El arquitecto encajó el proyecto en la cuadrícula que había trazado el planificador urbanístico sin problema aparente alguno; al menos, en lo que se refería a las dimensiones del edificio destinado a viviendas protegidas. Las obras de urbanización se eternizaban, llenas de zanjas, pozos y socavones, se difuminaban sin la vestimenta de las aceras y la delimitación de los bordillos, enfangadas a causa del agua que no cesaba de caer sobre el último de los ensanches de Getafe. Los Molinos, un desarrollo urbanístico con reminiscencias manchegas y quijotescas, eran el cuento de nunca acabar. Y como es normal, o frecuente, las fachadas de ese rectángulo, casi perfecto sobre los planos, matemáticamente exacto, se asomaban con una cierta imperfección y aproximación a los cuatro puntos cardinales. Tal vez por primera vez, y sin que fuera premeditado, sino fruto de la casualidad, la mayoría de los habitáculos tendrían la orientación óptima con los estares al sur; las aristas resultantes del rectángulo, justas sobre el papel, ofrecían insinuantes sus bordes reales, sobre la cota cero predefinida, a las calles que inicialmente habían sido enumeradas y catalogadas por ingenieros civiles sobre los enormes planos con nombres tan enigmáticos como A2, P4, C17 o ZV8.

Tan pronto como empezó el contratista a subir la estructura de hormigón, a base de pilares y forjados, a colocar ladrillos y a prever como real, no como hipotético o contractual, un plazo razonable de ejecución de las obras en 22 meses, surgió una de las primeras incógnitas, apenas importante durante los trabajos, pero finalmente necesaria: el nombre definitivo de la calle, y el número de policía, por donde tendría su entrada principal el edificio; dato inexcusable para contratar los servicios y acometidas, para la recepción del correo o, solo sea, para indicar a los familiares y amigos la nueva dirección postal. Y así se solicitó a la sección o departamento municipal correspondiente.

El par de funcionarios encargados de proponer el nombre de las calles a la Comisión Municipal de Denominaciones Viarias, con mayoría absoluta de ediles adscritos al gobierno de coalición de la izquierda local, había hecho un gran derroche de ingenio y había propuesto con la suficiente antelación el nombre definitivo de las calles de la nueva barriada. Para contrarrestar la fuerte impregnación ideológica que habían derramado en los nombres de las vías, avenidas, calles y paseos de Buenavista, se pretendió en Los Molinos, –al norte del casco urbano– dar cuenta de la cultura, el ingenio [nunca mejor dicho] y el humor de los dos grandes denominadores comunes, Morajudo y Jerez, rebuscando en la obra Don Miguel de Cervantes. Y era lógica su elección, por aquello del nombre del paraje rústico: Los Molinos, un enclave situado entre dos grandes carreteras, una vía férrea y un polígono industrial que ofrecía aún el antiguo paisaje de campos sembrados de avena y trigo, huertas y granjas.

Y así, como chatarreros de la palabra, eligieron títulos de algunas obras de las obras del Príncipe de los ingenios, libros de otros autores, objetos, personajes y lugares que aparecen en el Quijote con los que dar cuenta al mundo entero de su erudición y denominar las calles del último gran desarrollo urbanístico de vivienda protegida de la Comunidad de Madrid. Los dos fenómenos del iluminado callejero de Getafe, cambiaron las aes seguidas de su número del ingeniero, por Avenida del Caballero de la Triste Figura, de Sancho Panza o de Rocinante; las calles peatonales y las normales por nombres tan sugerentes como Jarifa, Laberinto del Amor, Placer de mi vida o Bálsamo de Fierabrás. ¡Qué ingenio y qué derroche de conocimiento! Seguro que los ediles de la Comisión Municipal que aprobarían el callejero previamente al Pleno de la Corporación no recordaban [tal vez porque no lo habían leído] esos nombre y palabras entresacadas, con tenazas y fino tenedor cangrejero, de la obra de Cervantes. No es que no tuvieran idea de qué cuernos era eso de La Colodra, qué utilidad principal tenía el Yelmo de Mambrino o en qué lugar de la anatomía femenina se exhibía la Albanega. No; ni siquiera se habían percatado de las sutilezas y del juego a que no sabéis de los denominadores cuando a una misma calle o avenida le asignaron dos nombres que corresponden al mismo personaje; la Avenida de Aldonza Lorenzo continúa en línea recta –como si fuera otra distinta – con la Avenida Dulcinea del Toboso; la del Ingenioso Hidalgo, al cruzarse con la dama del Ingenioso, cambia de nombre y pasa a llamarse del Caballero de la Triste Figura. Otros personajes y lugares que nacían en el callejero de Getafe eran La Maritornes, moza asturiana que sirve comidas, o Pedro de Urdemales [urdemalas o malasartes], personaje del folclore popular que Cervantes popularizó en su libro Ocho comedias y ocho entremeses nuevos (1615).

A los ediles –sobre todo a los que habían aprobado la ESO– sí les sonaba que algunas de las nuevas calles no tenían relación con Los Molinos, ni con el Quijote. Eran otras novelas, ejemplares o bizantinas, entremeses y comedias de cautivos como La Galatea, El licenciado Vidriera, La Gitanilla, Rinconete y Cortadillo, El Trato de Argel, La Guarda Cuidadosa, Viaje del Parnaso, o [los trabajos de] Persiles y Segismunda, personajes de la última novela de Cervantes a la que los denominadores, o google maps, por su cuenta y riesgo, en concordancia –suponemos– con el creciente paro y la reforma laboral eliminaron sus empleos. También se menciona la más famosa de las novelas de caballería, Amadís de Gaula, y a dos de los libros que Cervantes salvaba de la quema en el escrutinio de la biblioteca del hidalgo: La Austríada de Juan Rufo y La Araucana de Alonso de Ercilla.

La elección de los nombres de las nuevas vías es arbitraria y sujeta al libre albedrío y discernimiento de sus nada comunes denominadores. Igual podían haber elegido otras novelitas, otros personajes u otros objetos curiosos y antiguos que aparecen aunque sea solo de pasada en la obra cervantina. Imagina, estimado lector, que habiendo pagado por este librito, se te ofreciera la posibilidad de nombrar o proponer el nombre de alguna de las calles de ese barrio. Elige, por ejemplo, tres; pero con cuidado; entre los siguientes hay dos que no son galgos corredores sino liebres pequeñas: El coloquio de los perros, Grisóstomo, El curioso impertinente, El celoso extremeño, Alonso Quijano, La fuerza de la sangre, La Numancia, Pedro Pérez, Maese Pedro, Maese Nicolás, La ilustre fregona, El amante liberal, Cide Hamete, La cueva de Montesinos, Rucio, El caballero de los leones, Altisidora, El sabio Frestón, Urganda, Rafaelillo de Criptana, Cardenio y Luscinda, Sansón Carrasco, Vellorí, El caballero de los Espejos, Princesa Micomicona, Malambruno, La Infanta Antonomasia y la Reina Maguncia, Clavijo, Pamplinudo de Mora, Bradabarbarán de Boliche, Miculoso, Pentapolín del arremangado brazo, Espartafilardo del Bosque, Zaque… y así, [salvo esos dos gazapos] cientos y cientos de nombres suficientes para llenar el callejero.

El arquitecto, sin embargo, había dispuesto la entrada principal por una calle que no era tal, –según el criterio del ingeniero urbanístico–, sino una zona verde, ZV25 por ejemplo. ¡Cómo son los ingenieros! A la vista de lo que parecía ineludible, aunque fuera vereda o senda peatonal, la Comisión de Denominaciones propuso para esa vía el nombre de unos de esos personajes a los que Cervantes bautizaba juntando palabras de manera certera para escarnecer y ridiculizar con su nombre. Se llamaría Calle Caraculiambro. En fin, imagina, si fuera tu caso lector, la cara que pusieron los futuros propietarios de las viviendas con esa simpática dirección postal. No se sabe de quién se acordaron los dos monstruos de la denominación viaria cuando atinaron con el nombre de ese gigante surgido de la mente del Príncipe de los Ingenios. Porque podían haberle puesto, siendo el mismo personaje, Señor de la ínsula de Malindrania. ¡Con todas las opciones que había! Las quejas por el nombre «cara de culo» llegaron a los responsables políticos, a los foros y al registro municipal. Finalmente, Caraculiambro pereció en su tímida aparición en el callejero universal. La calle, perpendicular a una de las avenidas principales, tomará finalmente el nombre, cambiando uno por otra, de la Giganta Andandona, [hermana del Gigante Madarque, señor de la ínsula Triste], personaje femenino que, habitando en el mundo literario del Amadís de Gaula, es citado fugazmente en la obra de Cervantes.

La cosa era ponerle un nombre cachondo; como si hubiera pocos. Puede que lo consiguieran o no; opiniones habrá para todos los gustos. Eso sí, habían mostrado, ante los cientos de compradores de pisos, cuánta cultura atesora la élite de los funcionarios municipales y que, de vez en cuando, regalan al pueblo, como un donativo o propina. A pesar de su éxito, nuestros «nada comunes denominadores» de calles –tan eruditos, tan bien plantados, sembrados de ocurrencias y cultos, o mejor, cultivados –, dejaron en el olvido a un insigne personaje, por decirlo de tal manera que sirviera para justificar su descuido o su ignorancia, un personaje – como decíamos–, que debería haber sido incluido de manera inexcusable por nacimiento y méritos propios en el callejero de un lugar relacionado con Cervantes, con su obra maestra El Quijote, con Los Molinos y con… Getafe. Imperdonable olvido, creemos.

 

Aunque solo se hubiera homenajeado al personaje del que hablaremos con uno de esos callejones verdes, o con un nuevo y pequeño tramo de avenida o calle, insignificante, si pretendían ser realmente esquivos con la historia local, prolongación natural de otra vía de apelativo más enjundioso y rebuscado. Una decisión, la de poner nombre a las calles, que marca para siempre los lugares por los que paseamos, circulamos en coche, compramos o, simplemente, vemos pasar la vida. Una placa con un nombre y el escudo de la ciudad, atornillada sobre un par de esquinas, para que los escolares pregunten a su maestra quién era ese Daniel Urrabieta Vierge, o su padre Vicente Urrabieta que [no] tienen sendas calles junto al Ingenioso Hidalgo. Lamentable olvido, aunque ya se sabe que [casi] nadie es profeta en su tierra. Y aquí tenemos un ejemplo notable.

 

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ILUSTRACIONES (de arriba abajo y de izquierda a derecha):

  • «La aventura de los molinos de viento». D. Quixote of the Mancha. Ilustrado por Daniel Vierge. Charles Scribner’s Sons. New York, 1906.
  • Caraculiambro. de Juan Manuel Alcalá Perálvarez
  • Autorretrato. Daniel Vierge. La Esfera. 12 de enero de 1918.
  • Grabado con el Retrato de Vicente Urrabieta. Publicado en La ilustración Española y Americana el 15 de enero de 1880.
  • Ilustración de Vicente Urrabieta publicada en «El Quijote para niños». Imprenta de Fermín Martínez García. Madrid, 1873.
  • «Dulcinea del Toboso». D. Quixote of the Mancha. Ilustrado por Daniel Vierge. Charles Scribner’s Sons. New York, 1906.

Primera edición en español del Quijote ilustrado por Vierge (Salvat, 1916).  

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Capítulo del libro Getafe Capital del Sur, 2009-2012. Crónica de un viaje al ayer. ISBN: 978-84-940059-0-9