Muchos árboles serían afortunados si tuvieran la belleza del ailanto (Ailanthus altissima), un árbol caducifolio, de porte erguido y altanero, con hojas en forma de pluma, de corteza grisácea y con semillas llamadas samaras de color verde claro, amarillentas y rojizas que colorean su atractivo aspecto de árbol tropical y que vuelan largas distancias con la ayuda del viento. Originario de China, también es conocido como árbol del cielo, ailanto glanduloso, arcacia, malhuele, noguera loca, árbol de los dioses, zumaque falso o gandul de carretera. Su nombre deriva de una voz malaya utilizada en Ambón (Islas Molucas) que significa árbol muy alto o árbol que busca el cielo para denominar un árbol parecido.


Árbol del cielo creciendo junto a la fuente de la Cibelina, en Getafe, rodeada por las obras de la calle Madrid desde hace un año. Los jardineros y obreros deberían indultarlo, dotarlo de un bonito alcorque y dejar que crezca junto a su diosa. [Fotografía personal tratada con IA y photoshop].

Árboles del cielo en un solar abandonado desde hace años en el centro de Getafe con un destino
Se reproduce bien por las semillas, sámaras, dispersadas básicamente por el viento. Cada ejemplar adulto puede producir hasta 350.000 semillas al año. También se multiplica mediante vigorosos brotes que afloran desde la cepa y la raíz hasta una distancia de 15 metros. Los paisajistas y jardineros debieran tener en cuenta esta especie entre sus aliados para zonas deterioradas e inaccesibles como márgenes y cunetas de carreteras inhóspitas y desoladas, rotondas y los tréboles de las autopistas que resultan al diseñar accesos o cambios de sentido, en zonas áridas y semidesérticas donde solo se dan plantas crasas y yerbajos inanes.
Es un aliado fantástico para consolidar taludes, controlar la erosión y colonizar espacios como las cunetas de las carreteras donde ninguna especie, salvo el olmo siberiano (otra especie invasora), podría subsistir. Es un colonizador impenitente de lindes, zonas inertes como solares tapiados a la espera de obra, áreas periurbanas, escombreras, jardines abandonados y riberas degradadas. Resiste condiciones ambientales muy adversas, como las temperaturas extremas, la sequía estival y la contaminación de las ciudades; de hecho, disfruta del tráfico de la ciudad, de las antiguas carreteras nacionales y de la paz de los patios abandonados.
A pesar de todo lo dicho, hay quien lo considera una plaga y le llama árbol del infierno debido a su naturaleza invasora y al peculiar olor que desprenden los ejemplares machos. En el año 2013, algún funcionario disfrazado de sabio forestal, lo incluyó en el catálogo de especies exóticas invasoras con el objetivo de aleccionar a jardineros e instituciones para su extinción. Desconocía el legislador que este migrante asiático lleva con nosotros más de 250 años y que, por tanto, tiene, y debe tener, carta de naturaleza, arraigo y nacionalidad. En España, basta con que un iluminado coja una bandera o proclame soflamas sin reflexión para que tenga una legión de seguidores. Su eliminación es mucho más difícil, prácticamente imposible, que adaptarlo a nuestras necesidades. Es un trabajador incansable contra el cambio climático; y, que se haya demostrado no destruye ni perjudica los bosques autóctonos. Solo se instala donde ningún árbol desea estar.

Árboles del cielo arraigados entre las rendijas de los bloques de hormigón de un puente sobre la A-42, frente al bosquecillo de esta especie en los terrenos de la factoría John Deere.
Este árbol llegó a España en el siglo XVIII con el objetivo de repoblar los montes gracias a su rápido crecimiento y fácil reproducción, y alimentar con sus hojas los gusanos de seda, una práctica habitual en China desde tiempos inmemoriales pero que aquí no fructificó. Allí, en el país asiático, el árbol del cielo tiene una larga y rica historia. Fue mencionado en el diccionario chino más antiguo existente y enumerado en innumerables textos médicos por su supuesta capacidad para curar dolencias que van desde la enfermedad mental a la calvicie. Las raíces, las hojas y la corteza todavía se usan en la medicina tradicional china, principalmente como astringente.
Entre las recetas chinas, podríamos destacar una contra la calvicie. Se machacan las hojas más tiernas del ailanto, con hojas de catalpa (catalpa speciosa) y hojas de melocotonero. El jugo que resulta de exprimir o triturar esos ingredientes se aplica sobre la calva para estimular el crecimiento del cabello. No está confirmado que la fórmula resulte. Así, pues, hay que tener precaución para no provocar alergias u otros males peores que la alopecia.
El libro Un árbol crece en Brooklyn, escrito por Betty Smith y publicado en 1943, utiliza el árbol del cielo como su metáfora central, una analogía de la capacidad de prosperar en un entorno difícil. En ese momento, así como ahora, el ailanto era común en áreas urbanas descuidadas. Ella escribe: «Hay un árbol que crece en nuestra ciudad. Algunas personas lo llaman el Árbol del Cielo. No importa dónde caiga su semilla; siempre surge un árbol que lucha para alcanzar el cielo. Crece en solares tapiados y sobre montones de basura descuidados. Crece en las rejillas del alcantarillado; arraiga entre el hormigón y el asfalto. Es el único árbol que crece con cemento. Crece exuberantemente, sobrevive sin sol, agua ni aparentemente tierra. Se consideraría hermoso, si no fuera porque hay demasiados».
Valga como curiosidad que hay una calle en Madrid, en el distrito de La Latina, que lleva el nombre de Árbol del Cielo, aunque, paradójicamente, es una vía que apenas tiene árboles. No parece que ninguna otra ciudad del mundo le haya dedicado una calle a este migrante prolífico.

Ecosistema celestial. Ailantos en la entrada del jardín adosado al torreón castillo del encantador pueblo de Valdeprados (Segovia) —propiedad del escultor Luis Antonio Sanguino de Pascual—, con la estatua de San Pedro vigilando a los que quieren acceder al paraíso del artista. Sanguino falleció el pasado 12 julio de 2026, a los 91 años, y es el autor, entre otras muchas obras, de las puertas de bronce de la Catedral de la Almudena en Madrid, del Monumento a los Inmigrantes en Nueva York o del busto de Hemingway en Pamplona.
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TEXTO: Capítulo de la novela Las Aventuras de Laura Hill.
IMAGENES: Fotografías del autor, en algún caso tratadas con Photoshop o IA

