Falta poco. Se acerca el final de la campaña electoral, esa «feria de las promesas» (hay quien diría «feria de los mentirosos») en la que se ha convertido ese «período de reflexión». Promesas y márketing. Hasta ahí hemos llegado.

A falta de auténticos proyectos de gobierno, todos los partidos, sin excepción, se empeñan en convencer al electorado (con frecuencia se olvidan que son ciudadanos) de la conveniencia y oportunidad de sus propuestas en un continuo rifirrafe de descalificaciones, inconvenientes del contrario (somos los mejores), amenazas sobre la catástrofe social que se avecina si gobierna el otro, críticas personales, insultos, etc..; el tercero en discordia, se ha apuntado con su palabra a lo mejor. Los demás…, en fin, que les voy a contar.
En esto ha quedado, y en eso pretenden los partidos políticos que quede, la participación ciudadana: en nuestro derecho a «decidir» –sólo cada cuatro años- si queremos más o lo queremos mejor; cantidad con cualidad –se supone- o, de lo contrario, cualidad en cantidad. ¡Palabra que dicen lo mismo! aunque no lo parezca. Y sólo nos referimos a los partidos del llamado ámbito nacional, que si nos fijamos en los «nacionalistas» (qué contradicción, ¿no serían regionalistas?), qué podríamos decir los de Madrid, Toledo o Badajoz…

Hay que votar cada cuatro años para perpetuar el más de lo mismo. Los grandes partidos políticos tradicionales no necesitan a los ciudadanos para mucho más. Ahora critican la guerra de Irak, justamente (ahora) aquellos que nos integraron (injustamente) en la OTAN; no por que unos estén en contra de la guerra y otros a favor. No, simplemente porque ahora unos están en el Gobierno y los otros en la oposición; entonces era igual, pero al contrario. Y así con todas las cuestiones que nos afectan, más o menos, peor o mejor.

Es posible que no haya un sistema mejor, que cualquier otro suponga más inconvenientes que ventajas. Sin embargo, parece que los partidos políticos, con sus estructuras, grupos de presión y reparto del poder no son capaces de dar respuesta a los verdaderos problemas de los ciudadanos, eliminar la parte correspondiente de corrupción entre sus afiliados y simpatizantes o de evolucionar ideológicamente en función de los tiempos que corren.

Poca o ninguna diferencia. Todos quieren bajar los impuestos, hacer más y mejores carreteras, llevar un ordenador y un profesor de inglés a cada colegio, hacer no-sé-cuántas viviendas en alquiler (cuando los vecinos lo que ansían es comprar, pero a un precio moderado). Todos quieren que entremos de lleno en las nuevas tecnologías, ADSL, televisión digital, telefonía de última generación, etc, etc…

Todo muy parecido ¿más o mejor? Usted elige. Palabra.

Cuando acabe la «campaña» y por fin tengamos un nuevo gobierno los ciudadanos volverán a quedar solos ante sus problemas. La televisión seguirá impactando en sus noticiarios con las terribles imágenes de lo que sucede todos los días en el mundo: muerte y hambre, odio y marginación. Para olvidar rápidamente a esos jinetes del apocalipsis, nos queda el consuelo de ver las crónicas marcianas, el gran hermano, la selva, el hotel o los «desamoríos» de esa banda de «famosillos» descerebrados que pululan y copan las televisiones.

¿Nadie pondrá remedio en este desorden social que supone la invasión de todos los hogares por esta plaga? ¿Nadie va a proponer otro modelo de sociedad? Ni más ni mejor, distinto. ¿Nadie va a sugerir otra escala de valores que no sea la del dinero y el ansia de enriquecimiento, el lujo y la superficialidad, las apariencias y el famoseo, la traición y la mentira? ¿Sólo palabras? ¿Nadie tiene una idea en verdad distinta del mundo? O… ¿es que eso no es importante?

Artículo publicado en la revista Observador
Getafe (Madrid), marzo de 2004