Valga la fotografía superior como tarjeta de felicitación; anónimos y caros lectores, feliz 2007. Que los días y meses que vendrán os colmen con vuestros deseos más íntimos. Haya paz; no zz puff. Y solidaridad; no sectarismo. Haya respeto por la madre tierra, el entorno y los recursos naturales; no a los corruptos y a la especulación.

Getafe sigue creando tendencia. El árbol de la navidad getafense es un gigante de plástico verde como el nuevo y «ecológico césped» de la rotondas, que da sombra al ya tradicional belén getafense, una aldea palestina rodeada por una contundente valla o reja metálica; alguien ha transformado ese pequeño rincón de la plaza de la Constitución en la maqueta de un campo de concentración con puerta de entrada y salida. Ay, los judíos, siempre encerrados…

Es de agradecer que Su Excelencia el alcalde de esta villa no haya pensado en electrificar el perímetro para salvar la representación de esa pequeña «maravilla» cutural y etnográfica de la Navidad getafense de los peligrosos vándalos locales o de los vecinos de Getafe que año tras año se han empeñado en descalabrar a San José o llevarse al niño Jesús para invitarle al final de un botellón de calimocho gamberro o quizás para enseñarle que además de Judea existen Bagdad y Teruel, Quito y Bucarest. Este año el reto es mayor, si cabe, debido al formato de la protección metálica. Se trata de evitar que se junten en el limbo del mobiliario y ornato desaparecido, entre otras, la figurita del belén con el libro que tenía en las manos el «lector de hojalata» recostado y aburrido en los aledaños de la antigua fábrica de harinas, hoy Centro Cultural García Lorca, pidiendo a los transeuntes que se acerquen a la vacuidad cultural; vengan, vengan y pasen…

El árbol y el cerramiento del belén pertenencen a la misma serie ornamental diseñada con idéntico gusto y raquítica intensidad intelectual que los coloridos «floripondios» o «pulpos florales», las farolas de diseño intergaláctico o las estatuas. El ayuntamiento cambia la decoración de tu vida. El alcalde ha vuelto de ikea; cargado de objetos extravagentes, feos, ramplones o caprichosos. Y para colmo de nuestra indignación, paga su excentricidad y mal gusto con la «tarjeta de crédito» que los vecinos le entregaron hace ya casi cuatro años. Bienvenido a la «república independiente» de Pedro Castro.

Mucha veces nos gustaría un Getafe en las antípodas, en sentido figurado, como el sitio en el que la municipalidad, el gobierno local, asumiera su actividad como un servicio a la comunidad, un lugar donde la cultura y la participación ciudadana no fueran una excusa para justificar los desmanes y las tropelías urbanísticas. Esas antípodas, a las que nos referimos, no existen. Aún. Un alcalde que fuese justamente el antípoda del que ahora ejerce. O, que de no ser posible, lo enviásemos allí, igualmente como sitio figurado, y referido a nuestro voto y su jubilación. Pero, ¿dónde están las antípodas de Getafe?

Si pudiéramos hacer un agujerito en el suelo, como un pozo, y siguiéramos excavando, siempre perpendicular a la superficie, como túnel de ciencia ficción, más allá de la arcilla, de la arena, de la roca, del núcleo fundido del planeta y, continuásemos , la roca, las arenas, la arcilla, la capa vegetal, nos encontraríamos en las antípodas de Getafe, cerca de un enorme barranco de la isla norte de Nueva Zelanda, en las proximidades de la aldea de Motea, a medio camino entre el Océano Pacífico que baña la Polinesia y la ciudad de Dannervirke.