A las cinco de la tarde los barcos pesqueros vuelven de faenar con su escolta de gaviotas. El cielo está perlado de aves planeando tras la estela del motor, como rematando un cuadro puntillista. En el azul del mar, gorgotean los peces cada vez más escasos…..Son las cinco de la tarde. Un pespunte brillante borda de sal y espuma el manto resplandeciente del cielo. Son las cinco de la tarde.

Ya en el puerto, los marineros se afanan sudorosos por descargar los escasos y exiguos trofeos conquistados al Mediterráneo. La mercancía llega en cajas de plástico de colores chillones, en porciones y pesos adecuadas para la subasta. Los compradores, todos ellos comerciantes, minorista o tratantes, parecen niños con la consola portátil. No es un juego. Miran, apenas hablan, atienden, escrutan la cinta transportadora por la que circulan a velocidad constante los lotes de marisco y peces; el truco está en apretar en el momento justo el botón verde del aparatito. Precio y cantidad. Tocado.

El sistema inalámbrico de la pequeña lonja adjudica la diana electrónica a un número de identificación fiscal. La subasta es rápida, ausente de ritos, sin folclore ni voces. Esa caja de gambas es mía. Son muy rojas; son muy caras. Las sepias son muy frescas, envueltas en su capa de tinta negra, en un último intento por camuflarse, despistar al agresor y evitar la redada. Son muy pequeñas. Las pescadillas, también; son tersas y brillante, minúsculas; parecen huérfanas.

El marisco que (aún) se captura en la bahía es una joya; para los pescadores, una de las capturas más deseadas, esperanza de un buen negocio. Perspectiva de continuidad laboral. Para las tres pescaderías del pueblo y los numerosos hosteleros, un desafío y una incógnita ¿Quién pagará 123 euros por un kilo?