Cada vez que nos adentramos en un nuevo periodo de tiempo, en un nuevo año, surgen los interrogantes de siempre sobre el futuro. Quién no desearía conocer el porvenir, aunque su escrutinio fuese fatal, como búsqueda de seguridad, prosperidad y equilibrio. Con posibilidad de rectificar.  A los que el destino augure poco tiempo, y serán muchos, para que lo aprovechen, sin derrocharlo en ocupaciones inútiles y vanas; a los que estuviesen condenados irremediablemente a los descontrolados vaivenes de la fortuna o las finanzas, para que empiecen a ahorrar y comedir los gastos; al que, para bien o para mal, tuviera que afrontar cambios en su situación sentimental o familiar, para disfrutar hasta los últimos resquicios de amor y ternura que le queden, luchando por conservar la oportunidad de salir indemnes del paso del tiempo; y al que el oráculo le pronostique un accidente o una enfermedad, para que ponga remedio, lleve una vida sana, y acumule prudencia.

Imaginen el caso que me relataba -con cierta preocupación e indignación- un reconocido psicólogo con despacho profesional en una de las calles más céntricas de Getafe; se quejaba amargamente que junto a su oficina, en el mismo edificio, puerta con puerta, se había instalado una pitonisa o adivina. Y destilaba, por el tono de las expresiones que refería a la sibila, un desprecio inequívoco. No hay duda. La adivina le está haciendo una competencia desleal, según el sanador de almas, de manera cruel, astuta y dañina.

Con cita previa, la heredera de las pitonisas de Delfos ofrece las respuestas que esperan los clientes,  adivina el futuro con bola de cristal, y añade a su lista de servicios el tarot, la cura del mal de ojo, bebedizos para enamorar,  magia blanca, sahumerios, tisanas y otras mil artes hechiceras, incluso, algunas, diabólicas formas de engañar o sugestionar al prójimo desde treinta a cien euros. Eso sí, magia negra no. 

Él, [el psicólogo] que se dedica, además de atender su consulta privada donde reanima y trata almas heridas y cerebros desequilibrados, a asesorar empresas, a tratar de manera metódica equipos comerciales y directivos, a sanear o higienizar las relaciones laborales en empresas de tamaño medio, a dirigir el departamente de orientación en un colegio privado y a realizar los test de aptitud en una de las grandes empresas del municipio, él, como decíamos, se siente amenazado por la consulta de una vulgar y simpática charlatana, disfrazada bajo el paraguas de una mercantil de servicios paranormales.

Cuando los potenciales, desnortados y desconocidos clientes del psicólogo suben las escaleras hasta la segunda planta del edificio, descubren que hay alternativa al tratamiento del trajeado profesional. Dos puertas: izquierda y derecha. En una, la consulta de nuestro amigo; y en la otra el recinto, templo camuflado de oficina de la moderna sacerdotisa pagana, o vidente. La disyuntiva se plantea así, de golpe y repente, de manera imprevista, como cuestión casual, casi como la difícil elección de uno de los dos pesebres que se le ofrecían, sin distinción de tamaño, olor o gusto,  al famoso asno en la paradoja, reducción al absurdo, de Buridan.

Si aceptamos el libre albedrío para los hombres, facultad por la que las personas, quizás los animales no, puede elegir entre una opción u otra, una puerta u otra, de manera racional,… ¿Cuál es la decisión en el dilema que nos ocupa? ¿Preferimos conocer, o mejor reconocer, nuestras dolencias anímicas, las heridas del pasado, la angustia por la crisis y la falta de recursos económicos, el miedo a no poder atender la hipoteca, el sufrimiento por el desamor, el rechazo o la pérdida de lo más querido? ¿No será mejor conocer lo que nos depara lo venidero, lo mucho bueno y lo poco malo? ¿No será más dulce y placentero que esa señora gordita, de ojos verdes, pelo ensortijado y revuelto, con aretes como pulseras, nos exhale en el rostro una bocanada de aire mágico, nos dore la píldora y sobe la chepa interior, augure nuevos y lindos amores, vaticinando -sin ninguna duda- un futuro próximo halagüeño. Hasta la próxima consulta, claro.

Total, el precio es casi el mismo; incluso, más barato conocer el futuro. Y además genera confianza. ¿No es eso lo que falta en España?

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El término pitonisa procede del apelativo que recibían las sacerdotisas del templo de Apolo en Delfos, famoso en la antigüedad por su oráculo y deriva de Pitó, la serpiente pitón que mató el propio dios para apropiarse de su sabiduría. Las pitias o pitonisas interpretaban las respuestas del dios, el oráculo, a las preguntas de reyes, guerreros, peregrinos y creyentes. El oráculo fue utilizado frecuentemente como parte de la permanente «guerra fría» o “psicológica” en la que se mantenían, si no estaban en guerra declarada, la mayoría de las polis de la antigua Grecia.