Las vacaciones de verano eran su época favorita. Sin embargo, a su padre, como cabría imaginar, le gustaba ir a descansar a zonas montañosas, sobre todo a los Pirineos, para caminar y caminar por senderos que serpenteaban entre bosques, riscos y arroyuelos. No le gustaba la playa. Todos los años, sin apenas opciones, las vacaciones familiares discurrían en la sierra. Allí disfrutaba mucho; pero también, su padre debería entenderlo, a ella le gustaba mucho la arena y el mar. ¡Cómo lo deseaba! Después de un año tan duro en el colegio, era justo, se merecía unas pequeñas vacaciones en la playa. Helen se iba quince días a un apartamento en Almuñécar. Su primo también se iba a pasar unos días a Alicante. Todo el mundo iba a la playa en verano.
Después de quince días coloreados con todos los verdes de la paleta de un pintor bajo un cielo cristalino, este año, por fin, sus padres le dieron la sorpresa. Deseo concedido. Los tres pasarían una semana en la playa, un cambio de paisaje en el que dominan los tonos azules, del índigo intenso del mar al zarco de un cielo diáfano, cálido y exultante.
Al llegar, por la tarde, Laura sintió un poco de pena. Una gaviota vigilaba atenta desde su atalaya, observando impaciente sus territorios de invierno ahora ocupados, mientras se inclinaban con rapidez los últimos rayos del sol poniente. Esperaba que los bañistas más rezagados, incansables con las paletas y las pelotas, las carreras y las zambullidas de los muchachos, avaros de la calidez de la tarde, insensible la piel tostada, se marchasen a sus casas y dejaran libre la playa. Sería el momento de planear como un suspiro de la mar en calma hasta posarse suavemente sobre la arena y buscar restos de pan, tiritas de la tripa del marrano y PVC de los embutidos, fruta o, incluso, colillas y tapones de plástico para una cena de picoteo. Al mediodía, suponía Laura, ya tocó pescado.
Al día siguiente por la mañana su padre fue, durante un buen rato, más o menos media hora, un hombre inmensamente feliz. De verdad. Se le notaba en la cara. Que se fastidien los envidiosos. Nadar o chapotear como una rana en una inmensa bahía dispuesta exclusivamente para los tres y compartir la playa del Arenal solo con las gaviotas es un lujo que no se adquiere con dinero.
Llovía insistentemente, aunque el ambiente era cálido, sin atisbo de tormenta eléctrica. Nadie más quiso, o se atrevió, turista o nativo, a disfrutar de esos momentos mágicos regalados. Dejaron la ropa en la orilla. Ángel, el padre de Lucía, colocó sus chancletas nuevas junto a una camiseta vieja a un par de metros del borde donde se mecían suavemente las olas y lamían la arena mojada por el agua salada. Las chancletas eran una de sus últimas y parcas adquisiciones. Unas económicas chanclas, de esas que llaman mete-dedos o hawaianas, con una suela de goma o fibra sintética liviana, agujereada para guardar el tope de la ‘y’ griega que la sujetaba al pie y fabricada en tres capas de distintos colores. Rojo, amarillo y morado, exactamente como la bandera republicana.
Ángel le contó a Lucía las vicisitudes para comprar las chancletas. La dependienta estuvo a punto de no vendérselas.
—Creo que estas no le pegan —dijo la dependienta mirándole de arriba abajo—, son un modelo republicano y usted parece un individuo de derechas…
—No, señora, ni de aquí ni de allí —señaló hacia la izquierda y la derecha y se llevó la palma de la mano al pecho—, yo soy como usted, de carne y hueso, de las gentes que se rigen por su corazón y dicen lo que piensan. No me gustan los extremos, aunque, eso sí, puedo decirle que soy republicano. ¿No se puede? ¿Hay que tener algún carné para llevar estas chancletas? Ni de un lado ni de otro, no soy rebaño ni vivo camuflado en la manada. Digamos que no soy gregario… pero la monarquía, señora… ¡Vaya, que solo quiero unas chanclas!
—Vale, vale, lléveselas hombre y déjeme de cuentos y palabrería.
Llovía y salpicaban las gotas de lluvia fresca sobre un mar templado, casi caliente como el de los cayos tropicales. Al cabo de una hora de disfrutar de ese placer, a punto de ser conservas en salmuera tibia, Lucía y sus padres se dispusieron a recoger rápidamente la ropa y secarse con las toallas. Fuera del agua, el aire era molesto y frío. A unos metros, descubrieron como una gaviota se acercó a sus pertenencias y empezó a picotear una de las chancletas como si fuera un sándwich de jamón y queso.
Cuando levantaron los brazos y gritaron para asustarla, el ave los miró con un puntito negro de rabia en el centro de sus ojos amarillos, como lo hubiera hecho un águila. De repente, mientras el padre de Lucía corría hacia ella para asustarla, extendió sus alas, prendió la chancleta izquierda con el pico y salió volando hacia uno de los salientes de la sierra en el mar. Seguro que a los pocos instantes llegó como una flecha hasta su destino, en algún mirador de esa maciza y esplendorosa atalaya del Mediterráneo. Era hora de desayunar y el menú solo incluía la suela de la chancleta con aspecto de bocadillo de queso y chóped.
Mercedes, la madre de Lucía, se lo tomó a risa.
—Tendremos que pensar mal, para acertar. A lo mejor —dijo con sorna—, era una gaviota monárquica y conservadora, como escapada del logotipo…
—Tendré que acercarme de nuevo a comprar otras chancletas —le contestó—, pero estas las pediré grises para no llamar la atención de nadie, ni siquiera de las traviesas gaviotas. Fue un día intenso, delicioso. Al día siguiente tenía reservada una sorpresa. Un paseo con vistas.

Lucía no sabía bien como llegó hasta allí. Sus padres pensaron que era una buena idea, hacer una excursión al peñón que domina y bifurca la playa de esa localidad alicantina. Era inevitable. Ni siquiera en la playa podía faltar la montaña, aunque solo fuera un pedrusco de unos 332 metros de altura, una gran roca que se adentra en el mar, primero suavemente con una falda de vegetación para luego exhibir su presencia imponente ante Neptuno como un gigante pétreo. Para ascender hasta la cumbre hay que tomar unas escaleras en zigzag que conducen hasta una oquedad horadada por el hombre en la segunda decena del siglo XX, un agujero que dirige a los intrépidos turistas hasta el nordeste, al otro lado de la piedra, y, después de tomar aliento, emprender un escarpado camino de cabras hasta la terraza y mirador superior orientado a poniente. Desde abajo se pueden distinguir a los que han realizado todo el itinerario. Padre, madre e hija se han embadurnado de protector solar, se han calzado las botas de andar, y se han provisto de las gafas de sol, una mochila con algunos bocadillos, agua y unos prismáticos para observar las aves que anidan en los taludes y salientes del peñasco.
A medio camino del sendero, Lucía tropezó y estuvo a punto de caer por la pared casi vertical de esa vertiente. Antes de caer al vacío, mientras perdía el equilibrio, notó como una gaviota la sujetaba de las hombreras de la mochila con sus patas y su robusto pico y se la llevó volando ante el estupor de sus padres. Es la ventaja de estar flaquita. Se podía practicar el ala delta sin motor y sentir la brisa marina en la cara. La enorme envergadura de la pavana era suficiente para planear sin brusquedades hacia levante y posarse en una cueva con terraza donde vivían y anidaban decenas, cientos de ejemplares de aves, todas uniformadas de blanco impoluto y con sus espaldas de color marengo.
Estaban muy elegantes, aunque al aterrizar, los graznidos de las gaviotas más grandes eran ensordecedores, casi irritantes, como si estuvieran defendiendo su territorio; las más pequeñas contribuían al barullo general emitiendo sonidos más dulces y melancólicos. Su ave salvadora se apartó dejando paso a una que se acercó hasta la niña sacudiendo ligeramente las alas. La escrutó con sus ojos amarillos y le habló.
—¡Por dios —pensó Lucía—, no sólo he volado colgada de un pájaro, sino que ahora me hablan…!
La mayoría de las gaviotas habían dejado de chillar. Muchas murmuraban contra los hombres. La gran gaviota que lideraba la colonia reclamó atención. Poco a poco se hizo el silencio; solo se oía el rumor del mar golpeando la roca en su base. Como portavoz de la colonia, la gaviota de penetrantes ojillos le transmitió una relación de reproches por la actitud de los hombres con la naturaleza.
—Sabemos que no es culpa tuya, ni de todos los humanos, pero sí de una mayoría incapaz de tratar a la tierra como la casa de todos. Consumís con avidez como si fuerais los únicos seres del universo; pescáis en exceso mientras el mar está esquilmado, tiráis los plásticos al mar, ensuciáis los ríos, taláis los árboles, quemáis los montes, y un largo etcétera. ¡Cuánto tiempo hace que no se ven estrellas de mar, jibiones o caracolas en las playas! Parajes que habéis transformado de manera artificial para vuestro egoísta disfrute quitándonos nuestro hábitat y el de otras especies.
Lucía estaba muda. No sabía qué contestar. La algarada de la colonia empezó de nuevo con gritos agudos, chasquidos y repetitivos graznidos cortos. Era una situación incómoda y sin salida. Tenía mucho calor. Las gotas de sudor le resbalaban por las sienes y por el cuello; tenía la cabellera empapada.
Finalmente se despertó. Las vacaciones estaban a punto de acabarse. Era el final del verano. El curso escolar empezaría pronto. Y aunque era una pesadilla y, claro está, no había volado, pensó que las gaviotas de su ensoñación tenían razón. Había que hacer algo, cada cual lo que pueda, aunque sean gestos pequeños; hacen falta cientos, miles, millones de acciones para salvar al mundo.
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NOTA.- Este relato es un capítulo del libro Las aventuras de Laura Hill.
PRESENTACIÓN DEL LIBRO EN GETAFE: 23 de septiembre de 2026, a las 19,30 horas, en el Espacio Mercado (Pl. Constitución)

