Desde 1972, el 21 de marzo es el Día Internacional del Árbol. Fecha propicia para realizar las obligatorias Fiestas del Árbol, pequeñas plantaciones casi electoralistas o campañas de concienciación sobre la importancia de los árboles en nuestra vida, en nuestra salud y en el entorno urbano y rural. Con este motivo, hemos querido recordar dos figuras, abuelo y nieto, ligadas a Getafe por distintos hechos, pero con los árboles como protagonistas. Son Ricardo Codorníu Stárico y Juan de la Cierva Codorníu.

Mientras pasea con su abuelo Ricardo, el adolescente Juan de la Cierva y Codorníu observó asombrado el descenso de las semillas de los sicómoros, unas semillas voladoras que pocos años después podrían haberle inspirado su gran invento: ¿Se imaginan? ¿Pero quién era el abuelo de Juan de la Cierva y Codorníu? Se trata de Ricardo Codorníu Stárico (1846-1923), un ingeniero forestal que, después de más de cien años, permanece vivo en Getafe gracias a los árboles que se plantaron en las Fiestas del Árbol de 1912 y 1913 en el Cerro de los Ángeles. Al contrario que su nieto que pone nombre a un barrio, a una estación de Metro y a un polideportivo —a pesar de rozar peligrosamente la ley de la Memoria Histórica por su apoyo a Franco—, el abuelo Ricardo Codorníu no tiene el reconocimiento adecuado a sus esfuerzos. Ricardo Codorníu Stárico había escrito el libro «Doce árboles. Narraciones que dedica a sus doce nietos un forestal en servicio activo». Publicado por primera vez en 1914, recoge una serie de 12 cuentecitos con los árboles como protagonistas. El relato dedicado a su nieto Juan de la Cierva, El árbol aislado, empieza recordando quizás aquel paseo: «Un fruto, provisto de esas delgadas membranas que, poéticamente, llaman alas los botánicos, aunque solo sirven para retrasar la caída de la semilla y para que el viento la pueda arrastrar lejos de la planta que le dio origen, se desprendió de un árbol…».
Juan de la Cierva (1895-1936), después de tres intentos fallidos, ideó un aparato volador cuya sustentación era independiente de la traslación. Se trataba del autogiro cuyo primer vuelo —un salto de unos 180 o 200 metros—, tuvo lugar el 9 de enero de 1923 en el aeródromo de Getafe. ¿Todo gracias a las semillas del sicomoro? Juan de la Cierva tenía 19 años cuando se publicó el libro Doce Árboles. Nueve años después, su autogiro se levantaba del suelo revolucionando la aeronáutica mundial. Ese mismo año falleció Ricardo Codorníu. En su esquela aparecieron algunos pensamientos del Apóstol del Árbol como el que resume su pensamiento: «Aunque el sitio más indicado para orar sea el templo, de mí sé decir que mi alma se eleva también a Dios al contemplar los sublimes espectáculos de la naturaleza, especialmente en el bosque, en la playa y sobre todo en las salidas puestas de sol que parecen una anticipación de las dichas celestes».
Ricardo Codorníu, llamado el ‘Apóstol del Árbol’ por su implicación en la reforestación de España, fue un personaje de naturaleza inabarcable, difícil de encasillar, no apto para incluirlo en una clasificación o bajo una etiqueta. Es un precursor de la conservación de la naturaleza en España, de los árboles, de los montes y de las aves, esperantista, defensor entusiasta de la educación y la divulgación ambiental. También es el responsable de modelar en verde el paisaje de algunos espacios naturales emblemáticos como es el caso del Cerro de los Ángeles de Getafe. Y todo esto no es sino una parte de la personalidad de Codorníu que presentaba a la naturaleza como un conjunto que favorece el cuerpo y el espíritu del hombre.
José Martínez Ruiz, más conocido como Azorín, era amigo de Ricardo Codorníu, en el cual se inspiró para describir a Leonardo, el protagonista de su novela Don Juan publicada en 1922, un año antes del fallecimiento del Apóstol del Árbol:
«Don Leonardo tiene ocho hijos, treinta nietos, quince biznietos; es un roble centenario, venerable, con la fronda llena de pajaritos. La más fervorosa pasión de don Leonardo son los árboles. Siempre que se habla de los árboles, don Leonardo sonríe como un niño. Tiene el buen anciano la risa franca y los entusiasmos súbitos de los niños; ha llegado a la suma vejez con el candor inalterable de los seis años.
» Don Leonardo es ingeniero forestal, erudito y meticuloso. Las paredes de su despacho están llenas de cuadros con árboles; ha presentado trabajos meritísimos en varios congresos; ha escrito monografías elogiadas en el extranjero. De cuando en cuando, a solicitud de los periódicos, escribe ligeros y graciosos artículos de vulgarización».
Los cuentos de Ricardo Codorníu están escritos al final de su vida. En cada narración, el protagonista es un árbol distinto; historias sencillas no exentas de humor con pinceladas críticas con el hombre como destructor y manipulador de la naturaleza, y con los políticos. El pino, el sauce llorón, el algarrobo, los robles, el naranjo o los bosques y arboledas en general son algunos de los ejemplares que arraigan en sus páginas. También se refiere a los bonsáis, a la práctica falsamente artística de podar los árboles con formas extrañas, la tala o las riadas que provoca la falta de árboles en el levante español, una dolorosa circunstancia que, como se puede comprobar, no es de ahora, sino que viene de mucho tiempo atrás.
La Fiesta del Árbol, como otras iniciativas en favor de la naturaleza y de los bosques, ha tenido sus épocas pujanza y de olvido, este último forzado por circunstancias terribles como las epidemias, las guerras o la dejadez de los políticos y funcionarios. La exaltación y efervescencia de estos festejos por toda España coincidió a finales del siglo XIX y principios del XX con la corriente ideológica y política del regeneracionismo que propugnaba una profunda renovación del país para superar la decadencia tras el desastre del 98. El movimiento pretendía modernizar la sociedad, eliminar el caciquismo y la oligarquía, y mejorar la educación bajo el lema «escuela, despensa y siete llaves al sepulcro del Cid», con la intención de prestar atención a las necesidades de la población y dejar atrás el sentimentalismo histórico y las pasadas glorias; la frase fue acuñada por Joaquín Costa, uno de los principales representantes de esa corriente de pensamiento, autor entre otros libros de El arbolado y la patria.
«Todos los días oímos clamar por la destrucción del arbolado y ponderar la necesidad de repoblar los montes, a fin de prevenir las sequías y las inundaciones. Cuando estas devastan las fértiles y risueñas vegas de Zaragoza y de Valencia, el clamoreo sube de punto, las peticiones menudean, los consejos brotan de todos los labios sin darse punto de reposo; pero pasada la hora de peligro, nadie se acuerda de la tierra arrastrada por los torrentes al Océano, ni de los campos reducidos a estepa, ni de las familias de labradores convertidas en familias de mendigos…» [El arbolado y la patria. Joaquín Costa]
La simpática celebración de la Fiesta del Árbol, cuyo objetivo era fomentar el respeto al medio ambiente, con tintes cívicos y patrióticos, tiene su origen en la necesidad de inculcar el amor por la naturaleza, la educación forestal y la repoblación de árboles, a menudo involucrando a niños en las plantaciones. Son muchos los lugares de España que se atribuyen el mérito de haber organizado la primera plantación festiva de árboles; y, dejando al un lado a las demás, casi todas lo reivindican documentado el hecho. Villanueva de la Sierra (Sierra de Gata, Cáceres) se atribuye la idea cuando una tormenta eléctrica calcinó una arboleda cercana al pueblo antes de la guerra de la independencia; de aquellas cenizas, como el Ave Fénix, surgió la propuesta. La fiesta, celebrada el 24 de octubre de 1805, tuvo su alcance periodístico, según cita Joaquín Costa, en el Semanario de Agricultura y Artes; un artículo publicado botánico D. F. A. Zea. El «ilustrado y celoso eclesiástico de aquella Villa», Ramón Vacas Roxo, convocó a los maestros, autoridades y vecinos en general para repoblar la zona: «Vistamos de nuevos álamos nuestros valles, fuentes y paseos, para que nuestros nietos reposen a su sombra y nos bendigan, y miremos en adelante con ceño y con horror la pérfida mano que intente aplicar la sierra a sus troncos». La fiesta empezó el martes de carnaval y duró tres días durante los cuales, además de plantar árboles, se celebró un acto religioso, se bailó, se comió carne y se bebió vino tinto. También se impulsó la plantación de árboles por los escolares para recuperar los montes destruidos en la guerra contra las tropas de Napoleón.
A pesar de la acreditada fiesta de Villanueva, Mondoñedo —una de las siete capitales históricas de Galicia y ciudad natal de Álvaro Cunqueiro— tiene el registro más antiguo según el cronista de esa villa, Eduardo Lence-Santar, que en 1927 documentó la primera Fiesta del Árbol de España. El evento tuvo lugar el 4 de febrero de 1569 y fue una iniciativa del alcalde Luis de Luaces quien convocó a todos los vecinos el 4 de febrero de ese año en campo de los Remedios para plantar tres árboles frutales con la amenaza de multa si no obedecían la orden. Tras el acto, ofreció a los vecinos una comida campestre para celebrar la plantación. Allí se alza un monolito que recuerda la secular ofrenda a la naturaleza. Desde los primeros años del siglo XVI aparecen en esa localidad gallega ordenanzas municipales instando a los del lugar a respetar robles y castaños. El 28 de marzo de 1503 se publicó una Ordenanza en la que se amenazaba con una multa de seiscientos maravedíes a quien talase de más los robles. [© Galicia en cen prodixios, de Henrique Alvarellos. Edicións Xerais, 2004]
Madrid también reclama el mérito de haber organizado la primera Fiesta del Árbol el 26 de marzo de 1896 en el Cerro del Centinela (Pinar del Rey). El acto fue promovido por el ingeniero de montes Ricardo Codorníu y Stárico —abuelo de Juan de la Cierva y Codorníu, inventor del autogiro—, que ha pasado a la historia como el Apóstol del Árbol por su dedicación y defensa del medio ambiente y de los bosques. La Fiesta fue organizada por el Ayuntamiento y la Diputación de Madrid y estuvo patrocinada por la regente María Cristina. El acontecimiento tuvo una gran acogida, con una afluencia estimada en más de 40.000 personas, aunque la iniciativa no tuvo continuidad debido a las críticas recibidas en la prensa y coste. Ni periodistas ni políticos concedieron importancia a la repoblación forestal viendo el hecho como un gasto y no como una inversión a largo plazo.
Iniciado el siglo XX, la Fiesta del Árbol fue reconocida mediante un Real Decreto de 11 de marzo de 1904. En 1911, Ricardo Codorníu fundó la Sociedad Española de Amigos del Árbol —tomando como ejemplo la creada en Estados Unidos en 1872, casi cuarenta años antes— y promovió la revista España Forestal. Al año siguiente, exactamente el 10 de noviembre de 1912, la Asociación se estrenó con boato en una plantación de árboles. El sitio elegido era el Cerro de los Ángeles, en el «inmediato pueblo de Getafe». El Cerro era un montecillo desolado, en medio de la llanura, en el que solo había arraigado una ermita y que hoy, gracias a la Sociedad Española de Amigos del Árbol, es uno de los pulmones verdes de este municipio. La prensa se hizo eco del evento y del proyecto de reforestación del Cerro al día siguiente.

» Los invitados a la fiesta, que eran muy numerosos, y entre los que figuraban algunas distinguidas damas, salieron de Madrid en dos trenes, que fueron recibidos en Getafe por las autoridades y por numerosas comisiones a los acordes de la banda de la localidad. Entre los expedicionarios figuraban los exministros Sres. Sánchez Guerra y Aguilera, presidente el primero de la Sociedad Española de Amigos del Árbol; los ingenieros de Montes Sres. Codorníu, Deleyto y Madariaga; los diputados provinciales por el distrito, Sres. Sauquillo y Borrega, y los representantes de la prensa. También fueron a Getafe el batallón infantil y la banda de música del Asilo de María Cristina.
» [Desde la estación de tren de Getafe] Se dirigieron en varios carruajes al santuario del Cerro de los Ángeles, en el que se ofició una misa solemne, al final de la cual pronunció una elocuente plática el virtuoso párroco de la localidad, D. Eugenio Nedeo Moya. Terminada la misa, se sirvió un espléndido almuerzo que presidió el Sr. Sánchez Guerra, quien tenía a sus lados al alcalde de Getafe, Sr. Cervera; a los Sres. Aguilera, Codorníu y al párroco. En otros puestos, además de las personas ya nombradas, tomaron asiento algunos concejales, el secretario del Ayuntamiento Sr. De Francisco; el coronel del Quinto montado de Artillería, de guarnición en Getafe, Sr. Souza y el jefe de la línea de la Guardia civil, Sr. Ferrari. En el banquete no hubo brindis, y desde la mesa se trasladaron los comensales a las faldas del cerro en donde había de verificarse la plantación.
» Antes de procederse a ésta, el batallón infantil de María Cristina hizo con gran precisión algunas evoluciones, y después los marciales soldaditos, en unión de los alumnos del colegio de Escolapios, y acompañados de las dos bandas de música ya mencionadas, entonaron el himno a la bandera y el himno del árbol, que fueron acogidos con grandes aclamaciones por la muchedumbre apiñada en aquel lugar. El aspecto que ofrecía el cerro no podía ser más pintoresco; casi todo el vecindario de Getafe habíase trasladado al cerro del santuario, y muchas familias daban fin a sus meriendas formando animados grupos en las laderas de la colina.
» Cuando ya todo estuvo dispuesto para la plantación, cuyas operaciones fueron cuidadosamente inspeccionadas por los señores Codorniú y Madariaga, dióse a ella comienzo, siendo plantados simultáneamente los primeros árboles por los señores Sánchez Guerra, Aguilera, Tomás Costa, general Allende-Salazar, Deleyto, Romillo, por el alcalde y el párroco de Getafe, por las señoritas Carolina Codorniú, Maria Asunción Deleyto, Clara Madariaga, Aurelia Calleja, Natividad Herreros, Carmencita Suárez Inclán y Aguilera y por el niño José Luis Sauquillo. El resto de la plantación fue efectuado por los niños de las escuelas municipales, colegio de Escolapios y batallón infantil.
» Fueron plantados en total 30 sóforas y 600 pinos; este año [1912] se plantarán en el mismo lugar 6.000 árboles más. El proyecto de la Sociedad Española de Amigos del Árbol consiste en completar en años sucesivos la repoblación forestal del famoso cerro con la plantación de 50.000 árboles. Desde uno de los balcones de la casa aneja a la ermita pronunciaron discursos el síndico del Ayuntamiento, D. Gregorio Sauquillo, para dar las gracias a la Sociedad de Amigos del Árbol por haber elegido a Getafe para celebrar la fiesta; el Sr. Nedeo y el padre Escolapio Felipe Estévez, para explicar el simbolismo de las fiestas del árbol, y el ingeniero de Montes, Sr. Herreros, para encarecer su importancia.
» El Sr. Aguilera, en frases elocuentes, manifestó que actos de la índole del que se celebraba son los que contribuyen a abrir el ánimo a la esperanza, y dijo que el afán de todos, especialmente el de los madrileños, debe consistir en transformar las áridas y peladas llanuras del centro de la península en un vergel florido. Añadió que la agricultura da la medida de la prosperidad de pueblos como el nuestro, en el que tanto puede influir la riqueza de su suelo privilegiado, y alentó a los niños allí congregados para que amen a los árboles. Terminó dando un viva a España, que fue clamorosamente respondido.
» El Sr. Sánchez Guerra resumió en un hermoso discurso los que se habían pronunciado, y después de dirigir frases de gratitud al culto pueblo de Getafe por haber patrocinado y haberse asociado tan del buen grado a la iniciativa de los Amigos del Árbol, dijo que el lema de esta Sociedad es el de hacer la propaganda por medio de los hechos. «España fue grande —dijo— cuando la religión y el patriotismo se juntaban para realizar obras grandes y para emprender conquistas en todos los órdenes, que hoy pudieran parecer arriesgadas. Reverdezcamos hoy esos laureles por medio del trabajo, que santifica aún las obras más humildes, y esto es lo que pretendemos inculcar en la juventud y en las nuevas generaciones». Dijo a los niños que habían plantado los árboles que la fiesta no debía terminar al separarse los que a ella habían asistido, pues lo verificado ayer no debe ser más que el comienzo, y los animó para que, en lo sucesivo, cuiden y rieguen los árboles que habían plantado y se erijan en amparadores del arbolado, con lo que realizarán una labor humilde, pero patriótica por su finalidad.
» Terminó dando vivas a España y al pueblo de Getafe, que fueron contestadas con entusiasmo. Todos los oradores fueron justamente aplaudidos por la compacta muchedumbre que se apiñaba ante el santuario. Los expedicionarios, altamente satisfechos por lo grata que resultó la fiesta, y muy agradecidos por las atenciones de todo género que para ellos tuvieron el Ayuntamiento, las autoridades y el vecindario de Getafe, regresaron a Madrid por la noche». [© ABC. Lunes 11 de noviembre de 1912].
La Sociedad Española de Amigos del Árbol cumplió su promesa y volvió, al año siguiente, a realizar una nueva plantación de árboles. La segunda Fiesta del Árbol en el Cerro de los Ángeles se celebró el domingo 30 de noviembre de 1913 y estuvo favorecida por un espléndido día otoñal, de cielo puro y sol fuerte. A la fiesta asistieron por primera vez los exploradores de España y repitió el batallón de María Cristina, ambos con sus respectivas bandas de música, los alumnos del Colegio de los Escolapios y los niños de las escuelas pública de Getafe, además de numerosísimo público.
» La fiesta contó con la presencia del presidente de la Sociedad de Amigos del Árbol, José Sánchez Guerra, que acababa de ser nombrado ministro de Gobernación hacía apenas un mes. Igualmente acudieron el también recién nombrado ministro de Fomento, Francisco Javier Ugarte y Pagés, el alcalde de Madrid, vizconde de Eza, así como el alcalde de Getafe [Pedro Celestino Serrano Vara], el párroco de la Magdalena [Eugenio Nedea], el Juez de Instrucción y el resto de las autoridades civiles y militares de la localidad. Por la tarde, acabado el almuerzo y realizada la plantación, varios aviadores del aeródromo de Cuatro Vientos, realizaron «preciosos y arriesgados vuelos de aeroplanos sobre el cerro», siendo acogida su presencia con infantil algarabía. La brillantez del acto pretendía mostrar la conveniencia de propagar la Fiesta del Árbol por todos los pueblos de España. Los árboles nos sobreviven. [© Nuevo Mundo. 4 de diciembre de 1913]
La Fiesta del Árbol adquirió carácter nacional y obligatorio para todos los municipios del país tres años después con la publicación del Real Decreto de 5 de enero de 1915. La propuesta correspondió al ministro de Gobernación José Sánchez Guerra.
«Desde hace largo tiempo y especialmente a partir del año 1808, la mayor parte de de las regiones españolas celebran con regularidad la Fiesta del Árbol, que en los demás países de Europa constituye un elemente poderos de progreso y ofrece oportuna ocasión para propaganda de las ventajas que el arbolado representa para la riqueza nacional y de los beneficios que su desarrollo reporta a la salud pública. Corresponde a los Ayuntamiento, conforme a los preceptos del artículo 72 de la ley Orgánica, el cuidado y fomento del arbolado. […] El ministro de Fomento dictó reciente la Real orden de 16 de octubre de 1914, preocupándose, según es su especial misión, del acrecentamiento de nuestra riqueza forestal.
» Fundado en tales consideraciones, el ministro que suscribe tiene el honor de someter a la aprobación de V.M. el adjunto proyecto, de acuerdo con mi Consejo de ministros y a propuesta del de la Gobernación».
El artículo primero declara la obligatoria celebración anual de una Fiesta del Árbol en cada término municipal. El Ayuntamiento deberá invitar a todos los funcionarios, asociaciones y entidades, tanto oficiales como particulares que en el término municipal residan. En el artículo segundo se dicta que los Ayuntamientos deberán consignar en los presupuestos municipales aquellos gastos que se consideren necesarios como la adquisición de terrenos donde ello sea posible, siembras, plantaciones, riegos y demás gastos indispensables para la celebración de la Fiestas. Los Gobernadores no aprobarán ningún presupuesto municipal sin que en él no figure partida, por pequeña que sea, destinada a tal fin. El artículo 3 recoge la obligación de los secretarios de los Ayuntamientos de enviar por duplicado al Gobernador una Memoria en la que figure la fecha, el número de árboles plantados, el número de asistentes, señalando de modo especial los alumnos de las Escuelas que concurran, personas que más se distingan por su colaboración y estado de las plantaciones ejecutadas en los años anteriores. Los Gobernadores, por su parte, formarán una Memoria General de la provincia, en la que deben figurar todos esos datos parciales y elevarla a la Dirección General de Agricultura. [© Gaceta de Madrid. Dado en Palacio a 5 de enero de 1915. Alfonso]
Las Fiestas del Árbol, gracias a la obligatoriedad que decretó Sánchez Guerra, adquirieron gran popularidad hasta la guerra civil cuando quedaron en suspenso prácticamente hasta mediados los años sesenta. En 1972 se estableció el 21 de marzo como el Día Mundial del Árbol. En numerosos municipios de España se sigue celebrando, aunque en otros muchos las plantaciones, cuando las hay, se anuncian y realizan como meros reclamos electorales a corto plazo y no como una iniciativa que nos sobrepasará en el tiempo y en los beneficios.
