Daniel [Urrabieta] Vierge nació el 5 de marzo de 1851 en Getafe, aunque sus padres, Vicente Urrabieta Ortiz y Juana Vierge de la Vega, le inscribieron y bautizaron en la iglesia de San Sebastián, en Madrid, en la que ambos habían contraído matrimonio el 6 de junio de 1845, cuando tenían 22 y 20 años respectivamente. Habían dicho [y así consta en los archivos del templo], seguramente para incluir al niño en la circunscripción de la parroquia, que había nacido en la cercana calle de Huertas. Una pequeña mentira que no les privaría del cielo, sino que, al contrario, les acercaba uno de los más ilustres parnasos de poetas, músicos y pintores madrileños. En esa iglesia se habían bautizado insignes escritores, músicos o pintores como Ramón de la Cruz, Fernández de Moratín, Barbieri o Luis Madrazo y se habían oficiado los funerales por Lope de Vega el «Fénix de los Ingenios» [cuyos restos reposan allí] y del «Príncipe» de los mismos, D. Miguel de Cervantes y Saavedra. En la calle Huertas hay una placa «recordando» que allí nació el ilustre dibujante Daniel Urrabieta Vierge y aunque conste así, en documentos eclesiásticos, creemos que hay que anotar el dato de la primera fuente en importancia, en este caso, el propio artista. Daniel Vierge nació en Getafe. La ciudad de Madrid sí le ha dedicado una calle.

El padre de Daniel, Vicente Urrabieta Ortiz (1823-1879), fue uno de los ilustradores españoles más importantes del siglo XIX. Buen dibujante y mejor litógrafo, nació en Bilbao en 1823. Trabajó con frecuencia para la Ilustración Española y Americana y para otras revistas gráficas como El Museo pintoresco, de Mesonero Romanos, Museo de las familias, etcétera.

La madre de Daniel, Juana Vierge de la Vega, había nacido en 1825 fruto del matrimonio [1818] de Leonardo Bierge y María de la Vega. El abuelo Leonardo, nacido en Lyon, llegó a España como ordenanza o asistente personal de Joseph Leopold Sigisbert Hugo, general de las tropas napoleónicas que invadieron España y padre del gran Víctor Hugo. Leonardo estuvo encargado, entre otras cosas, del cuidado del niño que en un futuro se convertiría en la más grande, entre las estrellas rutilantes literarias de la Francia de finales del siglo XIX. Leonardo se había españolizado con normalidad, de tal manera que decidió abandonar su carrera militar. Fracasado el «reinado» liberal de José Bonaparte, el rey Plazuelas, mote otorgado por los madrileños por la obsesión que le sobrevino de urbanizar el ruin, estrecho y pestilente Madrid, o Pepe Botella, por su afición al trinque, la turba gabacha tuvo que afrontar el regreso a Francia. Leonardo Bierge se licenció y dejó marchar a sus heroicos camaradas de armas. Se despidió de su general; el amor de una española, María de la Vega, lo retenía en Madrid. El apellido del abuelo, Bierge, se transformó en la siguiente generación en Vierge.

Vicente Urrabieta Ortiz y Juana Vierge de la Vega se trasladaron a vivir al cercano Getafe, donde nacieron sus tres hijos, dos varones y una hembra. Posiblemente, el traslado del matrimonio a Getafe se debió a que la familia de Juana ya disponía de una casa en este lugar próximo a Madrid donde, además, había una pequeña colonia de compatriotas franceses que, tras años de permanencia y convivencia, rehicieron sus vidas quedándose definitivamente en España. En el seno familiar convivían sin dificultad la cultura francesa y la castellana. Es probable que Juana Vierge fuera cantante, o simplemente aficionada a la ópera, pasión que intentó transmitir sin éxito a sus hijos. Los tres vástagos del matrimonio habían aprendido a dibujar antes que a leer y a escribir, aunque con el paso del tiempo utilizarían con soltura la lengua de Víctor Hugo y la de Miguel de Cervantes.

Los rapaces se criaron entre las canciones afrancesadas de la madre, evocadoras de la patria del abuelo, el paisaje rural casi manchego de Getafe y los grabados y cuadros de Goya y Velázquez que Vicente Urrabieta reproducía con el buril. Daniel mostraba una precocidad sorprendente. A los cuatro años, «dibujaba con precisión, imitando al padre, y cantaba con voz deliciosa y acordado tono».

Con doce años, en 1863, inició estudios de canto en el Conservatorio de Música –por deseo de su madre– y de pintura –estimulado por su padre– en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Al poco tiempo, Daniel abandonó definitivamente el solfeo por las bellas artes, asistiendo a las clases de Federico Madrazo y de Carlos de Haes. Su hermano Samuel también se decidió por la vocación del padre: la pintura y la ilustración. La hija del matrimonio, Dolores, aunque estuvo interesada por el dibujo, no alcanzó la fama de sus hermanos, realizando traducciones y adaptaciones de libros franceses. La familia seguía puntualmente las noticias de los éxitos literarios de Víctor Hugo gracias a las revistas literarias y de actualidad que Vicente Urrabieta traía de la villa y corte a su casa de Getafe.

Grabado de Vicente Urrabieta

 

El padre de Daniel [de Samuel y de Lola] era un buen dibujante y mejor litógrafo. En 1876, tres años antes de fallecer, Vicente Urrabieta, realizó algunas obras relacionas con Getafe. Hay que destacar el grabado alegórico de la Virgen de los Ángeles en el que se observa la Verdadera efigie de la milagrosa imagen de la Virgen de los Ángeles, a medio camino entre la ermita del Cerro y la iglesia de la Magdalena rodeada de una cohorte de angelillos que la acompañan y otros que tiran de la carroza. La piedra caliza pulimentada que utilizó en el proceso de dibujo e impresión es hoy uno de los tesoros artísticos que custodia la Real e Ilustre Congregación de la Virgen de los Ángeles. El 30 de agosto de ese año, La Ilustración Española y Americana publicaba un grabado titulado: «Getafe: Sacristía de la parroquial de Santa María Magdalena después de una solemne función religiosa, dibujo al natural por Vicente Urrabieta». Es probable que la función religiosa a la que se refiere fuera la celebrada el día 22 de julio, festividad de la patrona de Getafe, Santa María Magdalena. La Virgen de los Ángeles no fue elevada a la categoría de patrona hasta el año 1955. Fue el 8 de diciembre de ese año cuando el obispo de Madrid, Leopoldo Eijo Garay, la proclamó Patrona del Partido Judicial de Getafe. Así sigue siendo patrona de pueblos como Leganés, Parla, Pinto, Valdemoro o los Torrejones.

 

Piedra litográfica de Vicente Urrabieta con la imagen de la carroza y la Virgen de los Ángeles 

 

Además de las publicaciones periódicas en las que colaboraba, también ilustró y colaboró en la edición de libros, cosas del destino, como El Quijote de Gaspar y Roig que vio la luz el mismo año [1851] en que nació Daniel. En 1868 volvió a ilustrar otra edición de la obra maestra de Cervantes, la de Urbano Manini. Y lo volvió a hacer al año siguiente, en 1869, para una edición de Ramón Pujal. En 1873 realizó una deliciosa serie de viñetas que verían la luz en El Quijote para niños, publicado por la imprenta de Fermín Martínez García.

Agonía de la Comuna. Grabado de Daniel Vierge publicado por Le Monde Illustré el 24 de junio de 1871

 

El primer reportero gráfico de guerra

A finales de 1869, con una España inmersa en una profunda crisis política y económica, la familia Urrabieta-Vierge se trasladó a Paris en busca de nuevos horizontes. Sin embargo Europa y Francia estaban tan revueltas como España, o más. Si en España eran las eternas guerras carlistas y la revolución del 68 [La Gloriosa] lo que provocaba inestabilidad y pobreza, en Francia era la necesidad de renacer como «imperio». La guerra contra Prusia y la pequeña revuelta de la comuna de París en 1871 son las razones que motivaron el regreso de casi toda la familia a la casa de Getafe. Daniel intuía que su futuro estaba ligado a la patria de su abuelo Leonardo; no abandonaría aquella ciudad, escenario impresionante y plagado de oportunidades para un joven resuelto y ambicioso. Era un hombre nuevo. Desde su llegada a París, había eliminado el apellido paterno de su firma, con la idea clara de evitar la confusión de las dos trayectorias artísticas. Una buena, pero antigua, y la suya, de momento nueva… Será para siempre Daniel Vierge, nombre con el que es conocido universalmente. En la capital francesa, y en la misma época, conviven una cantidad extraordinaria de artistas de fama universal: Víctor Hugo (1802-1885), Emile Zola (1840-1902), Èdouard Manet (1832-1883), Claude Monet (1840-1926), Gustavo Doré (1832-1883), Van Gogh (1853-1890), Gauguin (1848-1903), Cezanne (1839-1906), un jovencísimo Tolouse-Lautrec (1864-1901) y muchos más. Menuda aglomeración de genios. El mundo del arte vivía junto al Sena. París era un hervidero de poetas, novelistas, periodistas, pintores, ilustradores, grabadores y otros artistas. Y había que ser realmente bueno para salir adelante, destacar y pervivir.

Sin embargo, era eso, precisamente eso, la competencia, la diversidad y el abigarramiento cultural de París lo que más estimulaba al joven Daniel Vierge. Los grandes acontecimientos que convulsionaban la nación, la guerra franco-prusiana y la Comuna de París son seguidos atentamente por Daniel, que rápidamente se hizo un hueco en la redacción de la revista Le Monde Illustré. Sus dibujos plasman la realidad de una manera muy personal. Las ilustraciones de la guerra que había empezado Napoleón III contra los prusianos significaron, además del éxito personal del artista getafense, el inicio de una manera nueva de enfocar la información gráfica. El periodismo evolucionaba. El público no se fiaba de la reconstrucción de los sucesos, de la «imaginación» de los artistas; se exigían imágenes veraces, que reprodujeran la actualidad, que no la inventaran ni la soñaran; imágenes como complemento fundamental de los textos que se escribían, no accesorias o decorativas. Los lectores pedían que las noticias se ilustraran con imágenes reales. Hacían falta artistas jóvenes que no tuvieran miedo a las balas. Había nacido una profesión: reportero gráfico de guerra. Daniel empezó a ganar reputación, prestigio y dinero.

Alguna biografía asegura que fue hecho prisionero por los alemanes durante esa campaña militar. Se trata, sin embargo, de una noticia falsa, de un suceso deformado, desgastado, por la retransmisión y repetición por vía oral, el oigo y cuento, –un hecho acaso parecido ligeramente a la verdad–, un simple chascarrillo convertido en mito por el creciente prestigio de su protagonista. La realidad es que Daniel Vierge fue detenido por una patrulla ciudadana en los primeros días de la instauración del autogobierno de la Comuna de París, allá por el mes de marzo de 1871. La anécdota, propia de una comedia de enredo de Molière, trascendió por el relato que el propio Daniel Vierge hizo a sus compañeros de la redacción de Le Monde Illustrè.

Tras la derrota de las tropas imperiales de Napoleón III, la capital francesa estaba conmocionada ante el avance de las tropas prusianas y la insurrección popular que se produjo. Las calles eran escenario de permanentes algaradas. Las barricadas se extendían a todos los barrios. Las peleas y disputas armadas entre los «comunistas» y los «versallistas» eran habituales. Daniel Vierge es testigo de excepción de los sucesos. Oleadas de gentes diversas, de ciudadanos, de mujeres, de viejos y niños, de jóvenes, corren de un lado para otro, posan ante sus ojos armados de viejos mosquetones con las bayonetas caladas, vocean, agitan banderas y entonan cánticos patrióticos y de solidaridad internacional. La Marsellesa y La Internacional se funden en las calles de París.

«C’est la lutte finale: 
 groupons-nous, et demain,
l’Internationale 
sera le genre humain.
Debout! les damnés de la terre!
Debout! les forçats de la faim!
La raison tonne en son cratère:
c’est l’éruption de la fin».

Es la canción de moda entre los revolucionarios que había escrito Eugène Poittier, uno de los más prestigiosos representantes electos de la comuna. Por todos lados asomaban, y se cruzaban, grupitos de anarquistas, socialistas, blanquistas y jacobinos; un cuadro intenso, un remolino de colores, de movimiento, un arrebato de personas. Vierge dibujaba lo más rápido que podía trazar su mano derecha, sediento de detalles, de momentos fugaces, de poses atrevidas, de aglomeraciones que se deshacían con la misma presteza que se producían. Uno de los primeros días de la rebelión, una patrulla de la Comuna le detuvo y le requisó el álbum y los lápices. Los revolucionarios le increparon:

–Espion à le solde de Versailles, eh!
Daniel, en su francés de suave acento español y una confianza ilimitada en la fama adquirida y su prestigio periodístico, respondió:
–J’ai souis Vierge! J’ai vous dis que j’ai souis Vierge.
La palabra que repetía el joven dibujante, su apellido, significa como en español que no había tenido ninguna experiencia sexual. Los ciudadanos insurrectos, entre carcajadas y gestos obscenos, le respondían:
–Ça nous es égal que tu sois vierge; la questión n’est pas là. Tu t’expliqueras à la Prefecture de pólice.

Y a la Prefectura de policía fue a parar. De allí salió gracias a la intercesión de sus compañeros de redacción. Tras el incidente, conocida ya por todos su «virginidad», se entregó con ardor a dibujar y a informar de la revolución, del cerco de París, de la entrada del ejército de Bismarck en la capital francesa, de las negociaciones de Versalles y del fin de la Comuna, que reflejó de manera magistral en «Agonía de la Comuna…» (imagen inmediatamente superior), instantánea publicada por Le Monde Illustré el 27 de mayo de 1871 que resume y realza la violencia del combate entre los bandos contendientes, ilustrando de manera ágil lo que pasaba en la calle sin echar de menos la fotografía; la «última batalla» se libraba sobre el cementerio de un país, un camposanto de París lleno de cadáveres amontonados, caídos entre las lápidas, sobre las tumbas, sobre otros muertos y personajes a punto de morir. Cuando llegó la paz, Vierge era el dibujante con más prestigio de Francia. Ya no eran los lectores de los periódicos los que se interesaban por él: eran los grandes pintores y literatos quienes querían conocer a «este observador visionario, descendiente de Velázquez, metido a periodista», según la frase del su contemporáneo, el periodista [novelista, crítico de arte e historiador], Gustave Geffroy.

Entre el 4 de mayo de 1872 yel 11 de marzo de 1876 cubrió desde la redacción de Le Monde Illustré la tercera guera carlista con la publicación de cincuenta y cuatro ilustraciones (50 xilografías y 4 fotomecánicas) basadas en fotografías y en croquis con «todo el esplendor de las grandes ocasiones y el movimiento de las batallas». En el grabado superior [colección particular], las tropas del General Martínez Campos entran triunfantes en Bilbao.

La mano derecha y la izquierda

Al término de la guerra franco prusiana, regresó a la patria Victor Hugo, coronado con la aureola del profeta que había predicho el porvenir, «dijérase que regresó de la expatriación como si fuera un dios; cuanto tocaba su mano quedaba consagrado». Daniel Vierge visitó la casa del escritor. Hablaron de la relación del general Hugo y de su abuelo. Eran curiosidades y coincidencias familiares. Hablando del presente, del acontecer diario, Víctor Hugo le confesó a Daniel Vierge que se había conmovido muchas veces con sus dibujos.

En una de las publicaciones de la época se decía de él, dando la razón al gran escritor francés, que «es un gran dibujante que amalgama lo patético y lo gracioso con una delicadeza admirable». El día que un editor propuso a Víctor Hugo hacer una edición de lujo de L’Année Terrible [poemas sobre el Año Terrible de Francia, 1871], el poeta incluyó como condición que la ilustrara Daniel Vierge. Las reseñas de los críticos no se hicieron esperar. Daniel Vierge es más humano, más servidor de la verdad, más artista, más sincero [que Gustavo Doré]; es «Durero que ha resucitado», proclamaba un plumilla en el periódico Le Temps. Víctor Hugo le pide nuevos dibujos para otros libros (L’homme qui rit, Les travailleurs de la mer y Quatre vingt-treize).

El 26 de diciembre de 1879 murió su padre Vicente Urrabieta, en París a donde había vuelto otra vez. En el verano de 1881, un grupo de artistas jóvenes propuso hacer un homenaje popular para enaltecer y elevar a los altares de la gloria nacional a Víctor Hugo, el personaje del siglo. Daniel Vierge cubrió para Le Monde Illustré la jornada de consideración al escritor galo que, además, le había consagrado con su elección. Desfiles, manifestaciones populares frente a la casa del poeta, obsequios, agrupaciones con banderas y estandartes, música, fuegos artificiales y cortejos fastuosos. A media noche, al llegar a su estudio, se puso a dibujar. Era su forma de trabajar. Tomar «instantáneas» por el día y fijarlas al papel mediante una consumada técnica de lápiz, plumilla, tinta china y aguadas a base de pincel por las noches. No se sabe si cayó rendido por el sueño y el cansancio o por la ansiedad que provoca la pasión, la intensidad y la emoción de un día histórico. Pero aquel rayo le tumbó. Su compañera descubrió que el ictus cerebral le había paralizado la mitad derecha de su cuerpo, dejando yerta la mano derecha, inerte la pierna, sin habla, sin memoria, «hundida en sombras su inteligencia». Bárbaro y oscuro destino de un artista de la luz. Los médicos se mostraron pesimistas; le concedían un diagnóstico terrible: era la mitad de la funesta apoplejía. El golpe era tan solo era un anticipo de la muerte. El mismo día que Francia rendía pleitesía al gran Víctor Hugo. Una muerte terrible.

El organismo de Daniel Vierge mantuvo, no obstante, una fuerza de voluntad inquebrantable. No se rindió al reconocer la mitad de su cuerpo como un guiñapo. Había olvidado todo menos su arte. Le quedaba su mirada y su obstinación; su mano izquierda y su amor por el arte. Poco a poco recobró la memoria. Y empezó a balbucear como los niños. Paciencia y perseverancia. Con la derecha no podía y con la izquierda no sabía escribir ni dibujar. Sería una tarea muy dura. Sin embargo se empeñó en adiestrar la mano del corazón para volver a trabajar. Son dos, tres años, de una lucha titánica, de una tenacidad sin límites. Un día, cuatro años después, hemipléjico, casi mudo y arrastrando su pierna derecha se presentó de nuevo en la redacción de Le Monde Illustré para enseñar sus trabajos más recientes. La expectación era máxima. El artista había ido acompañado de su inseparable compañera Clara que le ayudó a descubrir las carpetas de donde surgían nuevos y maravillosos dibujos. La sorpresa y la consternación dejaron paso a la fascinación y a la celebración por el regreso de Daniel Vierge al mundo de los [grandes artistas] vivos.

 

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Fragmento del libro Getafe Capital del Sur, 2009-2012. Crónica de un viaje al ayer.