«Todos los horrores que los novelistas creen inventar están siempre por debajo de la realidad». Honoré de Balzac.
SÁBADO, 11 DE JUNIO DE 1921. VILLAVERDE BAJO. La catástrofe ferroviaria ocurrió exactamente en los Rosales, donde la vía se bifurca. El tren corto que venía de Toledo tenía su hora de llegada a las ocho y veintidós de la tarde; el que se dirigía a la región andaluza, a las ocho y veintiséis. Llegando a su hora, el tren corto esperaba en Villaverde el paso del expreso. El sábado aquel, un infausto 11 de junio, el de Toledo traía cuatro minutos de retraso y en vista de ello, según declaró posteriormente, el jefe de la estación de Villaverde puso la señal de alto a fin de que el susodicho tren de Toledo se detuviera sin entrar en la vía general. ¿No advirtió la señal el maquinista del ‘corto’? ¿Creyó, teniendo a la vista el expreso que rebasaba la estación, que disponía de tiempo para entrar en la vía general antes de que el otro cruzase?
Las respuestas eran evidentes. El conductor del expreso, señor Montero, murió carbonizado pero de manera heroica, según la declaración del fogonero del tren, que resultó ileso en el accidente: «hizo lo único que podía hacer: se asió al freno de vapor, para que, aun saltando de la vía el ténder y la locomotora, parase el resto del convoy». Sin duda su último pensamiento fue para salvar vidas, ya que era imposible del todo evitar el fatal encuentro. Tras esa declaración, el dignísimo juez Manuel González Correa permitió que el secretario del Juzgado de Getafe, Sr. Murias, filtrara esa parte del sumario y se lo transmitiera a la prensa para reconocimiento público y homenaje al fallecido. Manuel Montero, el heroico conductor, estaba casado y dejó dos hijos pequeños. La prensa y la opinión pública reclamaron una recompensa por la acción, una pensión suficiente y una suscripción económica a favor de la viuda y de los huérfanos del abnegado y benemérito maquinista ferroviario que propició el diario ABC, y que empezó con una aportación extraordinaria de su director, señor Luca de Tena, por importe de 2.000 pesetas, y un donativo de cincuenta pesetas por parte de dos de los viajeros del expreso.

El expreso de Andalucía choca con el tren corto de Toledo. Fotografía publicada por El Mundo el 13 de junio de 1921. (Foto: Duque)
La lúgubre escena nocturna, aún cuando habían pasado más de dos años, se resistía a desaparecer y permanecía en la retina como uno de sus más tétricos recuerdos. El juez todavía se estremecía y notaba como se le erizaba la piel. Cuando llegó al lugar de la tragedia, iluminado por la luz de las antorchas, se mostraba un escenario siniestro, espantoso: un oscuro, anárquico y aterrador panorama de la desgracia humana, propio de la literatura más negra y de los cuadros que ilustran los funestos horrores de la guerra.
Numerosos autos iban y venían por la carretera de Getafe a Villaverde; conducían hasta el lugar de la tragedia a parientes y deudos de los viajeros de ambos trenes, ansiosos por cerciorarse de que sus amigos o familiares no se encontraban entre los muertos. Solo a la vista de aquel sobrecogedor y luctuoso espectáculo, ahogado por la emoción, podía uno creer que el golpazo entre los dos trenes hubiera causado aquel horrendo destrozo. No parecía sino que una inmensa y terrible fuerza hubiera repetido una y otra vez su desolador golpe, causando unos estragos difíciles de imaginar sobre aquellos vagones, volcando la locomotora del expreso como si fuera un juguete, doblando los hierros, astillando y pulverizando las maderas, haciendo saltar por los aires a una distancia considerable los asientos, los baúles, los equipajes ligeros y otros enseres. Hasta los muertos volaron algunos metros en esa primera y, a la vez, postrer ocasión por la tremenda violencia del choque, impulsados por una poderosa fuerza, como el resorte que le gana la partida a la gravedad. Numerosos heridos también experimentaron la furia del impacto, elevados por los aires como balas de cañón para batir marcas imposibles en la distancia recorrida sin motor ni propulsión.
La prensa nacional del día 13 de junio recogió cruel y fielmente las primeras impresiones. La locomotora del tren corto de Toledo estaba intacta, el siguiente vagón aparecía partido, como a hachazos; «pero lo que helaba la sangre en las venas —publicaba el enviado del ABC— era observar la extraña e inverosímil forma en que se destrozó el resto del convoy» con vagones aplastados, triturados, con los armazones deformes, fuera de su diseño, doblados, retorcidos, como fragmentos de la onírica y brutal pesadilla del mismísimo Vulcano.
Cuando llegó al lugar del accidente, alrededor de las nueve y media, ya de noche, y gracias a un coche que el Regimiento de Artillería acantonado en Getafe le puso a su disposición, la Guardia Civil de Villaverde y la de Getafe, las fuerzas de Policía presentes y el comisario general, señor Manresa, se pusieron a sus órdenes. Lo primero fue acordonar la extensa zona del accidente, sin que las cuerdas y otros medios improvisados fueran suficientes para completar el larguísimo perímetro; se trataba de vigilar —de manera bastante infructuosa, a la vista de las denuncias que hubo por parte de los particulares— los equipajes que se hallaban desperdigados y los efectos de correos entre los que se suponía, con casi total seguridad, había valores, bonos y dinero en metálico. También había acudido, ¡gracias a Dios!, una dotación de la Dirección del Parque de Bomberos con su jefe, el señor José Monasterio, a la cabeza. Manuel González recordaba con claridad el meritorio y siempre poco elogiado trabajo de los bomberos que atendieron a los heridos leves con su botiquín, trasladaron a los más graves con sus camillas y que, durante horas, bregaron con denuedo para desescombrar, cortar y retirar los hierros y desastillar las maderas, en una tarea titánica que consiguió rescatar numerosos heridos y cadáveres.
A pesar del desorden, el desconcierto y la anarquía que reinaba en aquel lugar, se hizo una primera estimación de muertos y varias decenas de heridos de diversa consideración. Además de la Guardia Civil de Getafe, Villaverde y Carabanchel, los Policías disponibles en esa parte de Madrid, los cadetes de la Escuela de Aviación de Getafe también con su botiquín, los Bomberos de Madrid, el médico forense y el cura párroco de Villaverde, Hilario Vera, y el coadjutor, José María Fernández, empezaron a transitar por la zona los viajeros de otros trenes que, apeándose a la fuerza antes del lugar del accidente, horrorizados, tenían que atravesar aquella pesadilla para trasbordar al otro lado y tomar nuevos convoyes que les llevaran hasta su destino. Además, había numerosas personas, se suponía que familiares o conocidos de los pasajeros, que deambulaban de un lado para otro, como sombras fantasmagóricas, mirando y buscando a sus seres queridos o simples conocidos sin que nadie tuviera la ocasión ni la ocurrencia de preguntar por sus identidades. El juez de paz de Villaverde se encargaba de registrar las ropas de los pasajeros muertos para hacerse cargo de sus pertenencias y la Policía los situaba sobre mantas cerca de los raíles y detrás de la caseta que se levantaba junto a la bifurcación de las vías. Bomberos, policías y aviadores curaban y rescataban a los lesionados que se quejaban; los curas daban la extremaunción o rezaban sus letanías y consolaban a los heridos, a los huérfanos, a las viudas… Y el médico forense certificaba los fallecimientos. Era la representación, si no del mismo infierno, sí del juicio final en estos suburbios del sur de Madrid.
Allí mismo, a las doce de la noche, se constituyó el Juzgado de Instrucción procediendo, en primer lugar, al reconocimiento de los muertos y a la recogida de sus pertenencias. No era fácil discernir a la luz de las antorchas quién era quién en aquella situación, ni vigilar lo que hacía tanta gente en el lugar del suceso; no se sabía a ciencia cierta si eran pasajeros heridos o familiares recién llegados, viajeros o personal autorizado.
Había gritos y lamentos que percutían en la oscuridad de la noche con ecos desesperados. Horas de angustia y tensión hasta que al filo de la madrugada empezaron a llegar los trenes de socorro desde el centro de la capital. Manuel González, como juez instructor acudió a la estación de Atocha junto con el juez municipal del distrito de Buenavista, Fernando Gil Marisca, el oficial habilitado señor Martínez Casado y el alguacil Salvador Blanco. Después, en el mismo coche militar que les había prestado el cuartel de Artillería, acudieron al Hospital de San Carlos donde tomaron declaración a los heridos, cuales, por su estado grave y la conmoción del suceso solo pudieron declarar sus nombres y preguntar por sus seres queridos.
Manuel González no pudo resolver ni una sola de las reclamaciones por objetos perdidos ni las denuncias por robo. Claro —parecía evidente—, él había llegado aproximadamente una hora y media después del suceso. La Policía y la Guardia civil llegaron sobre las ocho y media. Tras el accidente, fueron algunos vecinos de Villaverde los primeros en llegar. Unos para ayudar y otros… ¡Dios sabe a qué! No se olvidaba del dicho popular que le espetaran a propósito: ‘Leganés, pepineros; Getafe, hambrones; Villaverde, la cuna de los ladrones’. El remolino inicial de gritos, llanto, dolor y miedo, y otras mil emociones propias de catástrofes de aquella envergadura, propiciaron los robos y sustracciones de dinero, joyas, maletines completos con documentación y pequeños bienes como broches, pitilleras, ropa y efectos personales que luego se antojaron sublimados por el calor de la noche o triturados por el choque. A pesar del valor económico de esos delitos, la tragedia humana era tan grande que tuvo que dejar a un lado los numerosos casos sobre la desaparición de bienes materiales. No fueron pocas las denuncias presentadas por los heridos o por los cónyuges y herederos de las víctimas que quedaron sobre la mesa, amontonadas en carpetas de sumarios relacionados con el del accidente, pero excluidos, desgajados de la causa principal; y de allí pasaron a la penumbra del cajón de lo que nunca se resuelve, al archivo de lo que no tiene solución aparente, sin que la prensa ni la autoridad gubernativa prestara atención alguna a esas partes del sumario o recordara su falta de resolución. ¡Menos mal! —pensó Manuel González Correa, temiendo que las pavorosas imágenes del accidente se hubieran dejado traslucir como si la piel fuera un cristal.
—Ahora —dijo dirigiéndose al secretario—, al pasar cerca de Villaverde, recordé por momentos el accidente de trenes de hace casi dos años.
—Malos recuerdos, señor juez.
—Sí, ¿no?
—Ufff… Yo no lo viví en persona, pero seguí el caso a través de la prensa. Hubo un despliegue periodístico abrumador, acompañando las crónicas con terribles fotografías del accidente. Nunca olvidaré al maquinista carbonizado o la cara de la viuda y los huérfanos que dejó. A veces la realidad supera la imaginación… Como bien dijo Balzac, «todos los horrores que los novelistas creen inventar están siempre por debajo de la verdad».
—La instrucción del sumario del accidente y la definición de responsabilidades fue fácil. El fogonero del expreso de Andalucía salió despedido como por un resorte a varios metros de distancia aunque resultó milagrosamente ileso; él fue la persona clave para el esclarecimiento de los hechos y las responsabilidades. El maquinista del tren corto de Toledo venía asomado a la portezuela de la locomotora para vigilar la maniobra que arriesgó y para saludar, como era costumbre entre ellos, al maquinista del expreso. Al cerciorarse del inevitable impacto, se arrojó del tren abandonando al convoy y a sus pasajeros como la rata del barco que se hunde. Tras observar la consecuencia fatal de su temeridad, huyó despavorido lejos del lugar del accidente hasta un pequeño montículo donde se sentó y permaneció inmóvil hasta que lo encontraron los agentes uniformados del Cuerpo de Seguridad, llorando y temblando como un niño. También, el revisor de aquel tren se salvó.
—Sin embargo, el accidente tuvo tintes de tragedia, de las peores…
—Sí. La mayoría de los viajeros quedaron aplastados en medio de un estruendo tan ensordecedor que apenas se percibían las quejas de los heridos y de los que quedaron aprisionados. Entre los fallecidos aquella noche estaba el médico de Torrejón de Velasco, don Nicasio Fernández, con el que había conversado un par de veces por motivos de trabajo.
El juez lo tuvo fácil. Estaba a punto de convertirse en una estrella de la judicatura hispánica, lo que se llama un súper juez, un juez superlativo. La primera providencia que dictó era pura letanía de segundo de carrera; una decisión inapelable, jurídica y socialmente. Manuel González decretó, el mismo día 13 de junio, tras tomar declaración al fogonero del expreso, la prisión y encarcelamiento del maquinista del tren de Toledo, Fernando Moreno Garrote, de cuarenta años, casado y natural de Ciudad Real. A la vista de su presunta culpabilidad, la noticia apareció al día siguiente en toda la prensa nacional. Todo eran parabienes y felicitaciones por su trabajo y eficacia, como medallas o méritos en su expediente profesional. Los titulares parecían impresos con tinta bendita. El dignísimo juez Manuel González dictó, a la misma vez, el auto de procesamiento contra el insensato maquinista exigiéndole una fuerte fianza en el caso de que se ordenase su libertad provisional, y otra fianza extraordinaria a efectos de la responsabilidad civil. El culpable de la catástrofe, imputado por imprudencia temeraria con el resultado de homicidio múltiple y daños a la Hacienda pública, al patrimonio de la compañía ferroviaria y a la fortuna de las víctimas, era un modesto obrero que, sin medios económicos ni prestigio social, fue encarcelado y condenado. El pobre hombre no negó las evidencias, manifestando que, efectivamente, no se fijó en la primera señal, y que al llegar a la segunda frenó, pero ya la máquina había rebasado la línea general y era imposible evitar el impacto.
Fueron días de prestigio social y profesional. Y hubiera sido mayor si no fuera porque el protagonismo en los periódicos era para la guerra en Marruecos. El día 11 de junio de 1921, La Libertad relataba la pérdida de la posición del monte Abarrán, preludio de la derrota y del desastre de Annual que se produjo en el mes de julio. La confusión en la metrópoli, producida por la censura y la inacción, era como el humo negro del incendio provocado por las turbas de Abd-el Krim. Nadie se explicaba que el otrora amigo de los españoles, estudiante en Salamanca, colaborador del periódico de Melilla ‘El Telegrama del Rif ’, fuera el líder de la revuelta de las cabilas que habían dejado aquellas montañas sembradas de españoles muertos por los disparos de sus rifles o degollados con sus gumías.
- Capítulo de la novela LAS MUECAS DE LOS DÍAS.
- ILUSTRACIÓN SUPERIOR: Dibujo publicado en la Ilustración Española del Descarrilamiento de un tren de viajeros en la línea de Granollers, el 24 de mayo de 1882. Según croquis remitido por D. Jaime Puig y Verdaguer, testigo presencial. Coloreado digitalmente.
