El periódico político satírico Fr. Gerundio, en su capillada  [número] 146, describía  una corrida de toros en la plaza del Ayuntamiento de Getafe con motivo de las fiestas patronales en honor a la Virgen de los Ángeles. Era finales de mayo de 1839:

«Me tocó entrar en la plaza por una casa donde había una panadería de tahona: vi el pan preparado para meterle en el horno, y dije para mí acordándome de Jovellanos sin ser Jovellanos: ‘he aquí los pueblos de España; pan y novillos’. Subí al gran palco-balcón-galería de las casas consistoriales, y luego que se colocó mi Paternidad entre el Alcalde y el Juez de primera instancia (que, sea dicho entre paréntesis, son dos dignos patriotas) se hizo la señal al timbalero y los clarines, que eran nada menos que tres, más que en la plaza de Madrid; y se dio principio a la corrida. Por supuesto que en esta clase de pueblos y funciones no hay despejo de plaza; al contrario siempre hay toreando por lo menos doscientos hombres libres. Fueron saliendo los novillos, buenos en lo general, bravos y vivarachos; […]

Todos toreaban a un tiempo, unos con la chaqueta, otros con el pañuelo, otros con una manta vieja, quizá llena también de ganado como las dehesas de Colmenar, otros con el sombrero, otros con el palo que le hacía de bastón, y muchos con el cuerpo a cuerpo y brazo a brazo: hombre había que viéndose apurado por el novillo, se bajaba a descalzarse un zapato para tirársele y entretenerle de algún modo: en uno de estos caso vi con admiración al animal detenerse y contemplar al hombre-novillo como quien le dice: ‘mentecato, si yo fuera tan bestia como tú, y no me reconociera dotado por hoy de un alma grande ¿qué sería de ti, y a dónde irías a parar?’. Otro salió (yo le llamaba el símbolo de la afición española) con un brazo malo y sostenido por un pañuelo pendiente del cuello: este hombre debía están tan manco del juicio como del brazo.

No faltaron sin embargo sus porrazos corrientes así como por vía de ejemplo, y por muestra de que sabían darlos para ver si escarmentaban, pero ni por esas. Los únicos que entendían de capear y que nos divertían sin susto fueron un hijo de un Grande de España (de cuyo título no me acuerdo, pero que es menester expresar), y un sobrino de Capita, el banderillero de la plaza de Madrid. El presunto Grande de España y el sobrino del banderillero se conocía que iban de compañeros, y que eran de una misma escuela: se defendía muy bien uno a otro: ambos pueden llegar a ser buenos profesores si lo ejercitan. A veces había derramadas por la plaza tantas prendas de vestuario que si las encontrara un comandante de columna, no necesitaba más para decir al gobierno que el enemigo pronunciado en derrota había abandonado el botín, dejando el campo cubierto de uniformes, armas, y otros efectos de que se aprovecharon sus soldados; y era la chaqueta del Lagarto de Villaverde, y el moquero del tío Pancracio de Carabanchel.

Se acabaron de correr los dieciocho novillos y se hizo una suspensión de hostilidades hasta la tarde. Van-Halen hubiera hecho una estipulación ominosa: al cabo, más fiero es Cabrera que todos los novillos de Getafe juntos y la hizo con él: pero los getafenses hicieron un armisticio tácito. Por la tarde se volvieron a correr dos veces los mismos 18; de modo que entre las dos corridas de la tarde, la de la mañana y los cuatro o seis del aguardiente vinieron a correrse en un día cerca de sesenta novillos. La plaza de Getafe estuvo hecha un anfiteatro en tiempos de Caracalla».

Y así pasó el siglo diecinueve. Toros, toros y, sobre todo, toros. El Museo Universal, en 1863, habla de palos y disputas por culpa de los festejos taurino de Getafe. La fama no decrecía. El periódico La Libertad, en su número de 9 de junio de 1892, publicaba una noticia sobre los festejos: «40 toros se corrieron ayer en Getafe. La fiesta duró todo el día empalmando la corrida de la mañana con la de la tarde, advirtiendo que de madrugada ya se habían corrido varios toros».

La Crónica de los Carabancheles anunciaba en su número de 5 de junio de 1898 [anulada ese día y celebrada el día 14] una corrida benéfica con el fin de allegar más recursos a la suscripción nacional, sin especificar el destino de los fondos, en la que no se había omitido gasto alguno; una infinidad de arcos voltaicos iluminarían la plaza a las nueve de la noche para lidiar dos toros de muerte por los afamados novilleros Mazzantinito y el Chico de la Blusa, con los banderilleros Ramón Dorrego (de Getafe), Antonio García y Gil Rojas; además, se anunciaban picadores, alguaciles y monosabios. Después de muertos los toros se lidiarán doce de capea para los que gusten de bajar al redondel. La presidencia estará a cargo de distinguidas señoritas. La entrada más barata [general] costaba cincuenta céntimos y la más cara [junto a las señoritas, se supone] dos pesetas. Getafe era noticia habitual por los sucesos taurinos; heridos, muertos y altercados que las autoridades locales encubrían o no comunicaban al gobierno civil.

A finales del siglo XIX, el ilustrador getafense Daniel [Urrabieta] Vierge triunfaba en París. Él también ilustró con un cuadro al óleo una corrida de toros, esta vez en la vecina localidad de Pinto, imagen que reproducimos bajo estas líneas. La imagen superior corresponde a una acuarela del artista barcelonés afincado en Getafe Filiberto Montagud que muestra la fiesta de  los toros que se celebraba en Getafe, en la plaza del Ayuntamiento, en el primer cuarto del siglo XX.

 
 
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BIBLIOGRAFÍA E ILUSTRACIONES:


♦ Fr. Gerundio. Periódico satírico de política y costumbres. Capillada 146. 24 de mayo de 1839. Madrid. Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. Ministerio de Cultura.
♦ Los toros en Getafe. Filiberto Montagud Díaz.  Ilustración inacabada ejecutada con lápiz y acuarela en un pequeño formato. Cedida su reproducción por gentileza de la familia Reverte Montagud.
♦ Corrida de toros en Pinto (Course de taureaux improvisée sur une place publique d’une ville d’Espagne. Óleo sobre madera de Daniel Vierge. Musée d’Orsay. París.