Es viernes, día 19 de un feo y frío mes de febrero. No hay bullicio. La poca gente que camina por la calle Madrid lo hace rápido, sin ganas de pararse para prestar atención a nada.  A la salido del Bar Plaza, nos encontramos a uno de nuestros amigos de la blogosfera plantado como las estatuas callejeras próximas, el cartero de la calle Toledo, junto a la sucursal de Caja Castila La Mancha,  y el policía municipal irremisiblemente parado bajo la palmera, sin alcanzar nunca la puerta del Ayuntamiento.

Nuestro amigo está [figuradamente] clavado al granito helado de la Plaza de la Constitución. No quiere salir en la foto. Pero su estampa es merecedora de ser plasmada para recordar ese instante desolador. Se nos figura un mártir de la protesta, cabecilla de una revuelta ciudadana inexistente, adalid de la libertad de expresión desahuciado, monolito viviente que protesta mudo plantado firme, en una actitud insólita, valiente, ante el consitorio municipal. No quiere salir en la foto, así que sencillamente hemos guillotinado la instantánea, evitado su rostro.

Nuestro amigo ha intentado colocar una pancarta en los paneles de «libre expresión» que para tal efecto hay erigidos en la plaza de la Constitución. La policía  municipal, tan atenta siempre a ejecutar las órdenes de censura, le indica que debe retirar el vinilo rotulado, obviando uno de los derechos que establece el documento al que  hace homenaje el nombre de la plaza. Los paneles están plagados de carteles de protesta con la cara de Damopín y con la propaganda  de un pub en la que aparece una famosilla mostrando las tetas. Parece, en realidad, que esos paneles retratan de manera casi fiel la realidad sociológica. Está fuera de lugar que un ciudadano quiera expresar su malestar contra el gobierno del Ayuntamiento de Getafe por sus desatinos en gestión.

 Nuestro amigo no es un personaje  que sea presa fácil del desaliento, ni que, a fuerza de mordaza, se sume al coro de hipócritas y pesebreros que saludan con alegría a la firma de los convenios municipales y toman vino a costa del erario público. Es un ciudadano incansable, un auténtico atlante de la sociedad civil. Así, modestamente, humilde, casi de manera discreta (¡qué contrasentido!), se ha atado la pancarta a la cintura y ha paseado arrastrando el plástico rotulado por la plaza del Ayuntamiento como un animal perdido, insignificante, buscando un sitio no ya para la pancarta sino para la protesta en sí.

Desde aquí, no podemos menos que [y además queremos] ofrecer este pequeño espacio nuestro. La pancarta no está firmada por ningún partido político, ni grupo. Sólo advierte a las administraciones superiores que «el Ayuntamiento de Getafe, -en contra de lo que dice en las enormes vallas publicitarias plantadas por el municipio-, no hace sus deberes».  Y a las pruebas se remite con una serie de fotografías. Para colmo, el Ayuntamiento -a través de los municipales- aplica el resbaladizo bálsamo de la censura a esa pequeña, menuda y casi inofensiva pancarta; la institución, por el contrario, si tiene derecho a expresar libremente sus opiniones contra la Comunidad de Madrid, aunque muchos pudieran pensar que se trata sólo de publicidad partidista. Y con el dinero de todos. Es triste.

Recordamos, en loor de nuestro amigo, el «protestante», aquellos magníficos versos de Kavafis:

«Honor a aquellos que en sus vidas
custodian y defienden las Termópilas.
Sin apartarse nunca del deber;
justos y rectos en todos sus actos,
no exentos de piedad y compasión;
generosos cuando son ricos, y también
si son pobres, modestamente generosos,
cada uno según su medios;
diciendo siempre la verdad,
mas sin guardar rencor a los que mienten.
Y mayor honor les es debido
a quienes prevén (y muchos prevén)
que Efialtes aparecerá finalmente,
y pasarán los Persas».

(Konstantinos Kavafis; traducción de José Mª Álvarez, Hiperión)