Desde hace algunos años queríamos asistir al Castell de L´Olla, los fuegos artificiales que tiran desde la isleta de la Olla en Altea el sábado de agosto más cercano a la festividad de San Lorenzo,  como unas explosivas y vistosas «lágrimas» o «perseidas» pirotécnicas. Este año se celebraba la  vigésimo quinta edición de este espectáculo pirotécnico, uno de los acontecimientos más sonados del verano en la Costa Blanca.

El atasco de tráfico que se produce en esta localidad alicantina, próxima a Calpe, con motivo de la tradicional puesta en escena de L´Olla, dificulta de manera notable la asistencia al espectáculo nocturno en lugares de privilegio, aunque es visible desde una buena parte del litoral de la gran bahía que acoge a Altea desde Calpe hasta Albir. Nosotros aprovechamos para quedar con unos amigos para un encantador picnic en un pequeño mirador tras el Morro de Toix, esa montaña que entra en el mar, vista desde Calpe, con forma de oso tendido boca abajo.

En concreto, el lugar elegido por nuestro amigo Alfonso y su mujer, es una pequeña y bellísima atalaya, iluminada esa noche por una extraordinaria luna llena, en Pueblo Mascarat, sobre la cala del Morro de Toix , antes del puerto deportivo de Campomanes  y situado en la misma línea visual hacia La Olla. La zona, encajada entre los acantilados de Calpe y Altea, es una enorme aberración urbanística que se muestra altanera frente a la brisa del mediterráneo como símbolo inequívoco de la codicia, de negocios ejecutados sin escrúpulos, de la corrupción política y de una presión demográfica abusiva sobre el medio ambiente y, en este caso, sobre el litoral marítimo.

Los fuegos artificiales, vistos así, de lejos, han resultado cortos y, quizás, muchos menos espectaculares que los lanzados en Calpe el día 5 de agosto. A lo mejor, cerca de La Olla, con otras sensaciones inexistentes en la lejanía, nuestra impresión hubiera sido algo más grata. No nos han parecido, en ningún caso, merecedores de sufrir un atasco descomunal, de haber padecido lo inenarrable por aparcar el vehículo y de luchar codo a codo, con cientos de turistas, para obtener un lugar en el patio de butacas y no en el “gallinero”. Lo malo y breve, o irrelevante digamos, de los fuegos de la famosa Olla se ha compensado, en demasía, con lo bueno de la merendola, la tortilla, los pimientos y los filetes empanados a la luz de la luna y, sobre todo, con lo grato de la compañía.

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NOTA.- El cartel conmemorativo de la XXV edición del Castell de L´Olla es obra del torero y artista gráfico alicantino Luis Francisco Esplá.