Una luna esclarecida y delatora le acompañó durante toda la noche, huyendo a través de una vía escarchada de estrellas en un cielo zarco, casi negro como la vida. Habían pasado más de tres horas desde que saliera de su casa para recorrer a grandes zancadas las dos leguas que separaban la aldea, junto a la ribera alta del río, del cortijo de los dueños y señores de la comarca.

Los caminos estaban endurecidos por años de sequía, escoltados por algunos almendros y algarrobos dispersos. Atravesó los olivares fríos y resplandecientes que a esa hora, cercano el momento del alba, ofrecían al astro reluciente sus hojas de color verde oscuro con reflejos grises de acero, perla y plata, como navajas desnudas.

Pensó acortar el trayecto, hurtando lo sinuoso del camino, aligerando como el viento, atravesando barbechos y rastrojos olvidados; trotando olivares, y más olivares, infinitos olivares, tierra inmensa que servía sólo a unos pocos, y donde algunas lechuzas, supervivientes del hambre y otras calamidades, vigilaban el más mínimo movimiento. Ellas también tenían necesidad de comer; cualquier cosa, por pequeña que fuera, un ratón, un topillo o, incluso, alguna musaraña despistada y adormilada.

Al poco, empezó a guiarse por la linde de las aparcerías que trabajaban los pobres, siempre en dirección norte. Apenas notaba la cara y tenía los ojos llorosos como los niños pequeños, sin apenas sentir a causa del aire frío que se deslizaba y lo recibía como una cuchilla afilada presta a rajar el cutis mientras la escasa humedad caía lentamente para posarse sobre los surcos de una tierra pobre y estéril, como hilachos de polvo helado, en terrazas abandonadas desde la última cosecha y laderas pedregosas.

Lo llevaba tan cerca de su pecho que el ritmo de los dos corazones se fundían en uno sólo. Uno, apresurado al trote, por el cansancio y el esfuerzo; el otro, azorado y temeroso, ante el ritmo de lo desconocido. Los dos, bailando de miedo; vibrando.

Había salido de su casa, escabulléndose de su hogar, muy avanzada la noche, mientras su familia dormía navegando por los sueños del hambre; temprano para robar un cordero. Era una decisión extraña. Y extraordinaria. Nunca pensó que se vería obligado a hacerlo; ni que se atrevería. Hacía tres meses que su familia no comía carne. La hambruna se había extendido por la sierra sur como la peste. Durante los últimos tres años, las cosechas se habían perdido en su mayoría por culpa de las plagas. De las lindes de las fincas habían desaparecido las collejas, los espárragos, los guízcanos, las setas de cardo y hasta las malas yerbas. No había liebres, ni apenas pájaros; ni lagartos siquiera. En la despensa unas pocas papas arrancadas a duros terrones olvidados, apenas para un par de guisados, algo de aceite, un poco de harina y una pequeña orza con aceitunas curadas; ni siquiera un mísero pedazo de tocino blanco.

Los dueños de la tierra, los amos, elegían a los que trabajaban; y a los que no. No había forma de escapar de la miseria. Sólo de vez en cuando conseguía algunos jornales como peón de albañil, como pastor improvisado o para la dura y negra tarea de varear y recoger las aceitunas de otro.

Él podía soportarlo. El hambre, esa sensación que atenazaba los músculos y adormilaba el cerebro, podía acabar con una criatura en pocos meses. Todavía recordaba los duros años tras la guerra. Apenas un mozo, casi un niño todavía, y ya era un viejo experto en escasez y privaciones, acostumbrado a las estrecheces de una familia numerosa; avezado a comer en la sartén familiar donde siempre se congregaban, en disputa incierta, más cucharas que tajadas. Él podía aguantar sin comer apenas, pero… Era 14 de febrero y cumplía tres años de casado con su mujer.

Iban a celebrar el día de San Valentín con un auténtico banquete. Ella y los niños, todos, tendrían un festín. A costa de lo que fuera. En realidad, no había sido difícil. Se acercó hasta los corrales del cortijo del cacique. Se introdujo en el corral, sigiloso, con prudencia. Ni un sólo balido; el rebaño descansaba. En el mismo instante de mover el cerrojo del cobertizo chirriaron los goznes y oyó a los perros desperezarse. El rumor del miedo se extendía entre el rebaño aborregado como el siseo del viento. Se oían tímidos balidos. No tenía tiempo que perder. Cogió el primer animal que pudo, casi a tientas, iluminado sólo por la recortada luz de la luna que entraba por el portón, le tapó el hocico con sus manazas, lo introdujo como pudo en el saco y salió corriendo, confundiéndose con la sombra alargada del nogal que presidía la parte trasera del cortijo. Corrió; y corrió. Y corrió, apenas sin aliento.

Algunos de los perros del cacique aullaron durante un instante. Ladraban bajito, casi sin ganas, como si no quisieran, precisamente, alarmar a sus dueños, privándoles del sueño y la tranquilidad; temiendo los golpes de la correa. Al instante cesaron en su llanto lastimero y se volvieron a las perreras, donde se amontonaban unos encima de otros, ateridos y hambrientos. Hacía mucho frío.

Mientras bajaba, fatigosamente, con cuidado de no resbalar, confundiéndose sobre la linde de largas y estrechas fincas yermas, percibió de lejos el brillo del charol de los tricornios y de los correajes de los guardias civiles que caminaban un poco más abajo con sus mosquetones a la espalda. La pareja de la benemérita cumplía con el servicio nocturno por una senda, entre espinos, cambrones y escaramujos o zarzaperrunas, rodeando el pequeño alcor, en silencio, sin pensar, siquiera, que alguien se pudiera atrever, esa noche fría de febrero, a andar de correría fuera de las covachas. Cada uno en su casa, dios en la de todos; y la guardia civil, vigilando. El deber era el deber. La pareja hacían su ronda nocturna al servicio de la patria.

¿Pero qué o quién era la patria? ¿Qué representaba? ¿A quién daba sombra y cobijo la bandera roja y gualda que ondeaba en la casa cuartel, tras el lema que lo ofrecía todo por ella? ¿La patria era un país gobernado por un caudillo? ¿Era simplemente la esencia más pura de la nación o, simplemente, la representación de un generalísimo campeador como remate del último eslabón, seguro e inexpugnable, de la eterna cadena de la oligarquía… o, solo la paga, escasa pero segura?

La puta que parió a esa zorra a la que llaman madre. Una comadre de mierda que aprieta y ahoga, desde tiempos inmemoriales. Que mata de hambre a niños, a hembras y a varones. Que desuella a los pobres, que los amilana,… Una furcia que los engaña con un discurso añejo y egoísta, hipócrita y amante de los ricos, que lleva a los hombres a la guerra, los hiere, amputa sus miembros más jóvenes, los enemista por ideales estúpidos, los infecta y resquebraja, los arranca, incluso de sus familias…

Juanito se agachó tras una pequeña roca sujetando la boca del cordero y esperó a que se alejaran los civiles. Su pecho era una olla hirviendo. El corazón encerrado bullía como queriendo escapar en cada suspiro; le faltaba el aire en los pulmones y le temblaban las piernas, desde los dedos de los pies hasta el culo. Era una sensación terrible. Tiritaba y no sabía si de frío o de temor. Por fin, la pareja de la guardia civil se alejó.

En ese momento notó que el animal se revolvió con energía, lanzando las pezuñas contra la vieja arpillera como si pretendiera abrir un agujero. Abrió el saco. Era un magnífico animal, aunque parecía mucho más grande que el que había robado. Lo miró con detalle. En ese momento, tarde, se percató que el ansiado cabrito deseado se había transformado. Se le antojaba un animal enorme con una barbita negra de la que pendían abundantes hilos de baba espumosa, era tuerto y tenía unos cuernos más largos que los del mismísimo Lucifer. Su expresión era temible. En todo caso sería el padre del choto, el puñetero cabrón. No se explicaba el suceso. Parecía imposible. Seguramente lo era. Se había erguido sobre las dos patas, en actitud impúdica, mostrando una prominente barriga redondeada por la gula, el lujurioso e inhiesto sexo y sus enormes testículos. De repente, como si fuera una pesadilla, aquel ser sobrenatural le habló. La mirada del único ojo que reflejaba la luz le estremeció el alma.

—¿De qué te sorprendes?, necio. —tronaba en el silencio de la noche la voz ronca del mismo demonio. Deberías saber que todo pecado tiene su penitencia. La necesidad, o lo que buscas, no justifica tus acciones ni los medios que utilizas, aunque los tiñas de amor por los demás.

—Habla más bajo, por dios,… ¿Quién eres? —respondió Juanito recuperándose de la sorpresa.

—Solo me oye tu conciencia. Los guardias civiles son lo de menos. Soy el pago de tus deseos y la consecuencia de tus miedos. Más duro que el hambre es la falta de valor y la conciencia podrida. Si quieres, aún puedes llevarme a tu casa. A ver a tu mujer y a tus hijos. Comeréis carne tras una larga temporada. ¿Qué te parece un arroz, como el que preparan los dueños del cortijo, con lomo de la orza y chorizo o un choto al ajillo como el que degustan los ricos por la fiesta de San Juan,… Aunque, has de saber que, a cambio, exigiré vuestras almas.

—Y si me arrepiento,…

—Si no estás seguro; si el hambre no es tan fuerte, corre, desaparece de mi único ojo.Tardó poco más de media hora en llegar sin más sobresaltos hasta la pequeña casa donde aún dormía su familia. Cerca de la ribera del río se notaba el relente de la noche. Por la chimenea aún salía un hilillo de humo. Al entrar, sigiloso, se acercó hasta los últimos rescoldos del hogar para calentarse. Por el ventanuco se colaban los primeros resplandores de un día gris. Los madrugadores y amorosos cantos del mirlo endulzaban la fría amanecida.

—¡Ay mi madre! —pensó mientras temblaba —menos mal, solo era una pesadilla.

Se revolvió en la cama. Sintió con auténtico placer el peso de las mantas y la suavidad de la piel tibia de su mujer.
Ella se acurrucó como un ovillo, acercando la espalda y le pregunto:—¿Qué te pasa? Estás helado…—Nada, soñaba, —contestó suavemente, mientras le acariciaba el pelo…— ¿Sabes? He decidido que iré a la casa cuartel…— ¿A qué?

— A informarme, a lo mejor; creo que voy a presentar una instancia para alistarme en la guardia civil… Ellos comen todos los días, alimentan a sus familias y así, vestidos de verde, huyen de esta miseria. El trabajo no es demasiado peligroso. Si me aceptan, pediré el traslado a un puesto cerca de la costa… El mar es azul, intensamente azul como el cielo de un día de verano, una luz inimaginable que acaba por deslumbrar. Un resplandor que se queda para siempre en la retina y en la memoria. Buscaremos una pequeña atalaya para vivir, como el nido de un pájaro, agitada levemente por el arrullo del viento y la brisa marina. De lejos, nos deleitaremos, sosegadamente, con el gran espectáculo del mar, ese gigante azul que brama de noche acunando el sueño de los niños y por el día sacude latigazos de espuma o lame con dulzura la arena de una playa dorada… Los niños, ¿sabes?, ¿Qué futuro les espera aquí..?

—Calla,… —le susurró su mujer mientras le cogía la mano y se la frotaba para calentarla; luego se la cruzó por la cintura, dejando el brazo debajo del suyo, hasta posarla, robusta y tierna, sobre sus pechos. Olía a pan blanco recién hecho. A dulce de leche, a romero y a vainilla, a amor. Ya era de día.

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IMAGEN: Condenada sobre un demonio. Fragmento del Juicio Final, uno de los frescos pintado por Luca Signorelli en los muros y techos de la capilla de San Brizio del Duomo (Catedral) de Orvieto (Italia).