal imputado. No es baladí; sí, imputado, sin ambages en las notas de prensa. Y eso es un auténtico problema político y moral. Según el código ético firmado por los candidatos a ediles del PSOE antes de los últimos comicios, en el caso de estar imputados y abrirse juicio, todos se comprometían a dimitir. Y lo firmaron públicamente. Y ese es el caso que afecta a Ángel Muñoz, el concejal responsable de LYMA.  Tiene que dimitir.  Los hombres son tan simples, y se someten hasta tal punto a las necesidades presentes, que quien engaña encontrará siempre quien se deje engañar. De lo contrario, ¿qué valor se le concederá a las promesas de los socialistas getafenses? Solo hay una salida, o quizas dos: dimisión o… ¡Nicolás, aparece y dinos! T-i-e-n-e-q-u-e-d-i-m-i-t-i-r.

Por una parte, la imputación del edil es un auténtico despropósito que agrega otra mancha indeleble en la legislatura, pero, por la otra, la dimisión es imprescindible para seguir apretando [políticamente] a los ediles del PP imputados. ¿Y si no quiere dimitir, porque se ampara en la presunción de inocencia? Vaya, tenemos un problema. El ambiente de claroscuros incita a ver visiones. Quizás Niccolo está entre nosotras.

La situación de Ángel Muñoz es la consecuencia de la política aplicada por el gobierno presuntamente de izquierdas (PSOE-IUCM) tras el escándalo desatado en Lyma por el cobro (otra vez presuntamente) fraudulento de las ayudas sociales que establece el convenio colectivo del Ayuntamiento y de sus empresas públicas con facturas falsas. Una pillería de la que no se ha conocido el alcance total ni el trasfondo. La alcaldesa optó por dar un escarmiento en la figura de los barrenderos; no en la de su amiga y consejera Cristina González que se ha aprovechado más de los recursos públicos que los despedidos de Lyma. Hay que recordar que Sara Hernández lleva toda su vida laboral chupando del bote municipal, salvo un pequeño periodo que lo hizo como becaria en UGT. No aprendió ni siquiera el sitio en el que se tenía que ubicar, al lado, no en contra de los trabajadores. En fin, ya había comprado una de las máximas del pensador florentino: «un gobierno eficaz no debe tener piedad»;  y así ha sido, eso sí con los más débiles. Maquiavelo se repite: «Castigar a uno o dos transgresores para que sirva de ejemplo es más benévolo que ser demasiado compasivo».

Ninguno de sus inanes o inanas, estériles, aficionados y engañabobos consejeros acertó en el diagnóstico o en la solución al problema. Y ahora los tribunales andan dando la razón a los trabajadores… Si se readmitiera a todos y esa quisiera quitar la querella contra el ‘escobas’,… todo se arreglaría fácilmente; igual que pasó con la querella de Ángel Torres contra ella, contra Vico y contra el papanatas de Santos.  Si no llega a ser por el fabuloso convenio que Pirri puso encima de la mesa, estaríamos fuera de juego político. H-a-y-q-u-e-s-e-r-z-o-r-r-o…—la güija dicta la sentencia, aunque Cristina añade las disyuntivas de género— bueno o zorra, p-a-r-a-c-o-n-o-c-e-r-l-a-s-t-r-a-m-p-a-s-y-l-e-ó-n —o leona— p-a-r-a-e-s-p-a-n-t-a-r-a-l-o-s-l-o-b-o-s —y lobas.

Cada vez que se prevé tormenta con los ediles electos [en cualquier partido], como ya pasó en el PSOE esta legislatura con la insurrecta Mónica Cerdá, los más rápidos del lugar acuden a las listas presentadas para saber quién sería el  sustituto del edil o edila en cuestión. Ese es el problema que se plantea con el edil de la limpieza de Getafe. La siguiente en la lista sigue siendo la misma; Mónica Cerdá no dejó el acta, solo adquirió la condición de  no adscrita. La que aparece en el umbral, a la puerta del salón de Plenos, en caso de baja de alguno de sus compañeros, es Ángeles Guindel, número nueve de la lista del PSOE, colocada precisamente detrás de Ángel Muñoz. Una candidata que no es precisamente de la misma cuerda de Sara Hernández, sino todo lo contrario. El orden de la lista se presenta como una cuestión  más  del incierto crucigrama de problemas planteado.
Así, entre las brumas de la noche, las tres mujeres se durmieron en compañía del espíritu de Maquiavelo.

Al asomar los primeros rayos de sol por la ventana del este, Sara llamó a sus amigas y, alborozada, las abrazó. Habéis visto, era fácil. Nicolás nos ha dado la solución. La Guindel no puede entrar de concejala; ya nos valdría, como si no tuviéramos suficientes problemas. Es mejor, como ha sugerido Maquiavelo, que Ángel no dimita, que se muestre arrogante y ofendido. Él es inocente hasta que se demuestre lo contrario. En esa tesitura, solo podremos abrirle un expediente y… Y  Ángel se va [temporalmente] al grupo de no adscritos con Mónica. Pero, eso sí, todo pactado; tendrá que seguir votando igual que ahora, con la misma disciplina. Él se siente socialista, no hay duda. Hará lo que digamos. Si sale absuelto, —ya nos lo trabajaremos con la fiscalía—, alabado, lo reincorporamos y listo; si, por el contrario, lo condenan, allá él, que haga lo que quiera, aunque hay que intentar que no entregue el acta. «La política es el arte de engañar». Maquiavelo.