La exposición sobre María Magdalena organizada por el Ayuntamiento de Getafe en colaboración con la asociación de artistas La Carpa y el Obispado de Getafe tenía la pretensión, a primera vista, de ser el acontecimiento cultural del otoño en esta ciudad. Sin embargo, lejos de ello, de las banderolas como ínfulas colgando por doquier, de la prestancia del folleto publicitario y de lo emblemático de los recintos elegidos, la exposición es —para un espectador como yo— un fracaso cultural, un fiasco. No por la idea en sí, ni por el esfuerzo de los artistas, ni por la calidad de algunas de las obras mostradas; simplemente no hemos podido verla como requiere un evento de esta categoría; nos ha decepcionado. No nos ha producido atisbo alguno de emoción, imprescindible en cualquier manifestación artística.

Dos intentos, finalmente fallidos, para contemplar los cuadros, grabados y esculturas expuestos en la Catedral dentro de la muestra dedicada a la santa católica, a la que unos consideran una puta arrepentida, otros la esposa [en la tierra] de Cristo el que se hizo hombre, y otros, siempre tan puritanos y misóginos, la discípula de Jesús el judío rebelde y predicador. La primera vez,  quizás el miércoles a las ocho de la tarde, me introduje en la Catedral como si fuera el interior del sepulcro del que surge el crucificado para aparecerse a su amada María, la de Magdala. ¡Ante quién si no habría de aparecerse un  hombre resucitado, aunque se cabrease Pedro su discípulo más aventajado!

El segundo intento, no se diga que escribimos sin contrastar, ha sido este domingo tras la misa de doce. El sol resplandecía en el cielo azul, apenas trazado con unos lazos de nubes blanquísimas. Nada; ni así. Por los ventanucos abiertos sobre la bóveda de la Catedral entra una luz ideal para crear esa atmósfera cenital y mágica para el rezo y la meditación; insuficiente para contemplar cuadros, a veces de una gran sutileza. La luz meridiana del otoño entra por los pequeños huecos en haces casi horizontales y blanquecinos que se reflejan  en la bóveda y resbalan por las imponentes columnas en un vano intento por  alcanzar el suelo del templo. Antes de llegar abajo se funde con las sombras transformándose en penumbra. Los cuadros, colocados en paralelo a la dirección de la luz y en la parte de atrás de las columnas,  quedan a oscuras tapándolos así, de manera tan original, de la poca iluminación natural. La otra, tampoco luce ¿Tan caro era instalar focos eléctricos frente a cada una de las obras? Si es así, hubiera sido mejor buscar otro escenario para la exposición.

 

La escasa iluminación de la Catedral no permite ver las pinturas ni los grabados como se merecen, ni siquiera  gracias al exagerado y repetitivo tamaño de  la mayoría de las obras aportadas por los artistas de La Carpa. La Magdalena es bello templo, un recinto más apropiado para los sonidos del órgano, de la orquesta de cámara o del coro que de la expresión gráfica.

Así, decepcionado, no tuvimos más remedio que acudir con la cámara de fotos y el flash. ¡Qué resultado más atroz! Hemos visto algunos de las obras en el ordenador. Ignoramos si el sensor de la cámara digital habrá sido fiel al color que plasmó el artista o si la luz artificial ha conseguido difuminar, incluso borrar, algún detalle importante. 

Conste, como mal pintor que soy y peor crítico, que se trata de una opinión subjetiva, muy personal, y espetada en mi calidad de crudo y miope espectador. Las cuatro viejas que daban vueltas entre las bellas columnas de la Magdalena, ocultas por tablas y lienzos, caminaban con cuidado de no tropezar en la oscuridad mientras lanzaban en voz alta la única opinión que se podían permitir: No se ve nada, —aseguraban igualmente decepcionadas—.

Más de uno habrá pensado o echado de menos que, además de poder ver estas modernas obras de arte, hubiera sido preciso, o incuso preciosos, contemplar con suficiente luz los originales y  con fotografías con suficiente resolución para su ampliación las obras de los antiguos artistas de la Magdalena que se muestran en los retablos y en la sacristía.

Tomás Paredes, crítico más cualificado, de hecho es Presidente de la Asociación Nacional de Críticos de Arte, asegura en el folleto de la exposición que «conviene apoyar esta convocatoria por su sentido, más allá de su contenido». Y nos gustaría sumarnos a ese aliento si hubiéramos podido contemplar, y no intuir, casi palpar, el sentido de la  muestra.

Al margen de la técnica utilizada, la mayoría de las obras, salvo algunas excepciones, aparecen vacías. Sin contenido religioso. Apenas hay alguna excepción a la  manoseada y vulgar representación iconográfica de la figura humana y religiosa de María Magdalena. Incluso siendo agnósticos, ateos o descreídos, parece que la mayor parte de las obras expuestas en el templo recogen dibujos y retratos de las mujeres, primas, amigas o hijas de los pintores tratados sin ninguna expresión clara de arrepentimiento por el pecado, del deseo del amor carnal, del dolor por la pérdida o, incluso, de la esperanza en la resurrección.  

 

«El triunfo de María Magdalena», óleo de José Luis López Romeral

 

Siendo la santa de la iglesia católica que más veces ha sido representada desnuda, ninguna de las propuestas ha contemplado tan posibilidad ¿Imponía temor el escenario para los artistas de La  Carpa? ¿Candor, ingenuidad o falso pudor? ¡Qué artistas más insulsos y apáticos estos de La Carpa!

 

Detalle de «La mirada más allá del dolor», de Timoteo Díez Rozas

 

Hay, en la muestra, magdalenas con los labios perfilados y las cejas depiladas, magdalenas ausentes, incluso mujeres que  no han sido, son  ni serán magdalenas. Hay un cuadro en el que se expresa el dolor, quizá de una madre: el dolor terrible de perder un hijo. El grito desgarrador de una mujer que se ha equivocado de exposición; o eso pensamos nosotros al intentar oír el rugido desesperado. Incluso aparece un moderno remedo de la “mirófora” (portadora de aceites perfumados) cuando el artista sustituye las joyas que abandona la Magdalena entre los dedos y las manos de José Leonardo por la botella vacía de óleos aromáticos como una representación  realista del clásico y repetido icono ortodoxo; colocada delante del sepulcro de manera irreal jugando con las formas cuadrada del hueco del sepulcro y redonda de la piedra que lo tapa. Como el agua y el aceite, como dos elementos que no encajan.

 

 

Detalle de «Apostolus apostolorum» de Isabel Sánchez Anguita

 

Con tan escasa iluminación, es fácil que se nos escape esa lágrima que empieza a escurrirse de unos ojos y una cara anodina e inexpresiva a cargo, eso sí, de una pintora dotada de una técnica excepcional y que vislumbra, si acaso, la soledad de la Magdalena. 

Parece que la exposición se ha organizado a zancadas, con más prisa que cabeza, sin claridad, como si lo importante no fuera el hecho cultural en sí, sino rellenar un espacio del calendario cultural y darle publicidad como si estuviéramos ante el hecho cultural del año. Menos mal que no hay colas en la Magdalena para verla, porque el chasco es monumental.

Asistimos en Getafe, por fin, a una programación cultural y de ocio de calidad, refrescante y, en líneas generales, bien planteada. Sin embargo, en este caso, los organizadores han cometido errores de bulto que hacen del dinero invertido en la muestra un derroche inútil.

¿Para qué se organiza una muestra de pintura que no se puede contemplar,  como si los lienzos y las tablas estuvieran tapados por una fina arpillera trenzada de sombras y claroscuros, difuminada con la técnica del dedo y el carboncillo?

 

Acrílico de Timoteo Díaz Rozas

 

Acrílico de Manuela Sanz García

 

Técnica mixta de Manuel Montaña Ruiz