Resuena en mi cabeza el coro final de la Pasión según San Mateo de Bach con el que viajo en el coche; nada tan apropiado a día tan santo en el calendario y la liturgia cristiana. Alcanzo Ávila desde Salamanca. Allí, en la ciudad universitaria, he sido testigo [helado] del folclore y de la convicción, supongo, católica. La procesión charra discurre bien entrada la noche por la puerta de la catedral en la víspera del viernes santo. El templo está cerrado. El vientecillo gélido que corre nos ha petrificado los pies en las losas graníticas de las calles y ha soldado los dedos de la mano derecha a la máquina fotográfica. Qué pasión lleva a estos hombres [y mujeres] con capirote a andar toda la noche deambulando entre estas piedras viejas y frías asomando sus ojillos por los agujeros practicados en la tela de color magenta. ¡Casi mejor se estará en el infierno!

Es jueves santo, vigilia de uno de los días grandes de la cristiandad; origen y argumento de una fe milenaria. Cristo ha de morir por nosotros, por todos. No creo; ni voy a misa. No quiere decir, ese agnosticismo mío, que no me gusten las iglesias ni la Semana Santa. Y que, por ser falto de creencias religiosas, no disfrute con su arquitectura, con su luz, con ese aroma a incienso disipado, a ropa de domingo que exhala el olor a alcanfor que derrama entre las piedras calizas una fe vieja y severa. He tenido algo de fortuna. Me acerco a la Catedral de Salamanca. No hay apenas turistas. El en coro se sientan cuatro monjes que salmodian el canto gregoriano. Me siento delante; justo a la entrada al coro. Es un rato delicioso. Sereno. Armonioso. Vibrante. Jadea el espíritu…

[Recuerdo la semana Santa de Florencia; qué diferencia con estas tierras castellanas. Cuando llegué a la capital de la Toscana era domingo de Ramos. Una abigarrada serpiente de gente se deslizaba como un remolino por la plaza del duomo intentado acceder al Baptisterio de San Juan. Tuvimos suerte; un clérigo nos regaló, a nosotros y a todos los que accedían al recinto, una rama de olivo; un pedazo de olivo que casi valía como estaca para su plantación. Es una de las grandes satisfacciones del turismo. Coincidir con esas celebraciones y fiestas que sólo vemos por televisión. Y sin más ….]

Me doy cuenta que me esperan. Ese canto gregoriano es como una sobre dosis de espiritualidad; tan alta que me he quedado perdido, casi obnubilado, embelesado…

Lo importante es tener suerte.

Antes de recaer en Ávila y Salamanca he recorrido diez o doce pueblos y ciudades de España y Portugal, con sus iglesias y catedrales, sus castillos, sus acueductos romanos, sus misterios, sus procesiones, sus librerías famosas y las anónimas con libros de viejo. Toda una retahíla de arquitectura, de la buena, hidalga y palaciega , militar, religiosa, civil , portuaria o urbana de una rica burguesía venida a menos, incapaz de mantener y rehabilitar el enorme patrimonio.

La ruta, antes de recalar en la ciudad amurallada de Ávila, ha serpenteado por Ciudad Rodrigo, Vila Real, Braga, Guimarães, Vila do Conde, Oporto, Aveiro, Coimbra, Guarda y Salamanca.

Ya lo dije antes; lo importante es tener suerte. Y hoy, en Ávila, la ciudad amurallada por excelencia, no la tengo. Parece que no la voy a tener. La ciudad de la Santa es una ciudad muy íntima, muy especial, provinciana, querida. Durante años acudí a ella casi de manera semanal, a veces, incluso diez o doce veces al mes. Allí , en la misma Plaza de Santa Teresa, estuvo en tiempos la imprenta del Diario de Ávila. Una imprenta oscura, grasienta, con olor a tinta fresca, donde aún se trabajaba aún con las tipografías de plomo. Joder que antiguo… Allí acudía yo con mis “artes finales”, mis “fotolitos”, mis “montajes” para que los artesanos de la ciudad abulense transformasen, en la máquina plana, el ansia joven por saber antiguo. Un periódico tras otro. Nuestro cariño por esa ciudad y por algunas de sus gentes, y en particular por ese señor llamado Luis, es algo especial.

Sin embargo, ya lo dijimos antes. No tuvimos suerte. El acceso a la seo castellana, primera que contiene elementos góticos en España, cuesta cuatro euros y pico. Bueno, pensamos, eso será para los turistas japoneses y sus máquinas digitales. Yo sólo quiero degustar esa pequeña obra de la arquitectura religiosa adosado a la muralla, una de las grandes estructuras civiles y militares de la edad media que subsisten en Europa. Me acerco por la puerta lateral. Mi sorpresa es extrema. No hay forma. O pagas o no la ves. Salvo que seas cofrade o vivas en Ávila y figure en el DNI. Es un poco frustrante. Con las veces que he ido a la ciudad castellana casi debería tener el derecho de que figurase en mi carné como algo adquirido, con tradición, digno del derecho a sentarme, sólo algunos minutos, en la catedral y mirar. No es un problema, como supondrán, del coste de la entrada. No; es algo que me reconcome, que me enfada. No me gusta. Me iré sin ella. Sin esa impresión visual, olfativa, auditiva y, claro, digital.

Menos mal, digo yo, que no he sentido la necesidad íntima y personal, que no siento nunca, de rezar un padre nuestro; perdona, padre, nuestros pecados, como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Ese templo, padre, está lleno de comerciantes y fariseos, de cofrades hipócritas y falsos cristianos. Menos mal, padre, que nos queda Portugal; y Salamanca.

Y cuando el presupuesto es corto, no llega para la obra santa, y hace falta pedir «limosna» para rehabilitar la piedra milenaria, lo solicitan, con cara de buenos cristianos y devotos ciudadanos, de los impuestos de todos. De los que pagan los vecinos de Ávila y… los de Getafe.

(¡Bla!, ¡blo!, ¡bla! ¡bla! … Imprecación; blasfemia…) Es viernes santo y estamos de vuelta. Ha dejado de sonar el canto gregoriano. El coche enfila las cuestas de la A-6 camino de Madrid. Por las calles de Getafe corren, aún, los vientos de cuaresma.

Cúpula junto a  la desembocadura del río Ave, en Vila do Conde
Detalle con gaviotas. Oporto
Apóstol pensativo en Ciudad Rodrigo
Procesión en Salamanca
Detalle gárgola de la Catedral [La Sé] de Guarda
Típica vista nocturna del río Duero en Oporto
Colorista conjunto de casas en la ciudad de los «moliceiros». Aveiro