Escudo de armas y rúbrica del General Juan Zapatero y Navas

El tigre ‘isabelino’ ataca de nuevo

Un año después, en junio de 1856, se volvió a suscitar la cuestión entre los fabricantes y los hiladores de algodón. El Capitán general volvió a adoptar nuevas medidas para asegurar el orden. Además de las cuestiones sindicales, la revuelta con los que defendían el gobierno ‘progresista’ de Madrid.  

Cuando llegaron a Barcelona las noticias de los acontecimientos que tuvieron lugar en Madrid los días 14, 15 y 16 de julio, el general Zapatero manifestó en una orden de fecha 17 su «decisión de mantener el trono de Doña Isabel II, la libertad y el orden social, inflexible en el cumplimiento de su deber». El general ‘progresista’ Baldomero Espartero había dimitido; o, más bien, cesado. La reina promíscua metió a O’Donell en su cama y lo eligió para el gobierno de la nación. Los disturbios no se hicieron esperar. Además de unos pocos diputados, que consideraron el cambio de gobierno como una ‘contrarevolución’, el pueblo llano estaba con Espartero. Los obreros en Cataluña aprovecharon el río revuelto para sacar ganancias. «Esta vez, —dice la crónica más liberal y centralista— no fue posible impedir la colisión sangrienta entre el pueblo y el ejército».
El general Zapatero apostó a sus tropas en la capital con un riguroso plan; ocupó algunas plazas estratégicas y edificios, manteniendo la comunicación de la ciudadela amurallada con el mar y el puerto. El pueblo estaba agitado como el mar en un día de tormenta. Así, el día 18 de julio de 1856, empezó una batalla urbana que duró dos días. Las barricadas de los obreros se transformaron en atrincheramientos sólidos y bastante bien construidos. A la masa se sumaron las defecciones de la mayor parte de los batallones de la milicia popular que, primero  disfrazados y desembozados después, prestaban sus armas y sus brazos a la insurrección… Y así, con ligeros hechos de armas transcurrió hasta el día 21 en la que el general Zapatero dispuso un ataque general sobre toda la linea del enemigo. La infantería, apoyada por manteletes y otros artefactos artilleros, arrebató las barricadas a los catalanes y, entonces, la caballería cargó contra las milicias populares en su huida. Reforzadas las fuerzas de caballería y artillería con nuevos efectivos fue completa la destrucción de los rebeldes. 
«Aunque en el día de ayer las tropa del ejército se habían apoderado de todas las barricadas y puntos defendidos con encarnizamiento por los sublevados, sin embargo algunos de estos, o desconociendo la derrota de sus compañeros o resultos a perder la vida en el combate, continuaron haciendo algún fuego de fusilería. Esta mañana, merced al segundo ataque dado con las mayor bizarría por los soldados de la guarnición, han cesado por fin esas escenas de sangre y exterminio de que por desgracia hya estado siendo teatro Barcelona por espacio de cinco días, cogiéndose multitud de prisioneros que se hallan en las Atarazanas y en la Ciudadela. Ha llamado principalmente la atención el número de prisioneros hechos en la calle conocida con el nombre de Amalia (de la Pelita), pero en dicho punto es donde más han sufrido los soldados a causa de las piedras, tiestos y demás objetos que se les arrojaban desde las casas. A los trece presos que hay de esa clase se les está formando causa con toda celeridad. Se ha dicho que ya hay falladas otras causas con sentencia de muerte».  [Bando con fecha 22 de julio de 1856]. 
Ese mismo día, «siendo indispensable», disolvió el Ayuntamiento de Barcelona y nombró una nueva municipalidad que reuniera «las condiciones necesarias para hacer frente a las muchas y perentorias atenciones» que precisaba la ciudad. El balance total de víctimas indica la gravedad de la revuelta y de la dureza empleada en sofocarla. En el bando sublevado, la mayoría de la clase popular, hubo 403 muertos, 1.000 heridos y 600 prisioneros; el ejército tuvo 13 jefes y oficiales y 50 individuos de tropa muertos, 209 heridos y 89 contusos. Además de las víctimas personales, hay que destacar las pérdidas económica con numerosas calles, casas y edificios afectados por el fuego de la artillería realizado desde el castillo de Monjuich y de la Ciudadela. «El ejército se ha portado con una bizarría digna de ser consignada en la historia y superior a todo elogio al llevar a cabo los planes del Excmo. señor Capitán General don Juan Zapatero». [Bando de fecha 21 de julio de 1856].
 Y aún «se vio precisado en derramar alguna sangre más para satisfacer la venganza pública agraviada, no por política sino  por crímenes cometidos por hombres de esos que manchan con sus excesos todos los partidos; aludía el general al asesinato del comandante militar Magin Ravel, muy impopular por hacer de testigo en el juicio contra Barceló,  y seis oficiales más tras rendirse, habiendo paseado la cabeza del primero por la villa de Gracia. 
El día 30 de julio se celebraron en Santa María del Mar las exequias por los individuos del ejército que fallecieron durante esos últimos sucesos. Concluida la función religiosa el general Zapatero, montó a caballo y acompañado de sus ayudantes y una escolta de caballería hasta el paseo de San Juan donde hizo una alocución a las tropas:
«Soldados: acabamos de tributar el último homenaje a la memoria de nuestros bravos compañeros de armas, muertos en defensa del trono constitucional de nuestra augusta reina y de sus regias prerrogativas en los días 18 al 22 del que fina. La patria agradecida escribe sus nombre en páginas imperecederas: nuestra sacrosanta religión eleva sus preces al Altísimo por el reposo de sus almas, y el cañón con su lenguje de bronce les envía el saludo de los héroes.

Soldados: los valientes no mueren en el campo de batalla, no mueren,  no: nacen a la vida de la gloria: su recuerdo vivirá en la historia y nosotros les alzaremos un templo en nuestros corazones: soldados, ¡Viva la Reina constitucional!».
Ahora sí que los ‘distinguidos’ servicios de Zapatero no quedaron sin recompensa. Su Majestad le promovió al inmediato empleo de Teniente General por Real Decreto el 5 de Agosto de ese año de 1856. El escultor catalán Andreu Aleu acabó en 1857 un busto del general Zapatero, de gran uniforme con la capa plegada sobre los hombros, ‘de gran parecido y finura en los detalles’ según el crítico Manuel Ossorio y Bernard.

En febrero de 1857, tras ser nombrado gobernador civil interino de Barcelona, tuvo que tomar medidas en el desfalco de la caja de depósitos de la provincia. La historia no cambia; es igual que el corrupto se llame Puyol o Bárcenas. El depositario, un tal Bartolomé Bosch, solo pudo decirle al general que «no existían los fondos que debieran obrar en caja por el triste resultado de un secreto que no podía desvelar y que moriría con su persona». ¡Menuda cara dura que tenía el muy mangante! El general Zapatero puso en ‘segura custodia’ al funcionario, liberando así de las sospechas que pesaban sobre la persona del anterior gobernador civil.

Como en el caso de José Barceló, el general Zapatero fue testigo de una gran conflictividad social provocada por el desempleo , no solo de sublevaciones políticas y sindicales,  . Eran tiempos en los que el paro provocó un aumento de la delincuencia que se traducía la mayor parte de las veces en atracos y robos en las  masías y casas aisladas llamadas ‘mansos’. A los responsables capturados se les sometía rápidamente a un consejo de guerra que fallaba severas penas, generalmente la de muerte en el garrote vil. Todos estos crímenes y sus castigos tenían sus coplillas y romances que generalmente eran publicados por algunas imprentas como medio de entretenimiento y moralizador, además de advertencia a delincuentes y asesinos.
El general Zapatero fue testigo del movimiento especulativo y urbanístico que desató Pascual Madoz en Barcelona cuando ‘solucionó’ el problema político y económico para derribar las viejas murallas que constreñían a Barcelona otorgando cédulas hipotecarias a los inversores privados. Durante el mandato del general Zapatero se proyectaron y ejecutaron alguna obras importantes como la del castillo del Campo de la Bota (en catalán, Castell del Camp de la Bota), también llamado castillo de las Cuatro Torres. Se trata de un edificio militar construido en el año 1858 en el límite del municipio de San Adrián de Besós con el distrito barcelonés de San Martín de Provensals. Tras su finalización, el castillo se convirtió en la sede de la Escuela Práctica de Artillería hasta el inicio de la Segunda República. El terreno  había sido utilizado anteriormente por tropas napoleónicas a principios del siglo XIX como campo de prácticas de tiro. Su nombre por lo tanto parece provenir del francés ‘butte’ (en castellano: campo de tiro).
La fidelidad que mostró durante toda la vida del general Juan Zapatero con la reina Isabel II y con su hijo, Alfonso XII, se manifiesta a través de la correspondencia que mantuvo con la soberana; algunas de las cartas que hemos intentado descifrar están depositadas en los archivos de la Academia de la Historia. El 2 de abril de 1857 envió una carta a la reina Isabel II mostrando su ‘profundo respeto y la alta veneración’ que le tenía. Siempre mantuvo una postura resuelta y pública a favor de la dinastía ‘isabelina’.
Carta de Juan Zapatero y Navas a la reina Isabel II (tercera y última página)