Conocí una historia parecida e igual de triste a la que hoy les traigo por mi propensión a leer todo tipo de papeles, incluidos esos viejos y amarillentos que guardan las hemerotecas. El último día del año 1899, a punto de acabar el siglo XIX y empezar el XX, el director de un periódico nacional, escudado en el pseudónimo, publicó un pequeño relato, una crónica funesta, que, —a su vez—, había leído en un diario extranjero. Los hombres están sometidos al vapuleo del tiempo y los avatares de la fortuna. ¡Las vueltas que da el destino! Hace relativamente poco se repetían las mismas o similares circunstancia y vicisitudes en la persona de otro miserable.

Silvestre había nacido un día 31 de diciembre. Su madre murió a las pocas horas, antes de que acabase el último día del año, ese que precede a la fiesta pagana de las Strenas. Pasadas unas semanas del entierro de su madre, su afligido padre le bautizó con los nombres de Silvestre y Manuel; última y primera asignaciones del santoral católico para el postrer día de un año que se iba y para la inicial y flamante jornada del que llegaba tenebroso y aciago. Siempre, desde que tuvo uso de razón, se nombraba con el primero de los dos nombres. Silvestre; el otro era, ignoto y anónimo, sencillamente M.

Cincuenta y nueve años después, hace hoy justamente un año, la policía municipal recogió el cadáver de Silvestre colgado de un árbol en una pequeña plazuela del centro de Getafe. Era uno de enero del año que ahora se acaba: el infeliz se había suicidado durante la noche del mismo día 31 de diciembre cuando la mayoría de los vecinos andaban brindando con sidra de Asturias y cava extremeño por un incierto y lóbrego 2012, esperando que —contrariamente a los augurios— se convirtiera en próspero y venturoso año nuevo. En el bolsillo de su chambergo, encontraron una breve carta en la que aquel infeliz relataba brevemente su penosa vida.

La carta, que obraba en poder del juez, llegó a nuestras manos hace unos meses gracias a un funcionario molesto con las dificultades económicas y con los famosos recortes del gobierno. Y decía así:

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“A quien le interese.

Nací hace más de medio siglo. Qué más da el año. Por mi culpa, al llegar a este mundo un desventurado día de nochevieja, murió mi madre. Al cumplir cinco años, mi padre me dejó interno en el Colegio de los PP. Escolapios que se apiadaron del huérfano que era. Mi padre emigró a Suiza para encontrar trabajo; y quizá para no verme y de esa manera olvidar la causa de la muerte de mi madre. Allí encontró empleo en una pequeña fábrica de neumáticos de automóviles.

Nada más cumplir diez años, en los primeros días de un frío mes de enero, el reverendo padre de cuyo nombre no me quiero ni acordar, me leyó una carta de un juzgado de Berna en la que se certificaba que mi padre había muerto hacía solo unos días. Algún tiempo después supe que acabó ahogando su vida y sus penas a partes iguales con alcohol y agua. Lo encontraron en el lago que baña la capital de aquella nación la misma noche del día 31 de diciembre de 1963. Los curas me mantuvieron en el colegio hasta el final de aquel curso en que aprendí los Evangelios, Historia, Geometría y algo de Latín.

Año tras año, durante mi juventud, no era extraño que, cada vez que se acercaba el final del año, sucediera alguna pequeña desgracia a mi o a los que me rodeaban. Lo temía. Tal era mi pavor que nunca entendí porqué las gentes lo celebraban con fiestas y jolgorios como si se fuera a acabar el mundo. En realidad era un día como otro cualquiera para la mayoría. Para mí,  sin embargo, era una cita terrible e ineludible con el infortunio.

Con los años pensé que podría evitar esa conjura, esa terrible influencia o conjunción de los astros. Todo era cuestión de imponer la voluntad al temor; la fuerza y el optimismo a la curelda del destino. Cuando tenía casi treinta años conocí a una mujer de la que me enamoré locamente. Pensé que alteraría ese destino funesto eligiendo para ese día un hecho feliz. Así, dos años después, decidimos casarnos el día de Nochevieja de 1984.

¡Qué días más felices! En verano ella quedó encinta y esperábamos nuestro hijo para mayo, allá por las fiestas patronales. Si era niña la llamaríamos María Ángeles; si era niño, se llamaría Feliciano. Era afortunado y pensaba que por fin había evitado al destino; pero una noche, poco antes de Navidad, al llegar a casa encontré a mi mujer agonizando, rota como un trapo, deshecha por una fatal apoplejía. Ese día no murió. En el hospital de la Cruz Roja, en Reina Victoria, permaneció unos días ciega y muda, al borde del precipicio, insensible, babeando como un vegetal herido. Habíamos perdido el hijo. Ella murió el día 28 de diciembre, como una broma del hado. La enterré el día 31 de diciembre de ese mismo año. La felicidad solo me había durado un año. Un escaso y mísero año roto por el día de Nochevieja.

Por aquel entonces poseía un comercio en el barrio de Juan de la Cierva que marchaba bastante bien. El dolor que me produjo la pérdida de mi esposa, hizo que perdiera cualquier interés por el negocio. Cada día iba peor. O abría tarde o, muchos días, ni siquiera abría: consumía las horas lamentándome de mi mala suerte. Tuve que contratar a un empleado que al menos abriera la puerta.

Un par de años después, descubrí que el dependiente había arruinado totalmente el negocio. Un día sí y otro también sisaba un porcentaje de la caja, tan alto, que finalmente mermó la capacidad financiera de la tienda para adquirir nuevas mercancías; y así convirtió el negocio en un pozo sin fondo, sin viabilidad, sin la posibilidad de pagar siquiera la única nómina: la de mi empleado. Y así, por culpa de la infamia de aquel ladrón, un día 31 de diciembre tuve que bajar el cierre, con la caja registradora llena de telarañas y de facturas sin pagar. El empleado, como tenía la cara más grande que la espalda, me denunció. Y ganó todos los juicios con abogados laboralistas. Apenas tenía dinero para subsistir así que no pude contratar buenos, ni malos, abogados. Perdí el negocio, el local, los ahorros del banco y las pocas ganas de vivir que aún me quedaban.

Sin embargo, gracias a un antiguo conocido con el que había hecho la mili en El Pardo, encontré un trabajo en una nave del polígono industrial de San Marcos, propiedad de una de las nuevas y boyantes empresas que se instalaban en el municipio. Nos acercábamos al final del siglo XX. Durante unos años, seis o siete, trabajé sin interés ni motivación en aquella pequeña factoría dedicada a la fabricación de puertas y ventanas de aluminio para los edificios que proliferaban por cualquier lugar de la geografía nacional. Durante esos últimos años intenté, con éxito, no tentar a la suerte cuando se acercaban las fiestas de Navidad y fin de año. No lo celebraba; ni salía de casa, intentando evitar cualquier caída, tropiezo físico o encontronazo con otros seres humanos o, incluso, temer siquiera un pequeño resfriado. ¿Era posible que la diosa fortuna, tan esquiva y casquivana, se olvidara de este desgraciado?

Pero no fue así. La crisis económica, a la que los telediarios llamaban “burbuja inmobiliaria”, redujo las ventas de la empresa y nos dejó a los diecisiete operarios sin apenas trabajo, como autómatas sin cometido alguno, caminando de un lado para otro de la nave como sonámbulos. Hace tres años, el mismo 31 de diciembre, el encargado nos comunicó la terrible noticia. La empresa se cerraba y todo los operarios éramos arrojados al temible desempleo. El paro se había convertido un enemigo feroz, un terrible calendario que daba cuenta de los meses sin esperanza. Tarde o temprano se acabaría. Yo, sin demasiada energía, esperaba que la crisis se acabara antes que la prestación económica. El miedo al futuro se cebaba sobre nuestras cabezas como los buitres sobre la carroña.

Empecé a deambular por fábricas y talleres. No era optimista; casi me daba igual. Con mi edad no había demasiadas oportunidades. Ni esperanzas. La crisis era de las grandes. Cuando se acabó el dinero del paro empecé a consumir los últimos ahorros que tenía; en tres o cuatro meses se esfumaron como se extingue un cigarrillo. Solo humo. Sin ingresos, dejé de pagar la hipoteca al banco; y las facturas de electricidad, de gas, de teléfono. Era un préstamo a treinta años que nos concedieron a mí y a mi mujer hacía veintisiete años para comprar un un pisito de tres dormitorios en la Avenida España. De esa forma injusta, tras pagar todos esos años, y a falta solo de 36 recibos por abonar, que sumaban la pequeña cantidad de 9.869 euros de capital, más de cinco mil euros de intereses de demora y  otros veinticinco mil más de costas y gastos, el banco procedió a la ejecución.

De manera inevitable perdí la propiedad de la vivienda. El piso se lo quedó un subastero, un tipo calvo con cara de alimaña pero, según alardeaba por los pasillos del juzgado, con unos hijos a los que tenía que alimentar; un tipo que tenía pactadas las ejecuciones con algunos directivos del  banco; a los que seguramente untaba. Pero eso no lo puedo demostrar. Había ofertado solo 26.000 euros. Hace ocho meses perdí la posesión: dos funcionarias del juzgado me desalojaron de la vivienda y me dejaron en la calle con lo puesto; he sorteado las últimas semanas en este mundo como un paria, un miserable, subsistiendo gracias a la asistencia social, a Cáritas y a la Cruz Roja; he deambulado por hospitales y comedores sociales, por las parroquias y por los bancos de alimentos. No hay futuro para mí.

No puedo aguantar más padecimientos ni angustias. Tengo hambre y frío. Quisiera tener el valor de mendigar o de robar; no lo tengo, ni soy capaz de engañar a nadie. Es el momento de liberarme de la maldición que me persigue. Y no he podido, la verdad, elegir mejor fecha, ya que se acerca el 31 de diciembre. Pienso solo que nunca más me atormentará esta maldita fecha. Tras buscar un edificio alto para arrojarme que no encontré, contemplar incluso la posibilidad de arrojarme al lago del sector 3 para que me devoren las carpas y los patos o envenenarme con matarratas, he optado por despedirme atado a un cordel de plástico de ese que se utiliza para tender la ropa, un atadero que guardo en el bolsillo desde hace unas semanas. Solo tengo que trepar hasta la primera rama de una de esas magníficas acacias de la plaza de Pinto, atar la cuerda al árbol y al cuello y, adiós… No tengo más que decir”.

***

Las últimas grupitos de jóvenes bulliciosos  volvían zigzagueantes, en parranda, en dirección a la churrería o, por fin, hacia sus casas tras una noche estruendosa y feliz. Las borracheras elevaban al cielo voces inexpresivas, risas altisonantes y cánticos obscenos. Los primeros resplandores de la mañana, apenas dejaban ver el triste espectáculo difuminado, casi oculto, por la neblina que envolvía al primer día del año nuevo, el día que celebran su santo los que se llaman Manuel.

Tras el levantamiento, aunque mejor habría que referirse al hecho como descenso del cadáver, el juez de guardia, aún bajo los efectos de la mezcla de un buen ribera del duero, unas copas de cava y un sin fin de gin-tónics, envió el cuerpo al Instituto Anatómico Forense que a finales del mes de enero dictaminó que el desdichado sujeto había muerto por la asfixia causada por una cuerda trenzada de plástico verde que aún colgaba del cuello del finado, aunque el informe aventuraba que de no haber sido esa la causa de la muerte lo habría sido probablemente de frío e inanición. Los forenses no hallaron resto alguno en su estómago ni en su aparato digestivo, por lo que dedujeron que no había ingerido alimentos sólidos, al menos, desde cuarenta y ocho o, incluso, setenta y dos horas antes del óbito.

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El lector, amigo o transeúnte, tendrá que disculparme por la tristeza del relato. Está basado en un pequeño artículo periodístico publicado en La Vanguardia el día 31 de diciembre de 1899. El texto vio la luz en la portada de dicho ejemplar en sección “Busca buscando”  que su autor,  el director del diario firmaba bajo el pseudónimo de Juan Buscón.

Si nos no nos vemos: ¡Feliz Año 2013!

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