Desde la prehistoria, la civilización persa, la griega y la romana, los artistas han intentado traslucir el alma humana a través del rostro con retratos, pinturas sobre tablas, relieves, frescos en muros y bóvedas, máscaras funerarias, medallones, incluso en monedas. Es la esencia del arte, reflejar en la obra el alma del modelo y del propio artista.  Es un arte muy difícil; no se trata de recoger la faz como si fuera una máscara de cera, sino de mostrar la personalidad del personaje. La esencia del arte no tiene una fórmula fija.  Es la capacidad del ser humano de transmitir vivencias, emociones y visiones del mundo a través de cualquiera de los lenguajes posibles.

Antonio Ayala Castejón delante de uno de sus grafitis. Al igual que la superior, esta imagen está creada con IA a partir de una foto publicada por el artista en facebook.

En agosto de 2025, Antonio Ayala Castejón —que firma sus obras como Asidoh— se embarcó en un proyecto que, buscando esa esencia del arte, él mismo ha denominado Retratos vitales: vistiendo muros, desnudando almas (@retratosvitales). Se trata de una exposición —quisiera el autor y la mayoría de los vecinos que permanente— del llamado arte urbano compuesta por 13 grafitis de primero planos de bustos pintados en transformadores eléctricos (los rostros no son reales, según el autor) y que se encuentras diseminados por las calles y sendas del barrio del Sector 3 de Getafe. Una buena excusa para dar un buen paseo. Se trata de un empeño propio sin ánimo de lucro ni financiación. Estas «13 miradas te llevarán a ver el mundo a través de otros ojos; ¿Cómo es la vida de la gente de tu barrio?». La muestra pictórica se complementa con 13 relatos en parte autobiográficos y en parte historias ajenas «reales, trágicas, pero también de superación y esperanza» donde el autor aborda temas como el alcoholismo, el bullying, la ansiedad, el miedo a lo diferente, la depresión posparto, la crianza y el auto perdón. Relatos para leer y reflexionar en cualquiera de los bancos cercanos a las pinturas, en medio de una naturaleza urbana exuberante, espléndida en otoño. En un principio, cada retrato tenía un código qr para enlazar con el retrato relacionado; ahora, después del vandalismo sufrido por algunas de las pinturas solo existe la posibilidad de adquirir el libro (al autor o en Amazon) o descargar el plano que  publicamos al final para seguir la ruta.

Antonio Ayala Castejón (Getafe 1988), es un artista y escritor local que ha probado con diferentes maneras de expresarse como el rap, la poesía, el dibujo o la fotografía. En su obra literaria y artística siempre deja reflejada su particular forma de ver el mundo, encontrando la belleza en lo cotidiano, en los instantes que suelen pasar desapercibidos para la mayoría. Ha sido premiado con el V certamen de novela corta VW-QuéLeer por Jueves para tipos duros (2012) y finalista de otros certámenes literarios de novela como Wilkie Collins, Literadura, Calibre 44 o, recientemente, el premio Tártalo-Gasteiz por Tatác (2025)

En el último de los relatos incluidos en el libro de Retratos vitales, Vieja escuela, el autor narra su propia trayectoria como grafitero. Recuerda que cuando tenía 5 o 6 años, enfrente del Hospital de Getafe había «un montón de grafitis, pero uno le impacto especialmente». No recuerda las letras, esa predisposición espantosa a rellenar los muros y testeros con iniciales, siglas, firmas o pseudónimos callejero, pero sí que al fondo había una pequeña luna llena y la silueta de una especie de monstruo con alas volando hacia ella.

Dede finales del siglo pasado y principios de este, las vallas y  paredes del Sector 3, y de Getafe en general, estaban llenas de garabatos, unos encima de otros, como forma de protesta juvenil contra no se sabe qué, de preponderancia o supremacía, de ratificación personal, de aullidos gráficos en la jungla de hormigón o de expresiones primarias que engordaban el ego y la autocomplacencia en esa competencia inútil con otros grafiteros. ¡A ver quién era el último que pintarrajeaba! Antonio reconoce que «yo, como tantos otros chavales de mi generación, fuimos los culpables. En mi caso reconozco que no tuve la iniciativa, sino que me dejé llevar por otro colega. Compramos nuestros primeros espráis en bricolaje Soriano. El mío era de un tono lila claro, hubiera querido uno violeta, pero era el único morado que había. Igualmente me representaba incluso más que la firma que había elegido: Joker…, pero duró poco ya que pocas semanas después la tuve que cambiar. Al parecer, había otro Joker en las Sociales y no quería problemas».

«Mis inicios fueron más vandálicos que artísticos y recuerdo la vez que me pillaron pintando a plena luz del día en el CMB. La gerencia de la tienda accedió a no denunciarme… pero me dio un cepillo, unos guantes y un bote de disolvente. Me pasé una tarde de viernes frotando todas las firmas que había en aquel muro… No lo recuerdo como algo negativo, de hecho, es uno de los recuerdos más bonitos de mi adolescencia: con el sol poniéndose y escuchando música rodeado de mis amigos de aquella época antes de que los años, las drogas y las movidas nos llevaran a cada uno por un camino diferente».

«En aquellos tiempos la senda de Mafalda estaba llena de grafitis mucho más elaborados que los que hacíamos la mayoría de los niños del barrio. Murales… Cada vez que aparecía algo nuevo íbamos todos los skaters corriendo a verlo (y a buscar boquillas por el suelo). La vieja escuela eran nuestros referentes y soñábamos con ser como ellos. Uno de aquellos murales también fue decisivo para mi vocación. Los Cartoon Production ( Suki, Dine y José) hicieron un enorme grafiti con letras tridimensionales y un fondo basado en el desierto y las pirámides… Los reyes de Egipto. Esa obra, llena de colores y luces que nunca pensé que se pudieran conseguir con un espray sembró en mí una semilla que aún guardo en mi corazón… Yo también quería hacer algo así».

El autor asegura que «no se me daba bien dibujar, aunque me encantaba. Yo era de los que suspendían plástica, no solo por pintar mal sino porque prefería dibujar muñecajos y monstruos que me inventaba en lugar de lo que pedía el profe». A base de analizar obras que salían en revistas especializadas, empezó a mejorar. Y de qué manera. El lector podrá comprobar en facebook o instagram, al margen de los retratos vitales pintados en los transformadores, el talento de un artista que dibuja primorosamente.

Durante este tiempo de aprendizaje ha pasado por buscar muros, pedir permiso a los vecinos para decorar muros exteriores, correr de la policía y mil peripecias hasta conseguir el muro de una vivienda. El problema es que aún no dominaba toda la técnica. Se gastaba sus ahorros, los regalos de cumpleaños y lo poco que sacaba de los vecinos en comprar espráis de colores. Ahora reconoce que, cuando acabó su primer mural, comprobó que no tenía el nivel que él quería, ni siquiera sabía que el fondo se podía rellenar con pintura plástica. Una vez acabado el grafiti, tuvo que soportar la acción de «un imbécil que había estropeado la pintura con unas letras suyas. Se me rompió el corazón».

Desde que pintó esta serie de Retratos vitales, en el verano de 2025, han sido varios las obras vandalizadas de alguna manera u otra. Con pintura plástica, letras, quitando los códigos qr que dirigían desde cada grafiti al relato correspondiente.  Incluso hay un vídeo de un señor mayor tapando la expresión de uno de los murales. ¿Qué daño le hará el arte? ¿Porqué se sentiría ofendido para tapar el alma de ese personaje?

Vídeo publicado por el autor: https://www.facebook.com/reel/1994047504528779

Parece que esos actos vandálicos, propios de colegas desalmados, de padres defensores del miedo de sus hijos o de viejos estultos, han sido numerosos en su carrera como artista.  Luego, todo parecía que iba a mejor. Fue profesor de grafiti para chavales de trece años y ha organizado concursos y exhibiciones en las fiestas de barrio. El tiempo hizo que, poco a poco, pintase cada vez menos: «trabajo, vida de adulto, oposiciones, paternidad… Yo me mudé a otro sitio y el barrio volvió poco a poco a quedarse sin firmas que lo guarreasen todo, pero también sin murales que hicieran soñar a los niños con llegar a ser grandes artistas. Los adolescentes ya no tienen las manos manchadas de pintura porque pasan las tardes con el móvil o jugando en Fortnite. Y eso me daba pena». Durante este curso, 26/27 está dando clases de grafiti en el Centro Cívico Juan de la  Cierva, dentro de la oferta de ocio del Ayuntamiento de Getafe.

Meses antes de empezar con los retratos vitales, pintó por encargo un grafiti con el fondo del desierto como un guiño a aquel mural que tanto me había impresionado y con las dos lunas del planeta como guiño al que lo hizo cuando yo era niño.  En esta obra estuvo ayudado por su sobrino de 16 años. Ya sabía que el fondo se hace con pintura plástica. «Pintando ahora. En mis 30 —Antonio nació en 1988— tuve sensaciones preciosas que acompañaron aquellas tardes de trabajo de un pensamiento hermoso. ¡Ahora yo soy la vieja escuela!».

«Esta ha sido mi vida como grafitero… Y como en todas las facetas de mi vida no ha sido perfecta. Sé que he cometido errores, que he tenido el ego inflamado, que he hecho cosas que no estaban bien pero también que he ido aprendiendo y madurando. Que cada fallo, golpe de mala suerte o de buena, cada persona que he conocido gracias a los espráis y cada recuerdo con olor a pintura han construido a la persona que hoy soy. Por eso voy más allá del arrepentirme o estar orgulloso y abrazo cada cosa, dulce o amarga, que me ha pasado sabiendo que son las piezas de mi historia… Como tantas otras».

«Esta es mi pequeña y humilde aportación —remata Antonio Ayala el último relato del libro— al barrio donde me crie y a sus paredes; mi pequeña compensación a los vecinos cabreados que tuvieron un disgusto al levantarse y ver que alguien les había pintado la fachada; y mi homenaje a aquel chaval de 13-16 años que no se rindió por no pintar bien, por no tener dinero, porque le tacharan o porque la vida le robara el tiempo para seguir con lo que ama».

 

Plano del Sector 3 con la ubicación de los 13 grafitis.